Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

40.- La Princesa Medea, bruja y hechicera.

Medea, W.W. Story, 1865. Metropolitan Museum of Art

La prosapia de Medea

1ª Generación: Urano ~ Gea

2ª Generación: El Titán Hiperión ~ La TitánideTía

3ª Generación:    Helio (El Sol) ~ Perseis       

4ª Generación:              Eetes        Perses        Pasífae             Circe       

5ª Generación: Medea      Hécate       Fedra    Ariadna

Recuérdese la maldición que sufre toda la descendencia de Helio por haber descubierto los amores de Ares y Afrodita.          

Eurípides, Hipólito, 337 ss.
(trad. A. Medina González,  Madrid, Gredos, 2000)

Fedra.-¡Oh madre desgraciada [Pasífae], qué amor te sedujo!

Nodriza.- El que tuvo del toro. ¿A qué dices esto?

Fedra.- ¡Y tú, hermana infeliz, esposa de Dioniso! [Ariadna]

Nodriza.- Hija, ¿qué te ocurre? ¿Injurias a los tuyos?

Fedra.- Y yo soy la tercera, desdichada de mí, ¡cómo me consumo!

El amor de Medea la victoria de Jasón

La infalible flecha de Cupido hirió el corazón de la virgen Medea. Y Jasón el extranjero que pedía lo imposible, tomó en cuenta su objetivo: él había venido a buscar el Vellocino de Oro.
Pero si la joven entregó su corazón al forastero, el rey Aetes, su padre cerró en cambio sus labios, negando el tesoro: estaba furioso por la osadía del pedido. Y de no haber sido por la intervención de Medea, habría mandado matar a todos los griegos. Pero al oír la dulce voz de su hija, y viendo arder en sus ojos un brillo extraño, prometió ceder el Vellocino. 
El jefe de los Argonautas debía primero (así habló el rey) pasar dos pruebas de valentía: la primera consistía en subyugar dos enormes toros que soltaban fuego por las narices. La segunda, arar el campo y sembrar dientes de dragón: De la extraña siembra nacerían gigantes armados que el héroe debería enfrentar.
Medea conoce las intenciones de su padre y se aterra de perder aquel amor recién nacido. Con el miedo viene la desesperación; sin ella, Jasón no ha de sobrevivir. Pero si le ayuda traicionaría a su padre y a la patria. Al final vence el amor. Busca a Jasón y le ofrece ayuda. El promete llevarla a Grecia y hacerla su esposa. Las promesas de un eterno amor desvanecen las dudas de Medea. Las manos de Medea protegen el cuerpo del amado con una poción mágica, que lo hacen invulnerable al fuego y al hierro.
Pero el rey a pesar de que él paso las dos pruebas, no cede el Vellocino de Oro. Todavía quiere ver los navegantes muertos y a la nave Argo en llamas. Nuevamente el amor viene en ayuda de Jasón. Medea previene al héroe sobre los planes del rey y lo lleva hasta el bosque donde está el Vellocino. El dragón que lo vigila, arrullado por Medea, poco a poco se duerme. Y manos extrañas se apoderan del tesoro.
Perseguidos por Aetes, Medea y Jasón buscan refugio en Argo. Son felices. Cada cual ha conseguido su objetivo: él tiene el Vellocino de Oro; ella acaricia una promesa de amor eterno.

En  la mitología griega Medea era la hija de Eetes, rey de la Cólquida y de la ninfa Idía. Era sacerdotisa de Hécate, que algunos consideran su madre y de la que se supone que aprendió los principios de la hechicería junto con su tía, la maga Circe. Así, Medea es el arquetipo de bruja o hechicera, con ciertos rasgos de chamanismo.

Medea y Jason de John William Waterhouse

La huida de la Cólquida

Cuando Jasón y los argonautas llegaron a la Cólquida y reclamaron el vellocino de oro, el rey Eetes les prometió que se lo entregaría sólo si eran capaces de realizar ciertas tareas. En primer lugar Jasón tenía que uncir dos bueyes que exhalaban llamaradas de fuego por la boca y arar un campo con ellos. Una vez arado debería sembrar en los surcos arados los dientes de dragón que Eetes le dio. Jasón aceptó las condiciones, a pesar de que salir airoso de la prueba se le antojaba imposible.

Sin embargo Medea, traspasado su corazón por los dardos certeros de amor de Eros y aconsejada por su hermana, cuyos hijos había salvado Jasón de perecer en la isla de los pájaros, visitó esa misma noche la tienda de Jasón y le proporcionó pociones, ungüentos mágicos e instrucciones precisas para lograrlo. Invulnerable al fuego y poseedor de una fuerza sobrenatural pudo el héroe someter a los bueyes y uncirlos al arado, roturando a continuación la porción de tierra acordada. Después, tras arrojar los dientes en los surcos, se retiró a observar cómo de cada diente surgía un soldado esqueleto: los hombres sembrados, fuertemente armados. Tras esperar pacientemente a que se desarrollasen completamente un gran número de ellos, y siguiendo los consejos de Medea, arrojó una enorme piedra entre los soldados y éstos, que no sabían quién la había arrojado, lucharon encarnizadamente entre sí por hacerse con ella hasta la muerte. Finalmente, aún bajo los efectos de las pociones mágicas de Medea, Jasón acabó con los que quedaron en pie.

Tras salir airoso de esta prueba, Eetes se enojó sobremanera y se negó a cumplir su parte del trato. Guiados entonces por Medea los argonautas llegaron al bosque donde se escondía el Vellocino de Oro, donde Medea exhortó a los presentes a evitar ser hipnotizados no mirando a los ojos a su guardian, una serpiente enorme que jamás dormía. Ayudada de unas hierbas especiales y sus propios poderes hipnóticos Medea logró dormirla permitiendo así que Jasón cogiera el preciado trofeo y pudieran todos regresar con él a su patria.

La expedición de los argonautas partió entonces con la compañía de Medea ya que, sabedora de que su traición nunca sería perdonada y enamorada perdidamente de Jasón, había rogado poder huir con la expedición a cambio de sus servicios. Jasón no solo había accedido sino que prometió hacerla su esposa, jurándole que le sería siempre fiel. Eetes mandó entonces a su hijo mayor Apsirto al frente de una gran flota a perseguirlos. Cuando logró al fin darles alcance, Jasón acordó con Apsirto entregar a Medea a cambio de poder continuar su viaje con el Vellocino. Pero Medea urdió nuevamente una estratagema para que su hermanastro se presentase solo a la negociación, lo que aprovechó Jasón para asesinarle a traición y arrojar su cuerpo, troceado en múltiples pedazos, al mar. El desconsolado Eetes tuvo que entretenerse recogiendo uno por uno los restos de su hijo, lo que dio ventaja a los argonautas para que pudieran escapar.

Existen varias versiones acerca de la ruta que siguieron los argonautas a partir de entonces, ya que la versión que nos ha llegado se pone en duda al requerir un trayecto por tierra por media Europa (bien vadeando ríos navegables, bien arrastrando por tierra firme su nave Argos).

Cuando llegaron a Tesalia, Medea profetizó que el timonel del Argo, Eufemo, reinaría sobre Libia. Esta profecía se materializó en Bato, descendiente de Eufemo.

Talos

Cuando los argonautas llegaron a Creta después de esperar a que Circe purificara a Medea por el asesinato de Apsirto y de atravesar el estrecho de Escila y Caribdis y sobrepasar los dominios de las sirenas, les fue imposible tomar tierra, pues la isla estaba custodiada por Talos, el gigante de bronce. Talos tenía una única vena que le llegaba desde el cuello al tobillo y que estaba rematada en un clavo que evitaba que se le saliese la sangre. Medea hizo beber al gigante una poción prometiéndole que le haría inmortal, pero que en realidad era un potente somnífero. Después le sacó el clavo y dejó que se desangrara, pudiendo así arribar a Creta.

Finalmente, estando ya cerca de su destino Yolco, unos vientos arrastraron al Argo hasta Libia, donde tras sufrir nuevas penalidades encontraron la fuente que Heracles hizo brotar de una patada cuando pasó por allí camino de completar una de sus tareas. Sólo gracias a Tritón, que arrastró la nave a mar abierto, pudieron al fin seguir su camino.

La muerte de Pelias

Mientras Jasón buscaba el vellocino de oro, Hera seguía maquinando su forma de vengarse del rey Pelias, al que odiaba profundamente. Utilizó artimañas para hacerle enamorarse de Medea, pues la diosa pensaba que esa terrible mujer lo acabaría matando tarde o temprano. Cuando Jasón y Medea llegaron a Yolcos, Pelías se negó a entregarle el trono, a pesar de que habían traído el vellocino. Medea conspiró entonces para que fueran las propias hijas de Pelías las que acabasen con él: caracterizada como una anciana sacerdotisa hiperbórea de la diosa Artemisa les demostró que se podía rejuvenecer a un anciano troceando a Esón (el padre de Jasón) e hirviendo los pedazos en un caldero. Al instante un Esón rejuvenecido saltó de él. Pero cuando las hijas de Pelías, exceptuando la menor de ellas, con la mejor intención, hicieron lo mismo, éste no sobrevivió.

Abandono de Jasón

A pesar de haberse librado ya de Pelías, los habitantes de Yolco aborrecieron el magnicidio y Jasón y Medea se vieron obligados a dejar Yolco partiendo hacia Corinto, llamados por los habitantes de esta ciudad sobre la que Medea pretendía tener derechos al trono. Allí Jasón acordó con el rey Creonte abandonar a Medea, a la que el Rey pretendía expulsar de Corinto, para unirse a su hija la princesa Glauca. Medea entonces, arrastrada por los celos, envió a Glauca como regalo de bodas un manto de irresistible belleza. Cuando Glauca lo recibió de manos de la sirvienta de Medea se lo puso de inmediato, liberando la magia contenida en él que la convirtió en una tea llameante. Las llamas la consumieron totalmente a ella y a su padre, Creonte, que se abalanzó sobre ella con intención de salvarla. A continuación, y para hacer el máximo daño a Jasón, Medea mató a los dos hijos que habían tenido en común. Medea, llena de locura, también mató a sus propios hijos, para vengarse en ellos de Jasón, Feres y Mermeros.

Otra versión afirma que Jasón había dejado a Medea por Creúsa, que parece ser la propia Glauca, a la que Medea regaló un vestido que al ponérselo se le pegaría al cuerpo y la mataría.

Los habitantes de Corinto, bien en venganza por la muerte de Creonte o bien decepcionados por el comportamiento de Medea, la apedrearon en el templo de Hera y la obligaron a abandonar la ciudad en el carro de serpientes aladas que le había regalado su abuelo Helios.

Una versión de la historia narra que fueron ellos los que mataron a los hijos de Medea, como castigo por el hechizo que ésta había realizado a Glauca. Pero en castigo una epidemia fue acabando con todos los niños de la ciudad. Corinto no se libró de esta maldición hasta que por consejo del oráculo de Delfos hicieron sacrificios solemnes a los hijos de Medea, y obligaron a los suyos a guardar luto.[2] Esto justificaría por qué los dirigentes de Corinto en el siglo V a. C. pagaron al dramaturgo Eurípides para que narrara la tragedia de Medea en Corinto atribuyéndole a la protagonista toda la lista de asesinatos y lavando así la imagen de la ciudad. Esta manipulación acabaría, pues, con otras versiones que consideraban a Medea como una mujer virtuosa que no había cometido más pecado que profesar un profundo amor a su marido, que la abandonó injustamente.

Medea, W.W. Story, 1865. Metropolitan Museum of Art

Medea y Heracles

Cuando Medea huyó de Corinto se propuso buscar a Heracles, pues éste le había prometido auxilio en el caso de que Jasón dejara de cumplir con su palabra. Lo encontró en Tebas, pero la furia de Hera lo había enloquecido. Medea le curó con sus remedios. Sin embargo Euristeo apremiaba a Heracles para que cumpliera sus trabajos y Medea se resignó a que no sería ayudada por él.

Medea en Atenas

Tras errar por distintos lugares en busca de protección, Medea llegó a la ciudad de Atenas, cuyo rey, Egeo, no sólo le ofreció hospitalidad sino que se casó con ella con la esperanza de que sus hechicerías le permitieran concebir un hijo pese a lo avanzado de su edad. La hechicera cumplió sus expectativas teniendo de él un hijo al que llamaron Medo.[5]

Cuando Teseo, el hijo secreto de Egeo, llegó a Atenas dispuesto a que su padre le reconociera como heredero, Medea lo tomó como una amenaza al futuro de su hijo, e intentó envenenarlo. Pero Teseo la descubrió, y acusada de cometer horribles crímenes y de brujería, Medea tuvo que huir de nuevo, esta vez con su hijo.

Medea en el destierro

Tras huir precipitadamente de Atenas Medea se refugió en Italia donde enseñó a los nativos cómo encantar serpientes. Estos la veneraron como diosa, con el nombre de Angitia.[cita requerida]

Al pasar por Tesalia (región llamada así por su hijo Tésalo), Medea compitió con Tetis en un certamen de belleza que presidía Idomeneo, rey de Creta.[cita requerida] De allí pasó a Fenicia, estableciéndose allí durante un tiempo. Por último pasó a Asia superior, donde se casó con uno de los reyes más poderosos del lugar, al que sucedió en el trono. Algunos autores afirman que fue éste, y no Egeo, el padre de Medo.

Habiéndose enterado de que su padre Eetes había sido destronado por su propio hermano Perses, Medea y su hijo acudieron en su ayuda. Medo mató a Perses y el país recibiría en su honor el nombre de Media.

Medea no murió, sino que se hizo inmortal y moró en los Campos Elíseos, donde dicen que se casó con Aquiles.

Medea del Cine

Una vez en Colcos, Jasón expuso al rey Aetes el motivo de su llegada. El rey no rehusó a entregarle el Vellocino de oro, pero puso algunas condiciones: Jasón debía, ante todo, imponer el yugo a dos toros de cascos de bronce, regalo de Hefesto, que exhalaban fuego por las narices. Luego, con ayuda de ese tiro, debía arar un campo y sembrar los dientes de un dragón -el dragón de Tebas-. Nunca habría podido Jasón cumplir esas condiciones si no le hubiera ayudado la hija de Aetes, Medea, que había sentido por él una viva pasión. Ante todo le hizo prometer que la tomaría por mujer y la llevaría a Grecia con él, y luego, como era maga (igual que Circe, de quien era sobrina), entregó a Jasón un bálsamo con el que debía untarse antes de afrontar los toros, y le enseñó lo que había de hacer luego. Jasón, debidamente prevenido, logró domar los toros, arar el campo, y, cuando hubo sembrado los dientes del dragón, se apresuró a esconderse, pues de la tierra arada surgía una cosecha de hombres armados, con intenciones hostiles. Jasón, desde su escondite, lanzó en medio de ellos una piedra. Los guerreros se acusaron recíprocamente de haberla lanzado y se mataron entre sí. Hechicera, hija de Eetes, rey de Cólquida, y nieta de Circe. Su leyenda está vinculada a la de Circe. Su leyenda está vinculada a la de Jasón y los argonautas. Cuando éstos llegaron a la Cólquida, Medea prometió a ayudar a Jasón a hacerse con el vellocino de oro a cambio de que se casara con ella. Una vez obtenido el vellocino de oro, huyó con Jasón y Los argonautas y se llevó consigo a su hermano Absirto. Perseguidos por Eetes, Medea descuartizó a su hermano y arrojó sus restos al mar, con lo que entretuvo a su padre. En Yolco, patria de Teseo, urdió un engaño para que las hijas de Pelias, usurpador del trono, matasen a su padre. Obligados a abandonar la Tesalia, Los dos esposos se refugiaron en Corinto, donde Jasón se enamoró de Creusa, hija de Creón, rey de Corinto; traición que Medea castigó asesinando a su rival, mediante un velo nupcial maléfico, y a sus propios hijos, a fin de destruir la descendencia de su esposo infiel.

Medea:
Una vez en Colcos, Jasón expuso al rey Aetes el motivo de su llegada. El rey no rehusó a entregarle el Vellocino de oro, pero puso algunas condiciones: Jasón debía, ante todo, imponer el yugo a dos toros de cascos de bronce, regalo de Hefesto, que exhalaban fuego por las narices. Luego, con ayuda de ese tiro, debía arar un campo y sembrar los dientes de un dragón -el dragón de Tebas-. Nunca habría podido Jasón cumplir esas condiciones si no le hubiera ayudado la hija de Aetes, Medea, que había sentido por él una viva pasión. Ante todo le hizo prometer que la tomaría por mujer y la llevaría a Grecia con él, y luego, como era maga (igual que Circe, de quien era sobrina), entregó a Jasón un bálsamo con el que debía untarse antes de afrontar los toros, y le enseñó lo que había de hacer luego. Jasón, debidamente prevenido, logró domar los toros, arar el campo, y, cuando hubo sembrado los dientes del dragón, se apresuró a esconderse, pues de la tierra arada surgía una cosecha de hombres armados, con intenciones hostiles. Jasón, desde su escondite, lanzó en medio de ellos una piedra. Los guerreros se acusaron recíprocamente de haberla lanzado y se mataron entre sí.

Una respuesta to “40.- La Princesa Medea, bruja y hechicera.”

  1. Felicidades buenicimo.


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