Albherto's Blog
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El tesoro de Sijena


CRÓNICA.- Llegaron a exponerse en el Metropolitan de Nueva York

El ‘expolio’ de los frescos de Sijena por 4.000 pesetas

  • Ocurrió en 1936. Un arquitecto catalán arrancó los muros del monasterio 120 metros cuadrados de frescos
  • Volvió a pasar en 1960: arrancaron 50 metros más
  • Ahora una jueza obliga a Barcelona a devolver el botín al pueblecito de Huesca. ‘Las obras no se mueven’, reta el Govern

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1936. – El equipo de Josep Gudiol (que toma la foto) y vecinos del pueblo arrancan las pinturas de Sijena MNAC

LEYRE IGLESIAS…. 14/11/2016 03:06

Primero de octubre de 1936. España en guerra. Un extraño llega a Villanueva de Sijena, un pueblecito de los Monegros a 64 kilómetros de Huesca. Se llama Josep Gudiol i Ricart y lo acompañan otros dos hombres. Una noticia ha llegado a sus oídos: el Monasterio de Sijena ha ardido. Gudiol, arquitecto, historiador, restaurador y marchante de arte nacido en Vich, sabe lo que eso significa. Sabe que el de Sijena no es un monasterio más.

Allí, entre aquellos muros gruesos y helados, empieza la historia de una de las batallas judiciales más duras que han protagonizado los Gobiernos catalán y aragonés. La pelea por un botín de guerra que, según acaba de fallar una juez, debe regresar a casa, 80 años después. Porque, entre octubre y noviembre de 1936, Gudiol, financiado con 4.000 pesetas de la Generalitat, arrancó unos 120 metros cuadrados de los coloridos frescos románicos del siglo XIII que adornaban la sala capitular del monasterio y se los llevó a Barcelona, donde permanecen aún hoy. Igual que los frescos que otro especialista catalán arrancó del templo en plena dictadura.

Hasta que el actual alcalde, Ildefonso Salillas, hijo de una saga dedicada a cuidar las piedras del monasterio, cogió la bandera de este tesoro expoliado que algunas fuentes valoran en 130 millones de euros. Y que el Gobierno catalán ha prometido esta semana que no devolverá, digan lo que digan los tribunales.

Agarrada la mano derecha a un bastón, la cabeza cubierta por una boina, Jesús Saba, de 91 años, es uno de los pocos supervivientes de aquella Sijena. Habla sentado a una mesa del único restaurante del pueblo, La Bodega, comedor de alubias y conejo que regenta su hija. El agricultor jubilado, que en 1936 tenía 11 años, evoca el monasterio con sonrisa pícara: “Los zagales bajábamos los domingos y las monjas nos tiraban por una ventanica una cesta con chocolate”. Eso antes de la guerra. Porque a Sijena llegó con fuerza.

Según un testigo, Antonio Lerín Villas, el 22 de julio varios vecinos aconsejan a las monjas que se marchen de allí porque han llegado “varios camiones” de milicianos venidos de Barcelona que pretenden quemar el templo. Y sí: “A los dos o tres días se vio arder”. El fuego duró varias noches. Algunos habitantes acudieron al monasterio a salvar lo que pudieron; otros probablemente participaron en su saqueo, con la complicidad o el impulso del Comité Revolucionario local. Entre los primeros estaban el abuelo y el bisabuelo del alcalde Salillas, picapedreros que dedicaron su vida a atender a las religiosas. Salvaron el retablo, el archivo… Pero lo que nadie tocó fueron los frescos pintados en los arcos y los muros de la sala capitular. “No sabíamos que aquello era tan importante… ¡Entonces éramos todos cazurros!”, masculla Jesús. Josep Gudiol no lo era.

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1960. – A las órdenes de Ainaud, el restaurador Joaquim Pradell con el padre del actual alcalde, que estaba allí “arreglando unos sepulcros” MNAC

En abril de ese año, las monjas habían accedido a que el catalán entrara en aquella impresionante sala rectangular al lado este del claustro que siempre permanecía cerrada. Allí había fotografiado sus coloridos frescos para una casa de arte estadounidense. Sabía que eran valiosísimos. Un verdadero tesoro ahora ennegrecido, casi invisible, repleto de cenizas y escombros del techo derrumbado. Así que, según revela la historiadora Marisancho Menjón, el 1 de octubre Gudiol se presentó en el pueblo acompañado de dos técnicos -Antoni Robert y Antoni Llopart-, y “con la ayuda de tres vecinos”, se puso manos a la obra. Lo hizo sin el permiso de las monjas, refugiadas en las casas del pueblo, ni de la Dirección General de Bellas Artes de la República.

“Entre el 1 y el 10 de octubre realizan los trabajos preparatorios”, explica Menjón, “aunque las labores de arranque tienen lugar entre el 10 de octubre y el 17 de noviembre”. Cuarenta y ocho días para un trabajo laborioso.

En telas de algodón

“El arranque de pinturas murales es la última opción, un atentado cultural”, indica Jorge Español, abogado del Ayuntamiento de Villanueva de Sijena. Desde unos andamios Gudiol y compañía cubrieron los frescos de cola soluble, pegaron grandes telas de algodón sobre las pinturas y aplicaron la técnica del strappo: la capa superficial se pega en la tela, que después se extiende sobre otro lienzo. Así se llevaron 64 “rollos” como si fueran alfombras, explica la historiadora, que ultima un libro sobre este episodio (Salvamento y expolio. Las pinturas murales del Monasterio de Sijena en el siglo XX, editado por la Universidad de Zaragoza). El abogado ofrece números: fueron unos 120 metros cuadrados de pinturas que hoy valdrían unos 90 millones de euros.

“Hicieron lo que quisieron”, lamenta el anciano campesino, que recuerda un ir y venir de “sábanas” en las que “dos jóvenes catalanes” pegaron las pinturas, escenas bíblicas de influencia bizantina. Su destino: la Casa Ametller, en Barcelona, donde Gudiol había establecido su taller.

Allí continuaron durante la guerra. Hasta que en 1940 aparecen en lo que hoy es el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). Seguramente fue el Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional -ya franquista- quien mandó trasladar los lienzos a la pinacoteca, a la espera de que el monasterio fuera restaurado. Y lo fue. Pero las joyas románicas nunca regresaron al templo.

EXPULSION DEL PARAISO

Detalle de los frescos que adornaban la sala capitular tal y como lucían antes del incendio, recreadas por el abogado Jorge Español

Al contrario. Los frescos vieron pasar los años guardados entre los fondos del museo catalán, sin exponerse al público. Hasta que en 1960 otro historiador visitó Sijena. Y llevó a cabo un segundo expolio. Se trataba de Joan Ainaud de Lasarte, director del museo. Sin el permiso previo de la Dirección de Bellas Artes -lo recibirá un año después-, viaja al pueblo y arranca los frescos de la sala capitular que no se había llevado Gudiol. Su argumento: una gran exposición de arte románico que se celebraría en Barcelona y Santiago de Compostela.

“De un castillo de Lérida”

Pero Ainaud no sólo arranca lo que queda de la sala capitular: se lleva además una serie de pinturas profanas ocultas en otra salita, muy especiales porque no representan escenas religiosas sino batallas como la conquista musulmana de Jerusalén. Son unos 50 metros cuadrados de frescos, indica Jorge Español, que calcula su valor en unos 40 millones de euros. Lo más sorprendente es que en esa exposición de 1961 el museo catalán las presentó como procedentes de un castillo de Lérida. “Hasta los años 90 estas pinturas pasan por ser pinturas catalanas. Aquello fue un atropello histórico”, subraya la historiadora. En todo caso, por primera vez se muestran al público los tesoros de Sijena. Desde entonces se convierten en una de las grandes obras maestras del MNAC.

Aunque ése no será su único emplazamiento: los valiosos frescos viajarán al menos en tres ocasiones. Según la historiadora, en 1970 siete plafones de los arcos cruzarán el Atlántico para ser expuestos en la muestra The Year 1200 en el Metropolitan de Nueva York. En 1984 la pintura de uno de los arcos tapiados que descubrió Ainaud podrá verse en Londres. Y en 1997 otros tres plafones volarán de nuevo a Manhattan.

El abogado, al igual que el alcalde de Sijena, asegura que Gudiol “robó” al pueblo. La historiadora defiende al marchante -“salvó las pinturas de la guerra, eso es indudable”- pero sí llama “robo con las cuatro letras” al arranque de las pinturas profanas en 1960 por parte de Ainaud. Al margen de las intenciones de uno y de otro, el hecho cierto es que desde la contienda, y pese a que el Ministerio ordenó varias veces la devolución de los frescos, el tesoro nunca retornó a Aragón y menos aún al monasterio.

Por eso cuando el hijo de los canteros de Sijena se hizo con la silla de alcalde, reunió papeles de su padre y de las monjas propietarias del monasterio, las de la Orden de San Juan de Jerusalén; pidió ayuda al Gobierno de Aragón… e impulsó una batalla que ocupa sus días. “Mi familia picaba las lápidas de las monjas desde hacía generaciones. El monasterio está restaurado y las obras deben regresar a Sijena”.

La doble batalla del alcalde cantero

La suya es una batalla doble, porque el Real Monasterio de Santa María de Sijena, fundado en 1188 por la reina Sancha de Castilla y catalogado como monumento nacional desde 1923, no sólo perdió sus murales. También 97 obras de arte que el obispo de Lérida -entonces Sijena pertenecía a esta diócesis- ordenó llevar a la provincia catalana.

Esta segunda causa es muy compleja pero se ha resuelto ya parcialmente. En su despacho, frente a la iglesia del pueblo y una estatua del sabio Miguel Servet, Salillas confía en el éxito de su cruzada. Un juzgado de Huesca ha concluido que, como defendían Sijena y el Gobierno de Aragón -que representa a las monjas-, los 97 objetos que Cataluña decía suyos y que se encontraban en el MNAC y en el Museo de Lérida deben regresar al monasterio. La mitad, los de menor valía, ya han abandonado el MNAC en un camión y el 25 de julio llegaron al monasterio. Se exponen ahora en un pequeño museo anexo al templo que se ha levantado al efecto. Pero aún faltan las piezas más valiosas, las del Museo de Lérida. Ese mismo día, el Consejo Ejecutivo de la Generalitat tomó la decisión de no autorizar su traslado.

La causa que concierne a los frescos arrancados también ha dado la razón al alcalde cantero, aunque la sentencia no es firme. ¿Qué dice el fallo? El juzgado de instrucción número 2 de Huesca afirmó este verano que tanto las pinturas de 1936 como las de 1960 fueron trasladadas a Cataluña sólo para restaurarlas y no para dejarlas allí sine die; que no consta ningún documento de venta o traspaso de la propiedad entre las monjas y las autoridades catalanas; que las pinturas, al contrario de lo que defiende la Generalitat, no corren ningún riesgo si se trasladan al monasterio…

El desafío catalán

En resumen, que, según la juez, Cataluña tiene los frescos sólo en régimen de depósito temporal y que éste se extingue cuando sus legítimos propietarios los reclaman. La Generalitat ha recurrido el fallo, pero la acusación ha reclamado la ejecución cautelar de la sentencia mientras el caso se resuelve definitivamente. Y, como ocurrió con el proceso relacionado con las 97 obras de arte, cuya devolución ha exigido el juzgado de forma cautelar con el aval del Tribunal Constitucional, la jueza ha accedido. Así, este 2 de noviembre ordenó la devolución de las pinturas y dio un plazo de 20 días al MNAC para que explique cómo desmontará y trasladará las piezas. Por su lado, el Ayuntamiento debe acreditar que la sala capitular puede reunir las condiciones -20 grados de temperatura y 59% de humedad- para acoger los murales. Las obras de puesta a punto de la sala concluirán a finales de año.

Pero el conflicto no acaba aquí. Se ha politizado hasta lo más hondo de esta nueva guerra sin fusiles que libra el independentismo. “Las obras no se mueven de Cataluña”, proclamó este martes la portavoz del Govern, Neus Munté. Arguyó que no devolver las obras no implica desobedecer, sino “cumplir con la ley catalana”. “Lamentamos la violencia de las acciones judiciales del juzgado de Huesca”, dijo, “frente a las decisiones que creemos bien adoptadas de la Generalitat”.

En Sijena -434 habitantes, casitas humildes- Jesús, que nunca ha visto los codiciados murales, se sobrepone a sus 91 años y, agarrado al bastón, tuerce el gesto. “Yo creo que no van a traerlos nunca. Yo, por lo menos, ya no los voy a ver”. El tesoro de Sijena sigue siendo un botín irrenunciable, hoy de otra guerra, 80 años después.

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