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Luis Checa sí que fue ‘el último de Filipinas’


CRÓNICA.- Epopeya del recluta Checa, enviado a la guerra y que terminó esclavizado en la colonia

Luis sí que fue ‘el último de Filipinas’

  • Luis Checa Martínez era excedente, pero el que iba delante en la lista pagó 2.000 pesetas para no hacer la mili y a él le enviaron a Filipinas
  • Recibió tres medallas pero no gozó de pensión ni reconocimiento y su familia pide sin éxito al Ayuntamiento de San Clemente un lugar en la memoria

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Le obligaban a tirar de arados junto a vacas. Cuando escapó y pudo tomar un barco, en 1903. En su pueblo le dieron por muerto

CARLOS GUISASOLA….. 09/12/2016 02:18
 

En el pueblo conquense de San Clemente, como en cualquier otro punto de la España de 1895, al mozo que carecía de 2.000 pesetas en el bolsillo no le quedaba otra que cumplir el servicio militar. Luis Checa Martínez, un joven vivaracho que vivía del campo como jornalero, no tenía en su poder tantos cuartos pero aún así estaba tranquilo. Le acababan de dar la buena noticia de que era excedente de cupo y, por lo tanto, quedaba exento de tener que responder a la llamada de la patria. Y a finales del siglo XIX, esa llamada de servicio al país te podía llevar al otro extremo del planeta durante al menos tres años de tu vida. Ése era el tiempo que duraba aquella mili que, además, mantenía a cualquier chaval en la reserva hasta que llegaba la licencia absoluta después de 12 largos años. Porque la isla de Cuba o las de Filipinas, además de todas las posesiones que España aún conservaba en África, seguían formando parte de un imperio que ya agonizaba.

Una tarde de 1896, cuando regresaba a casa tras su jornada de labranza, Luis recibió la noticia como quien se encuentra con una bofetada. El mozo que iba delante de él en la lista había pagado esas 2.000 pesetas que daban acceso a la libertad, el bochornoso atajo hacia la redención para quienes tenían el riñón bien cubierto. En nombre de Luis Checa figuraba ahora entre los soldados elegidos para marcharse a la guerra de las Filipinas (1896-1898) y combatir a los filipinos que deseaban la independencia de España. Su mundo se había puesto patas arriba y Luis sólo fue capaz de prometerle a su novia que alguien le redactaría cartas en su nombre, pues él no sabía leer ni escribir.

En la isla combatió contra los insurgentes locales y acabó siendo capturado, mientras se firmaba la paz que ponía fin al conflicto.

Durante años tuvo que trabajar como un esclavo, tirando de un arado junto a vacas, para uno de los mandamases tagalos, como castigo por rechazar la mano de su hija. Se escapó por la noche y el destino le hizo un guiño en forma de barco que le devolvió a su pueblo cuatro años después de que lo hicieran aquellos reconocidos Últimos de Filipinas que resistieron en Baler. Pese a sus tres medallas de combate, su nombre y su historia quedaron en el olvido. Sin reconocimiento oficial. Y eso que Luis sí que fue el último de Filipinas.

Aquella última noche en San Clemente, su pueblo, apenas pegó ojo. Era consciente de que a su regreso a España, si lo había, nada volvería a ser como antes. Un agotador viaje en tren a Barcelona le permitió saborear la deliciosa experiencia de ver por primera vez el mar. Se hartaría. Pero antes de subir al navío de la Compañía Trasatlántica, la que se encargaba de transportar tropas y material a las colonias desde 1881, alguien le advirtió de lo que allí se encontraría. Los tagalos, autóctonos de esas islas del Pacífico, se habían levantado contra el gobierno colonial español.

Durante el mes que duró la extenuante travesía en barco, fue digiriendo todo aquello. Como miembro del batallón de cazadores expedicionarios número 12 su destino era la isla de Luzón y su misión, tratar de sofocar la insurrección local. Esa convivencia diaria con la realidad de la muerte había transformado a ese mozo de campo que no conocía más presente que el que marcaban los límites de su pueblo, o la Ermita de la Virgen de Rus, a unos ocho kilómetros. Tras meses de lucha, cuerpo a cuerpo en la trinchera, Luis y sus compañeros fueron condecorados en 1897 con la Cruz de Plata al Mérito Militar con distintivo rojo, por su valor en el campo de batalla.

Luis fue hecho prisionero, semanas antes de que el general Fernando Primo de Rivera, capitán general de las islas, firmara la paz. Como él, unos 7.500 soldados españoles habían caído en manos de las tropas del insurgente Aguinaldo. Cada uno vivió su particular historia. Todo dependía de los recursos de la provincia o de la actitud de los captores. Y Luis no tuvo suerte. Mientras los héroes de Baler resistían en la famosa iglesia, él tiraba de un arado junto a una vaca. Se negaba a casarse con una de las hijas del hombre que mandaba allí y eso le convirtió en un esclavo. Con una libra de arroz y un trago de agua como sustento diario. Como cualquier animal.

Fueron semanas, meses, años en los que su boca acabó desnuda. Perdió todos los dientes y sus encías se encallecieron. Su pueblo y su antigua vida eran los dulces recuerdos que le ayudaban a mantenerse en pie cada día. Y, también, los que llevaron a idear un plan de fuga. “Mi abuela nos contó que había estado mucho tiempo observando las estrellas para saber cuál sería el mejor momento para huir”, relata su nieto, José, que, a sus 74 años aún conserva el admirado recuerdo de aquel abuelo al que le hubiera gustado conocer.

Un día, como tantos otros, cogió el borrico y los cántaros para llenarlos de agua y echó a correr en busca de aquel pasado que nunca olvidó. A ciegas, sin tener claro a dónde se dirigía, caminó por las noches y se ocultó entre los setos y riscos por el día. Con el corazón encogido y el alma desorientada.

Su peregrinación se alargó durante días a la intemperie hasta que se topó con lo que fue su milagro. A lo lejos oyó voces que hablaban español. El pulso se le aceleró. Eran compatriotas que aguardaban en el muelle para subir al barco de regreso a su tierra. Luis balbuceó su increíble odisea y le hicieron un hueco. Hacía años que la guerra, su guerra, había acabado pero él, como tantos prisioneros anónimos, había permanecido fuera de los libros de Historia. Corría el año 1903 y Filipinas ya era de EEUU. Incluso algunos de los famosos héroes de Baler, los Últimos de Filipinas, hacía tiempo que estaban en casa. Pero eso a él le daba igual. Al fin, volvía a su tierra.

Rumbo a Barcelona

Después de un mes de trayecto en alta mar, atracaba en ese puerto de Barcelona que había pisado por primera vez siendo un chaval. Quiso el destino que allí se encontrase con militares de su municipio, que no daban crédito porque a Luis, en San Clemente, hacía tiempo que lo habían dado por muerto. Desde el puerto telefonearon para anunciar la buena nueva: “¡Luis está vivo!”. Subió al vagón del tren y soñó durante horas en cómo sería su nueva vida en el hogar del que había sido arrancado por esas 2.000 malditas pesetas. Una multitud le estaba esperando en la Calle Ancha. No pudo contener las lágrimas. Tampoco aquella novia que le esperó. Fue a recibirle con sus tres hijos, fruto de su matrimonio. Al poco tiempo, dicen, ella murió de pena.

Luis consiguió la licencia absoluta del servicio militar en 1905, con el sello del Comandante Don Eugenio Calvo y Blanco. En su historial, tres medallas. Aquella Cruz de Plata con distintivo rojo (1897), la Medalla de Luzón (1898) y la Medalla de Sufrimiento por la Patria (1900), cuando ya se le había considerado uno de los caídos de la contienda.

Pero el relato de Luis, que sobrevivió sin saber leer ni escribir, quedó ahí. Nunca supo de pensión alguna, ni fue reconocido como uno de los héroes, miles, que combatieron en ultramar.

Tuvo cinco hijas. Dos con su primera mujer, que murió, y tres con la segunda, Juliana, que nunca quiso que el relato cayera en el olvido. Luis vivió hasta sus últimos días, en 1940, trabajando en el campo. Ni una distinción a su heroismo en el pueblo que le vio regresar como héroe. Sus nietos y biznietos hace tiempo que reclaman al Ayuntamiento un rincón en la memoria de sus calles. Sólo una placa en el cementerio, por iniciativa privada, recuerda que Luis Checa Martínez sí que fue el último de Filipinas.

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