Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

64.- El Final según Eurípides

Los hijos de Medea

Hesíodo,Teogonía 992 ss.(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)

“A la hija de Eetes, rey vástago de Zeus, el Esónida, por decisión de los dioses sempiternos, se la llevó del palacio de Eetes al término de las amargas pruebas que en gran número le impuso un rey poderoso y soberbio, el violento, insensato y osado Pelias. Cuando las llevó a cabo, volvió a Yolcos el Esónida, tras muchos sufrimientos, conduciendo en su rápida nave a la joven de ojos vivos y la hizo su floreciente esposa.

Entonces ésta, poseída por Jasón, pastor de pueblos, dio a luz un hijo: Medeo, al que educó en las montañas Quirón, hijo de Fílira. Y se cumplió por completo la voluntad de Zeus”.

Pausanias, Descripción de Grecia II 3, 10
(trad. Mª C. Herrero Ingelmo, Madrid, Gredos, 1994) = Eumelo de Corinto Fr. 3

“A Medea le iban naciendo hijos, pero lo que iba naciendo lo iba escondiendo, llevándoselo al templo de Hera y los encerraba, creyendo que serían inmortales. Por fin, cuando ella comprendió que había fallado su esperanza y al mismo tiempo fue descubierta por Jasón (pues, aunque le pidió perdón, no se lo concedió, sino que se marchó por mar hacia Yolco), Medea se fue también”.

Medea y Jasón en Corinto

Apolodoro, Biblioteca I, 9, 28
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

Éstos (Jasón y Medea) llegaron a Corinto y vivieron felices durante diez años, hasta que Creonte, rey de Corinto, prometió dar a su hija Glauce a Jasón, quien abandonando a Medea se casó con ella. Medea invocó a los dioses por los que Jasón había jurado y, tras reprochar a éste muchas veces su ingratitud, envió a la novia un peplo envenenado que al vestirlo la abrazó con fuego voraz, así como a su padre que había acudido a socorrerla.

Medea mató a Mérmero y Feres, los hijos tenidos con Jasón, y recibiendo de Helios un carro con dragones alados huyó en él y llegó a Atenas. También se dice que al huir abandonó a los niños aún pequeños, dejándolos como suplicantes en el altar de Hera Acrea; pero los corintios los arrebataron de allí y los hirieron mortalmente.

Medea llegó a Atenas y allí casada con Egeo, tuvo un hijo, Medo; más tarde, por conspirar contra Teseo, fue expulsada de Atenas con su hijo. Pero Medo sojuzgó a muchos bárbaros y llamó Media a toda la tierra sometida a él; murió en lucha con los indios. Medea marchó a la Cólquide sin darse a conocer, y al saber que Eetes había sido depuesto por el hermano de éste, Perses, lo mató y devolvió el reino a su padre.

Jasón habla a Medea de su futura boda con la hija del rey de Corinto
 
Medea le ofrece la poción a la serpiente mientras Jasón se lleva el vellocino. Crátera. Museo Arqueológico de Nápoles

Eurípides, Medea 475ss.
(trad. A. Medina González, Madrid, 2000)

[Medea se dirige a Jasón]

Comenzaré a hablar desde el principio. Yo te salvé, como saben cuantos griegos se embarcaron contigo en la nave Argo, cuando fuiste enviado para uncir al yugo a los toros que respiraban fuego y a sembrar el campo mortal; y a la serpiente que guardaba el vellocino de oro, cubriéndolo con los múltiples repliegues de sus anillos, siempre insomne, la maté e hice surgir para ti una luz salvadora. Y yo, después de traicionar a mi padre y a mi casa, vine a Yolco… Y maté a Pelias con la muerte más dolorosa de todas, a manos de sus hijas, y aparté de ti todo temor. Y a cambio de estos favores, ¡oh el más malvado de los hombres!, nos has traicionado y has tomado un nuevo lecho, a pesar de tener hijos…

Jasón. -Debo, según parece, tener el don natural de la palabra y, como buen timonel de navío, plegar las velas, para escapar, mujer, a tu insensata locuacidad. En lo que a mí se refiere, puesto que exaltas en demasía tus favores, considero que Cipris fue, en la travesía, mi única salvadora entre los dioses y los hombres… Comoquiera que haya sido tu ayuda, me parece bien. Es innegable, no obstante, que, por mi salvación, has recibido más de lo que has entregado. Me explicaré: en primer lugar, habitas tierra griega y no extranjera, y conoces la justicia y sabes utilizar las leyes sin dar gusto a la fuerza. Todos los griegos saben que eres sabia y te has ganado buena fama; en cambio, si vivieses en los confines de la tierra, no se hablaría de ti… Basta ya con lo que te he dicho acerca de mis desvelos; es evidente que tú iniciaste esta disputa de palabras. En cuanto a los reproches que me diriges por mi boda con la hija del rey, te demostraré, en primer lugar, que he sido sabio, luego, sensato, y, finalmente, un gran amigo para ti y para mis hijos… para poder dar a mis hijos una educación digna de mi casa y, al procurar hermanos a los hijos nacidos de ti, colocarlos en situación de igualdad y conseguir mi felicidad con la unión de mi linaje, pues, ¿qué necesidad tienes tú de hijos?… Los hombres deberían engendrar hijos de alguna otra manera y no tendría que existir la raza femenina: así no habría mal alguno para los hombres.

Los planes de Medea
 
Eurípides, Medea 773ss.
(trad. A. Medina González, Madrid, 2000)

[Medea se dirige al Corifeo]

Voy a exponerte todos mis planes. Escucha mis palabras, que no te van a procurar placer. Enviando a uno de mis criados, suplicaré a Jasón que venga ante mi vista. Cuando haya venido, le diré dulces palabras: que estoy de acuerdo con él, que apruebo la boda regia que ha realizado, a pesar de traicionarnos, que su decisión es beneficiosa y bien pensada. Pero también le suplicaré que se queden aquí mis hijos, no para abandonarlos en tierra hostil y que sirvan de ultraje a mis enemigos, sino para poder matar con engaños a la hija del rey. Pues pienso enviarlos con regalos en sus manos [para que se los lleven a la esposa y no los expulse de esta tierra]: un fino peplo y una corona de oro laminado. Y si ella toma estos adornos y los pone sobre su cuerpo, morirá de mala manera, y todo el que toque a la muchacha: con tales venenos voy a ungir los regalos. Ahora, sin embargo, cambio mis palabras y rompo en sollozos ante la acción que he de llevar a cabo a continuación, pues pienso matar a mis hijos; nadie me los podrá arrebatar y, después de haber hundido toda la casa de Jasón, me iré de esta tierra, huyendo del crimen de mis amadísimos hijos y soportando la carga de una acción tan impía. No puedo soportar, amigas, ser el hazmerreír de mis enemigos.

 
 
Eurípides, Medea 1021ss.
(trad. A. Medina González, Madrid, 2000)
[Medea habla]
¡Oh hijos, hijos! Ya tenéis una ciudad y una casa, en la que, después de abandonarme en mi desdicha, viviréis siempre, privados de vuestra madre. Yo me voy desterrada… En vano, hijos, os he criado, en vano afronté fatigas y me consumí en esfuerzos, soportando los terribles dolores del parto. Y pensar que había depositado en vosotros muchas esperanzas, ¡infeliz de mí!, de que me alimentaríais en mi vejez y de que, una vez muerta, me enterraríais piadosamente con vuestras propias manos, acción deseada por los mortales. Y ahora ha muerto ese dulce pensamiento…
Fresco romano. Medea con los hijo y un ayo.
 

 

¡Ay, ay!, ¿por qué me miráis con vuestros ojos, hijos? ¿Por qué sonréis, como si fuese vuestra última sonrisa?¡Ay, ay! ¿Qué voy a hacer? Mi corazón desfallece, cuando veo la brillante mirada de mis hijos. No podría hacerlo. Adiós a mis anteriores planes. Sacaré a mis hijos de esta tierra. ¿Por qué, por afligir a su padre con la desgracia de ellos, debo procurarme a mí misma un mal doble? ¡No y no!

Pero, ¿qué es lo que me pasa? ¿Es que deseo ser el hazmerreír, dejando sin castigar a mis enemigos? Tengo que atreverme. ¡Qué cobardía la mía, entregar mi alma a blandos proyectos! Entrad en casa, hijo. A quien la ley divina impida asistir a mi sacrificio, que actúe como quiera. Mi mano no vacilará.

¡Ay, ay! ¡No, corazón mío, no realices este crimen! ¡Déjalos, desdichada! ¡Ahorra el sacrificio a tus hijos! Aunque no vivan conmigo, me servirán de alegría.

¡No, por los vengadores subterráneos del Hades! Nunca sucederá que yo entregue a mis hijos a los enemigos para recibir un ultraje. Está completamente decidido y no se puede evitar.

Desenlace final: muerte de los hijos, huida de Medea, vaticinio de la muerte de Jasón
Eurípides, Medea 1319ss.
(trad. A. Medina González, Madrid, 2000)
Medea.-¿Por qué mueves y fuerzas estas puertas, tratando de buscar a los cadáveres y a mí, la autora del crimen? Cesa en tu esfuerzo. Si necesitas algo de mí, si pretendes algo, dilo, pero nunca me tocarás con tu mano. Tal carro nos ha dado el Sol, padre de mi padre, para protección contra mano enemiga.
Medea sentada junto a Jasón y sus hijos. Sarcófago romano

 Medea escapa en el carro de Helios. Cleveland Museum of Art

Eurípides, Medea 1375ss.
(trad. A. Medina González, Madrid, 2000)

Jasón.-Déjame enterrar a estos muertos y llorarlos.

Medea.-Eso no, pues yo deseo enterrarlos con mi propia mano, llevándolos al santuario de Hera, diosa Acrea, para que ninguno de mis enemigos los ultraje saqueando sus tumbas. Y en esta tierra de Corinto instituiremos, de ahora en adelante, una solemne fiesta y ritos expiatorios de este impío crimen. Yo me voy a la tierra de Erecteo, a vivir en compañía de Egeo, hijo de Pandión. Tú, como es natural, morirás de mala manera, golpeado en tu cabeza por un despojo de la Argo, viendo así el amargo final de tu boda conmigo.

Jasón.-¡Ojalá te destruya la Erinis de tus hijos y la Justicia vengadora!

Medea.-¿Qué dios o divinidad te va a escuchar, perjuro y engañador de tus huéspedes!

Jasón.-¡Ay, ay, infame, infanticida!

Medea.-Entra en casa y entierra a tu esposa.

Jasón.-Entro, privado de mis dos hijos.

Medea.-Aún no es nada tu llanto; aguarda a la vejez.

Jasón.- ¡Oh hijos queridísimos!

Medea.-Para su madre, para ti no.

Jasón.-¿Y por ello los mataste’

Medea.-Para causarte dolor.

Jasón.- ¡Ay de mí! Quiero, infeliz de mí, besar los labios queridos de mis hijos.

Medea.- Ahora los llamas, ahora quieres acariciarlos, cuando antes los rechazabas.

Jasón.-Concédeme, por los dioses, tocar la blanca piel de mis hijos.

Medea.-No es posible. Lanzas palabras al viento.

Jasón.-¡Oh ser odioso, oh, con mucho, la más abominable para los dioses, para mí y para toda la raza de los hombres! ¡Tú que sobre tus propios hijos te atreviste a lanzar la espada, a pesar de haberlos engendrado, y, al dejarme sin ellos, me destruiste! ¡Y, a pesar de haberlo hecho, puedes mirar el sol y la tierra, cuando te has atrevido a una acción tan impía! ¡Deseo que mueras! Ahora he recuperado la cordura que entonces no tuve, cuando, desde tu casa y desde tu país extranjero, te traía a una casa griega, enorme desgracia, traidora a tu padre y a la tierra que te crió. Los dioses han arrojado sobre mí tu genio vengador, pues ya habías matado a tu hermano en tu hogar cuando embarcaste en la nave Argo, de bella proa. Así comenzaste tus crímenes. Habiéndote casado después conmigo y dado hijos, por celos de un lecho y una esposa los mataste. No existe mujer griega que se hubiera atrevido a esto, y, sin embargo, antes que con ellas preferí casarme contigo -unión odiosa y funesta para mí-, leona, no mujer, de natural más salvaje que la tirrénica Escila. Pero no conseguiría morderte con mis infinitos reproches; tal es el atrevimiento que posees por naturaleza. ¡Vete en mala hora, infame y asesina de tus hijos! A mí solo me queda lamentar mi destino, no podré disfrutar de mi nuevo matrimonio y a los hijos que engendré y crié no podré hablarles vivos, los he perdido para siempre.

 

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