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Perico Fernández campeón mundial


IN MEMORIAM

Perico Fernández: el hospicio, el ring, El Pardo y el burdel

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Perico es recibido por Franco, en 1975, en El Pardo. LIBRO GUANTES ROTOS

 

ORFEO SUÁREZ….12/11/2016 01:07

La conversación de fútbol la interrumpe un grito: “¡Te he dicho que vengas por las noches, antes de cerrar, no ahora! ¡¡Fuera!!” Víctor Fernández, que ha dejado hace meses el Zaragoza, me pregunta mientras señala al indigente que abandona el restaurante, cabizbajo, escondido de sí mismo: “¿Sabes quién es? Un mendigo”, contestó. El entrenador se pone serio: “Es Perico Fernández“. El fútbol desaparece de la mesa, tomada por el silencio. Hay un rastro que seguir.

Es sencillo. Perico no va muy lejos. Un burdel cercano le da cobijo durante el día, en las pocas horas frías de estas camas calientes. Por la noche vuelve a la calle, al interior de un coche viejo si hay suerte, y a por las sobras de los restaurantes donde en el pasado jaleaban a uno de los campeones del tardofranquismo, convertido, años después, en la metáfora de la autodestrucción en carne y hueso.

De la mendicidad lo sacó, hace cinco años, José Antonio Visús, abogado y filántropo del boxeo, con el apoyo de uno de los amigos que siempre estuvieron junto a Perico. Se trata de Paco Millán, el hijo del dueño del bar que estaba junto al Hogar Pignatelli, en Zaragoza, donde Perico pasó su sórdida niñez. Desde entonces, vivía en un modesto piso hasta que el alzheimer y la diabetes provocaron que fuera trasladado a un centro de los Servicios Sociales de Aragón, donde, ayer, falleció a los 64 años.

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Imagen de Perico y Cruyff, en La Romareda, dedicada por el holandés. LIBRO GUANTES ROTOS

“¡Saca manita!”

La caridad del burdel fue mejor que la del hospicio, según recordaba Perico, que estaba en otra casa de tolerancia, pero 40 años atrás, cuando el propietario le dijo que si algún día ganaba el campeonato de España podría elegir a la meretriz que quisiera. Perico señaló, sin saberlo, a la mujer del propio dueño. En 1973, cumplió con su parte de la apuesta, al ganar el título nacional del peso ligero ante el canario Kid Tano, el sordomudo de Arenales. De la otra, nunca se supo. La anécdota es recogida por dos periodistas maños, Fran Osamblea y Rafael Rojas, en Guantes Rotos, un libro con el calor de las cosas hechas entre amigos. Kid Tano sufrió un castigo excesivo. Al no poder hablar, fue incapaz de decir que quería abandonar hasta que se dio cuenta Perico.

En el hospicio propinó uno de sus primeros directos. Fue a una monja. Lo sedaron durante 24 horas. Tampoco en el ring fueron adecuados todos los puñetazos, ya que, en 1980, al final de su carrera, dejó KO a un juez, pasó la noche en comisaría y fue inhabilitado. En lo pugilístico, Perico era lo que era su pegada, descomunal. “¡Saca manita!”, le gritaban desde el rincón, mientras resistía el castigo. Las tres mejores las sacó en el Campo del Gas de Madrid, en 1974, para noquear a Tony Ortiz y lograr el título europeo de los superligeos; en Barcelona, ante Joao Henrique, en 1975, para retener el cetro mundial conquistado un año antes, frente a Lion Furuyama; y en la plaza de toros de Zaragoza, en 1976, donde envió a la lona a Fernand Roelans en el primer asalto.

La conquista del título mundial lo condujo al Palacio de El Pardo. Como cumplía el servicio militar, Perico se presentó de uniforme. Franco se confundió y le felicitó por el campeonato de Europa, a lo que el púgil contestó con un “gracias, capitán”. Cuando el dictador rectificó, lo hizo también Perico: “Sí, capitán general”. Al año siguiente de haberlo ganado, lo perdió, en Bangkok, ante Saensak Muangsurin. El español recibió críticas por su aparente falta de combatividad. Perico insistió en que le habían drogado, al rociar con polvos los guantes de su rival.

Todo se lo explicaba al bueno de Millán, mientras se refugiaba en la pintura naif, hasta que le abandonaron los recuerdos. Jamás echó la culpa de su destino a nadie, ni se reprochó haber conocido a alguno de sus hijos cuando ya eran adultos: “He sido vago y golfo. No lo puedo negar. Es la puta verdad de mi vida”. Sólo la pudo sujetar en un puño: ¡¡Pum!!

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