Albherto's Blog
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Servicio de maridos por horas


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¿Por qué las rusas buscan pareja obsesivamente?

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Foto: Shutterstock

Suena el timbre en un pequeño apartamento de Moscú. Una mujer abre la puerta: ya está aquí su ‘marido por horas’. El Ayuntamiento de la capital rusa puso en marcha este servicio en 2015, tratando de abarcar una demanda que desde hace años cubren empresas privadas que ofrecen por todo el país “hombres jóvenes y fuertes con conocimientos técnicos”, capaces de colocar estanterías o arreglar un grifo. Que desde el sector público se aborde la eterna cuestión de si hay suficientes hombres en Rusia es la última señal de lo complejo que está siendo el camino de la liberación de la mujer en muchos territorios de la vieja URSS.

“Soportamos la presión de cualquier lugar capitalista por tener un trabajo cualificado y ser competitivas, pero a la vez la familia y el entorno presionan para que tengamos hijos; para eso necesitamos hombres, y además de que hay pocos no nos vale cualquiera, por supuesto”, explica Lena, de 35 años, una ejecutiva de un canal de televisión que conduce un coche de alta gama, veranea en islas tropicales y se mantiene soltera. Las amplias libertades de las que disfruta su generación todavía tienen que acomodarse en una sociedad que sigue siendo muy tradicional, estableciendo roles diferenciados para ellos y ellas.

Este pintoresco servicio de maridos por horas está dirigido a quienes ya no tienen a su esposo a su lado. Pero el anuncio también se dedica a otras más jóvenes. Y lo hace con un desparpajo perturbador: “Eres una mujer bella con una manicura excelente que te hiciste ayer mismo, no estás dispuesta a vértelas con una ruidosa y vibrante taladradora, nosotros venimos al rescate”. Este estereotipo cobra vida con crudeza a diario en las ciudades rusas: mujeres empujando el carrito del supermercado con tacones imposibles, minifaldas a 25 grados bajo cero, salones de belleza en cada calle y retoques estéticos generalizados antes de cumplir los 30 años. En Rusia una mujer es su aspecto, con muchos menos matices que en Europa.

El sexismo se manifiesta sin críticas ni pudor alguno. El año pasado Rusia seleccionó a seis mujeres astronauta para recrear las condiciones de aislamiento de una base lunar. En la presentación su jefe dijo que suponía un “experimento interesante” y que “tal vez” no serían “peores que los hombres”. El director de las instalaciones confió en que “no habría conflictos, pese a que siempre se dice que en una misma cocina dos amas de casa no pueden convivir”. Remató la jugada la prensa; les preguntaron -entre otras cosas- cómo iban a sobrevivir ocho días sin maquillaje, sin champú y sin hombres. Por fin las seleccionadas fruncieron el ceño, para deleite de los programas de debate. La parte más amarga de esta sexualización llega cuando la mujer deja de ser considerada joven y es minusvalorada, mientras que en el caso de los hombres se sigue respetando su posición y experiencia.

La escritora Helena Goscilo cree que en Rusia el proceso de esta “devaluación de género” empezó solo tras la caída de la Unión Soviética, pues con el comunismo pervivían estructuras jerárquicas que concedían mayor autoridad a las personas de más edad. La transición al capitalismo “cosificó el cuerpo femenino y ‘desempoderó’ a la mujer rusa”.

La cuarta parte delos hombres muere antes de cumplir los 55 años, por eso en Rusia es muy normal estar sola a los 50

Poco a poco algunas actitudes cambian, y los cimientos están puestos. En la Unión Soviética, y especialmente durante la II Guerra Mundial, el papel de la mujer distó mucho de ser decorativo. “La generación de posguerra tiene mucha energía. A veces veo a mi madre bastante más joven que yo”, explica Polina, profesora rusa. Las soviéticas de los años 40 fueron las encargadas de mantener la producción en las fábricas y al mismo tiempo atender a los miembros de la familia que no habían ido al frente. “Esto moldeó a una generación de luchadoras contra los elementos, duras como piedras pero algunas veces incapaces de aportar todo el cariño que necesita un niño”, explica Marina, nacida a mediados de los 80 y la primera de su familia en estudiar en el extranjero.

Ahora la lucha es otra. La transición veloz hacia el capitalismo, el protagonismo de los valores tradicionales y la competitividad por los hombres crean un cóctel difícil de manejar.

¿Pero es verdad que faltan varones? Las cifras son desiguales en casi todos los países del mundo, pero son los estados que formaron parte de la URSS los que lideran la tabla. Tras la isla de Martinica, Letonia es el país con menos hombres por cada cien mujeres (84,8), seguido de Lituania (85,3). Las ex repúblicas soviéticas de Ucrania, Armenia, Rusia, Bielorrusia y Estonia les siguen de cerca en la tabla. En el caso ruso hay 86 hombres por cada cien mujeres, pero la mala salud y peores costumbres hacen que muchos queden fuera del abanico de candidatos apetecibles para formar una pareja.

El estereotipo cobra vida con crudeza a diario: mujeres empujando el carrito del supermercado con tacones imposibles, manifaldas a 25 grados bajo cero…

Hay que tener en cuenta que estos datos son una media global que incluye tanto a niños y niñas como a ancianos y ancianas. La escasez de hombres ya se nota en la veintena y es mucho más aguda a partir de los 40. La cuarta parte de los varones rusos muere antes de cumplir los 55 años, por eso es muy normal en el país vivir sola a los 50. La paradoja nacional es estar oprimida por un ‘bien escaso’.

Según datos del Pew Center [un importante centro de investigación estadounidense], las rusas nacidas entre 2010 y 2015 tienen una esperanza de vida de 75 años, mientras que sus compañeros varones morirán a los 64. El alcohol (causante del 40% de las muertes de hombres en edad laboral), el suicidio y diversos problemas de salud están detrás de estos datos. El único país con un abismo mayor entre esperanzas de vida de unos y de otras es Siria.

En Rusia la emancipación de la mujer siempre ha sido importante. Conceptos como el divorcio o el trabajo femenino no son tan nuevos como en España. La igualdad está reconocida por el artículo 19 de su Constitución. Pero en la calle, y también entre las propias mujeres, es habitual escuchar opiniones contrarias al feminismo. Menos frecuente es verlas escritas en los medios de comunicación, aunque la reciente ola de patriotismo conservador iniciada coincidiendo con el regreso de Vladimir Putin al Kremlin ha dado algunos titulares al pensamiento más reaccionario. En 2013, durante el juicio a las integrantes de la banda femenina Pussy Riot por irrumpir en una catedral con cánticos feministas y soflamas contra Putin, el abogado de la Iglesia ortodoxa se refirió al feminismo como “un pecado mortal”.

La historia tiene su reverso. Aliona era universitaria en 1987, cuando visitó por primera vez España. Trabaja como traductora en San Petersburgo y tiene dos hijos de 18 y 11 años. Cree que la situación de las madres en Rusia es mejor “porque en España no se respeta el derecho natural a ser mamá”. Allí las mujeres reciben durante 140 días la totalidad de su salario, que no puede exceder los 850 euros. Y durante un año y medio se paga el 40%, con un tope de 345 euros, pudiendo continuar de baja hasta tres años sin perder el puesto. En parte por eso en Rusia los hijos se tienen antes, entre los 23 y los 28 en las ciudades y más temprano todavía en zonas rurales. En Europa la media son los 29 años. Recientemente algunos colectivos han denunciado que, a pesar de que la ley apoya la maternidad, son habituales los casos en que los contratos que firman las mujeres incluyen la renuncia a este derecho si se quedan embarazadas.

El lado tenebroso de esta desigualdad es precisamente el más oculto. Según datos de Human Rights Watch (HRW), un 56% de las mujeres han sido amenazadas de manera violenta y el 25%, violadas. Este último asunto sigue resultando tabú en Rusia, por eso una iniciativa en Facebook ha intentado este verano cambiar las cosas. Bajo el ‘hashtag’ #NoTengoMiedodeHablar las rusas empezaron a contar online los abusos que habían sufrido por parte de hombres. Detrás de la iniciativa está Anastasia Melnichenko, una periodista ucraniana. Miles de mujeres la siguieron. “Lo que pretendo es cambiar las normas aceptadas socialmente, que dejen de encubrirse las violaciones con silencio y que no se culpe a las víctimas”, dice Melnichenko. El 40% de los delitos violentos se producen precisamente en el ámbito de la familia, según HRW. La Iglesia ortodoxa reaccionó haciendo un llamamiento a no participar en la iniciativa y a buscar respuestas rezando en los templos.

A pesar de todo, para el país la mujer sigue siento guardiana del alma rusa. Por eso en ‘Guerra y paz’ León Tolstói retrata el momento mágico en que la joven Natasha Rostov, una fina condesa, se deja llevar por un baile popular mientras unos sirvientes con los que se ha topado en el campo se entretienen con la balalaika. La joven ejecuta con gracia un ritmo que nadie le ha enseñado, como si surgiese de dentro. Siglo y medio después, sobre los hombros de millones de estas ‘Natashas’ descansa un cambio pendiente en Rusia. Siempre con permiso de la tradición y el mercado.

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