Albherto's Blog
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La Reforma Política de 1976


POLÍTICA.-40º aniversario de la Ley para la Reforma Política

Así se gestó la ley que puso fin al franquismo hace 40 años

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Alfonso Osorio, Manuel Gutiérrez Mellado y Adolfo Suáerz, satisfechos tras la aprobación de la ley. EUROPA PRESS

EMILIA LANDALUCE….JOAQUÍN MANSO…. Madrid… 20/11/2016 03:16

Los momentos estelares de la humanidad, por citar un lugar común de Zweig, suelen estar revestidos de una pasmosa normalidad. Al menos para sus protagonistas. La aprobación de la Ley para la Reforma Política, el harakiri de las Cortes franquistas, es uno de ellos. ¿Cómo un sistema arraigado en España desde hacía casi 40 años se prestó tan mansamente a su disolución? «No había otra salida que la democrática y eso lo sabíamos todos», coinciden Belén Landáburu y Fernando Suárez, dos de los ponentes del proyecto que fue aprobado el 18 de noviembre de 1976. El viernes se cumplieron 40 años desde que 435 procuradores (el 80%) accedieron a votar a favor de una ley que les desalojaba de sus escaños y de la vida política (sólo uno de cada seis consiguieron regresar después como diputados o senadores). La norma, refrendada el 15 de diciembre por un abrumador 94%, restauró la soberanía nacional en España y devolvió a los españoles la condición de ciudadanos con capacidad para dotarse de una Constitución basada en el respeto a los derechos humanos.

Uno de los colaboradores más cercanos de Torcuato Fernández-Miranda -preceptor del Rey Juan Carlos, amén de hacedor y muñidor de la Reforma desde la Presidencia de las Cortes en la que le situó el Jefe del Estado- recuerda bien el 3 de julio de 1976. Se vivía uno de los momentos de la Transición. Mientras el Consejo del Reino deliberaba sobre la terna que iba a proponer al Monarca para que escogiese un nuevo presidente del Gobierno, Torcuato encargó a su secretario técnico, Juan Sierra, que saliese a buscarle un ejemplar de Emilio de Rousseau. Probablemente ya trabajaba en la fórmula de la ley. Sierra recorrió las librerías de viejo de Madrid y, finalmente, halló una edición ajada en un puesto de la Cuesta de Moyano. Cuando Torcuato abrió el libro, encontró un trébol de cuatro hojas. En ese momento, sonó el teléfono. Era un preocupado Adolfo Suárez [el candidato de Fernández-Miranda]: «Tranquilo, Adolfo. Tenemos un trébol de cuatro hojas». Fue presidente.

La anécdota parece insignificante, pero el hallazgo del trébol marcó un punto de inflexión. Las circunstancias sociales del país estaban de su lado, pero también la suerte.

Fernando Suárez cree que no había otra persona más idónea que Adolfo, que en apariencia procedía del franquismo más puro, para ejecutar el plan de Torcuato y el Rey, que era el que realmente concentraba la hegemonía del poder. Se requería un hombre hábil que supiera fajarse con la derecha que aspiraba a democratizarse y con la oposición democrática de izquierdas: «Suárez era simpático pero, ante todo, flexible. Era una persona que no iba a oponer cuestiones de principio y que iba a ser mucho menos resistente que cualquier otro a modificar su propia biografía. En otras palabras: a lo mejor, me habría costado mucho más trabajo a mí cambiar de amigos». Esta descripción encaja en el relato que un destacado miembro de aquel Gobierno escuchó en un almuerzo de boca del propio Torcuato: «La Transición tuvo un empresario, que fue el Rey; un autor, que fui yo, y un actor, que fue Adolfo Suárez». La metáfora teatral es la más empleada aún por los protagonistas de entonces. La obra de la Transición estaba ya en aquel momento en escena.

«El papelito», relata uno de los ministros del primer Gobierno de Suárez refiriéndose a la Ley para la Reforma Política, «se nos presentó el 24 de agosto de 1976 en Castellana 3 [el Palacio de Villamejor, antigua sede de la Presidencia del Gobierno], donde celebrábamos uno de los primeros Consejos de Ministros». Aquel estío en Madrid, dicen las crónicas, fue tan caldeado como otros. En lo político, sin embargo, se vivía una calma tensa. «No hubo ningún contubernio porque las cosas sólo podían darse de una forma. España era en 1975 la décima potencia industrial del mundo y los índices de educación, sanidad y de desarrollo humano estaban a la altura de cualquiera. Todos teníamos claro que la única salida era transitar a la democracia. Pero, ¿cómo hacerlo sin rupturas? Ésa era mi gran preocupación». Se evaporó cuando aquel 24 de agosto Suárez les presentó «el papelito». La Ley para la Reforma Política en su sencillez era osada, como recuerda este ex ministro: «En realidad eran tres folios, pero ya establecían los principios de la democracia. Aquel papelito fue un hallazgo porque, aunque todos sabíamos que la democracia era el final de ese camino, ninguno sabíamos muy bien cómo hacerlo. Sentado frente a mí tenía al ministro de Marina, el almirante Pita [que podría haber mostrado reticencias]. Su reacción fue la misma que la de todos los demás».

La norma constaba de cinco artículos y establecía las bases de un régimen de democracia liberal. Su artículo 1º dice esto: «La democracia en el Estado español se basa en la supremacía de la ley, expresión de la voluntad soberana del pueblo. Los derechos fundamentales de la persona son inviolables y vinculan a todos los órganos del Estado». La antítesis de lo que fue el franquismo. A continuación, se desposee al Jefe del Estado de cualquier potestad legislativa, que pasa a residir por completo en unas Cortes bicamerales elegidas por sufragio universal, y de la iniciativa de reforma constitucional, que se traslada en exclusiva al Gobierno y al Congreso. Esto es: el Rey perdía sus poderes ejecutivos y se facultaba a los españoles, a quienes se devolvía su soberanía, para dotarse de su propia Constitución, pero sin establecer ni siquiera las líneas maestras de su contenido. Conforme al resultado de las elecciones plurales y libres que se convocasen, podría haberse optado, por ejemplo, por una república en lugar de por una monarquía. Los sondeos encargados por la Corona a Icsa-Gallup en octubre de aquel año mostraban un índice de satisfacción del 79% con Juan Carlos I. El 40% de los encuestados aceptaba la monarquía y el 38% consideraba necesario un referéndum.

Landelino Lavilla, ministro de Justicia en 1976, expone a EL MUNDO que «la ley no fue sólo un retoque en el sistema, sino que en sí misma implicaba un cambio total del sistema. No era una ruptura, pero sí una reforma de verdad, tan simple y tan sencilla que se limitaba a dar la palabra al pueblo español para que eligiese entre continuismo, reforma o ruptura. Introdujimos un principio que dislocaba todo el sistema anterior y en ese momento pasaba a ser un Estado democrático».

El proyecto fue presentado por Suárez a sus ministros -«¡aquí tenéis la Reforma!»-. Todos asumieron que la paternidad era atribuible a Fernández-Miranda. Había sido nombrado preceptor del Príncipe en los años 60 y Don Juanito nunca olvidaría las lecciones sin libro que recibió del asturiano en la Casita de Arriba, a 60 kilómetros de Madrid. El autor de la Transición tenía un estilo clarísimo: frases cortantes y terminantes, parecidísimas al discurso de proclamación de Juan Carlos I el 22 de noviembre de 1975. «Fue la primera vez que escuchábamos la palabra consenso», recuerda el ex ministro.

“Mira este papel a ver qué te parece”

Torcuato redactó la Reforma en su casa de Navacerrada. «Yo subí a verle a mediados de agosto y pude verle trabajar en ella», rememora Landáburu, que mantenía con Torcuato una estrecha relación de amistad y colaboración desde 1967: «Cuando lo tuvo listo, se lo dio a Adolfo y le dijo: ‘Esto no tiene padre’». Lavilla se acuerda también del momento en el que Suárez se lo entregó: «Me dijo ‘mira este papel a ver qué te parece’. Nunca me dijo que se lo había dado Torcuato, pero pienso que sí, fue él. Luego se hicieron cambios».

Fernando Suárez, discípulo de Torcuato, lo corrobora: «Habíamos hablado juntos infinidad de veces de la Reforma. Hay un hecho decisivo, y es que Torcuato había presenciado el incendio de la Universidad de Oviedo durante la Revolución del 34. Quería acabar con la raíz de aquel odio, con sus causas. Y además el Rey no quería ser el rey de Marruecos ni Felipe II. Entonces había dos millones de emigrantes que conocían la democracia pero que además eran conscientes de lo que era el comunismo. Había que llegar sin saltos en el vacío». Landáburu apostilla la tesis de su compañero: «Antes de que se le nombrara sucesor de Franco, conocí a Don Juan Carlos a través de Torcuato, cuyos planes para el futuro político de España ya conocía. El Príncipe no sabía muy bien cómo ir del Movimiento, que había jurado, a la democracia. Torcuato le dijo: ‘No se preocupe, Alteza, que hay un camino y usted puede hacerlo perfectamente pasando de la ley a la ley’».

El ministro consultado añade que entre los españoles pesaba el temor a una «revolución abrupta» como la de los claveles, que en 1974 finiquitó la dictadura salazarista en Portugal. «El contacto con la sociedad y los estudios demoscópicos nos decían que los españoles deseaban una democracia homologable a la de nuestro entorno, que es Europa, pero nadie quería que hubiese una ruptura ni un cambio de un día para otro».

La Reforma se presentaba en su disposición final como la octava Ley Fundamental del Franquismo, pero al mismo tiempo derogaba todas las demás y desmontaba la dictadura. Esa fue la fórmula, conforme al principio del respeto a la «realidad política» de Fernández-Miranda, para democratizar el régimen «de la ley a la ley». Así, se evitaba que el Rey faltase al juramento de fidelidad que prestó cuando fue designado sucesor y al mismo tiempo daba paso a la renovación de la legitimidad política a través del principio democrático.

En palabras de Lavilla, así se facilitaba además la «integración» en el proceso de «reconciliación» de la derecha democrática instalada en el régimen, porque en una ruptura el espacio político podría haber sido monopolizado por las fuerzas de izquierda. «Queríamos hacer un empalme, de forma que el espíritu final de recomposición de un sistema de convivencia reconciliado tuviera un arropamiento legal. Habíamos vivido 40 años en una dialéctica de vencedores y vencidos y ahora teníamos que sentarnos juntos, de acuerdo, vencedores y vencidos. Lo contrario habría sido volver a caer en la historia más negativa de nuestro constitucionalismo», concluye.

Momentos memorables

El debate en las Cortes de la ley dejó momentos memorables. La intervención de Landáburu fue diáfana en su apasionada exposición de los principios liberales de la nueva democracia. «La mayoría», dijo ante los mismos procuradores que exaltaron a Franco, «es instrumento de la democracia, no el fin, que es la libertad del hombre, la garantía de esos derechos fundamentales. La democracia, además, tiene que asegurar y garantizar la libertad de la minoría, que tiene derechos que la mayoría no puede desconocer». En la Historia está ya la de Fernando Suárez para «rebajar el concepto de enemigo irreconciliable al más civilizado y cristiano concepto de adversario político pacífico».

Fernando Suárez, hoy: «Había que hacer un esfuerzo para hacer ver que era racional y legítimo, que entraba dentro de nuestras atribuciones y que era lo que le convenía al futuro de España. Había más ilusión y esperanza que miedo porque la garantía de que el Ejército iba a respetar al Rey era absoluta. La amplísima mayoría lo entendió y votó que sí. Fue el mayor acto de generosidad de una clase política. En el no [hubo apenas 59] hubo exaltados -muchos, compañeros de armas de Franco-, pero también un voto muy digno, de gente que tuvo muchísimas pérdidas en la guerra, que lo había pasado mal y que temía que la democracia fuese volver al peligro». Un caso singular fue el de Pilar Primo de Rivera. La fundadora de la Sección Femenina había perdido a dos hermanos en el 36 y se mostraba reacia a aprobar la ley. Landáburu le escuchó decir: «Y para eso han muerto tantos…». Finalmente, su propio sobrino Miguel Primo de Rivera, también ponente, la convenció para que se abstuviese en la votación, lo que hizo con voz temblorosa.

Ninguno de los ponentes de la ley, como ninguno de los ministros del Gobierno Suárez excepto los militares, había hecho la guerra. Belén Landáburu pone en valor a su generación: «Todo el mundo entendió que el franquismo sin Franco era como un pastel de liebre sin liebre. Desde 1966 había un movimiento para buscar una salida que nos hiciera homologables a nuestro entorno. Vivíamos la aspiración europea como una obsesión. La Transición se hizo porque dentro del sistema había personas que pensábamos que había que transitar a la democracia. Todo el mundo perdonó a todo el mundo y reclamaba ser perdonado del mismo modo. Si la oposición empuja las puertas y los de dentro se resisten, la casa se viene abajo. Pero aquí unos empujaron y otros abrimos puertas».

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