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Hillary Clinton


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Hillary Clinton: su historia personal

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Foto: Gtresonline

CAROLINA MARTÍN…. 06/11/2016 08:43

 

“Puede que no sea la candidata más joven en esta carrera, pero seré la mujer presidenta más joven en la historia de Estados Unidos”, decía una sonriente Hillary Clinton en Roosevelt Island (Nueva York) el 15 junio de 2015 mientras bromeaba sobre sus canas. Ese día anunciaba, con el cielo como único techo, que volvía a presentarse a las primarias demócratas para regresar a la Casa Blanca. Esta vez como titular.

Con 69 años recién cumplidos y habiendo sido senadora por Nueva York y jefa de la diplomacia con Obama, Clinton ha demostrado que no se da por vencida por muchos escándalos que la rodeen o la desconfianza que despierte en parte de la sociedad. Además, ha hecho cierta la máxima estadounidense de que todos los niños -también las niñas- pueden soñar con ser lo que quieran.

Esta idea se la inculcaron de pequeña sus padres, Hugh Rodham y Dorothy Howell, ya fallecidos. “Ojalá mi madre estuviera aquí esta noche y pudiera ver la maravillosa madre en que Chelsea se ha convertido, conocer a nuestra preciosa nieta Charlotte y ver a su hija convertirse en candidata”, dijo.

A diferencia de su primera campaña a la Casa Blanca en 2008, esta vez Hillary no se ha parapetado detrás de una armadura masculina sino que ha hecho gala de ser mujer, madre y abuela. Un regreso de la feminista de los 70, que llevaba gafas gruesas y luchaba para que los jóvenes pudieran votar a los 18 años. “Si son mayores para ir luchar, también lo son para votar”, proclamaba con la guerra de Vietnam como telón de fondo.

Su madre, Dorothy, fallecida en 2011, es la persona que más le ha influido. Ella le enseñó a pelear desde temprana edad contra los reveses de la vida y los niños abusones. También aprendió la importancia de la familia. La infancia de Dorothy estuvo marcada por la falta de afecto de sus padres, que la enviaron a California junto a su hermana tras divorciarse, cuando tenía ocho años. Con sus nada cariñosos abuelos sobrevivió como pudo hasta que se marchó y se puso a trabajar de niñera, criada… También leyendo y estudiando.

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A su regreso a Chicago conoció a Hugh Rodham, un veterano de la II Guerra Mundial que tenía un pequeño negocio de cortinas, con el que se casó en 1940. Tuvieron tres hijos: Hugh, Tony y Hillary, que era el ojito derecho de su padre. Ella lo adoraba y solía correr a su encuentro cuando volvía del trabajo, según recordaba en Living history al relatar cómo le afectó su muerte de un infarto en 1993. Con él aprendió a jugar al béisbol, al fútbol y al baloncesto, también a disparar durante los veranos en el Lago Winola.

La vida en el hogar de los Rodham en el suburbio de Park Ridge (Chicago), donde se mudaron cuando tenía tres años, no era fácil. El periodista Carl Bernstein describe en su libro Mujer al mando que la casa familiar recordaba a un “campo de entrenamiento” militar bajo el control del patriarca. En la mesa eran habituales las discusiones y no faltaban escenas en las que su padre ridiculizaba a su madre. “Él era completa y totalmente beligerante”, según el hermano mayor, Hugh.

En ese entorno forjó Hillary su carácter. “En las distancias cortas es amable, cercana y afable -aunque no da esa impresión a priori- y se preocupa mucho por los demás”, señala Juan Verde, colaborador de la campaña de Hillary y que apoyó su candidatura en 2008. “De todas las personas con las que he trabajado, probablemente sea la más inteligente”, subraya Verde, que define a la candidata como “metódica y extremadamente analítica”.

La directora de Política Nacional, Amanda Rentería, destaca su preparación. “Tiene mucha experiencia tanto en lo doméstico como en lo internacional”, dice repasando su trayectoria de los últimos 30 años y recordando los logros con la comunidad hispana. “Es una mujer fuerte, preparada y con buen corazón. Como dice Dolores Huerta, corazón latino”, subraya recordando sus comienzos políticos en Texas.

Su madre, Dorothy, fallecida en 2011, es la persona que más le ha influido. Ella le enseñó a pelear contra los reveses de la vida. Con su padre aprendió a jugar al béisbol, al fútbol, al baloncesto y a disparar.

Clinton estudió en la escuela pública del barrio y fue educada bajo los preceptos de la religión metodista. En 1961, la llegada a la iglesia de un nuevo ministro, Donald Jones, alteró sus esquemas. Gracias a él, la joven girl scout descubrió a escritores como T.S. Eliot o J.D. Salinger y su obra El guardián entre el centeno, aprendió quiénes era Rosa Parks y Martin Luther King (al que escuchó en directo en Chicago) y vio el Guernica de Pablo Picasso, que le causó una honda impresión. Jones fue durante años consejero de Clinton, que buscó tranquilidad espiritual en el ministro metodista en momentos difíciles, incluidos los relacionados con los affaires de su marido, Bill Clinton.

En 1965 Hillary ingresó en el colegio femenino de Wellesley, a las afueras de Boston, donde se acentuó su activismo político y sus ideas sobre la igualdad entre hombres y mujeres. A su manera revolucionó el centro, siendo la primera portavoz de las estudiantes en dar un discurso de graduación (que no estuvo libre de polémica) e impulsando iniciativas para cambiar las normas internas del colegio donde las jóvenes eran tratadas casi como niñas.

En Wellesley Clinton desplegó sus alas y su mente. En la universidad de Yale rompió definitivamente con la niña republicana que había sido y descubrió su vocación para el Derecho: “Dar voz a quienes no eran escuchados”. También conoció a Bill Clinton, un joven cuyas manos le impresionaron.”Nadie me entiende mejor y me hace reír de la manera que lo hace Bill. Incluso después de estos años, es aún la persona más interesante, llena de energía y completamente viva que he conocido”, escribía tras dejar la Casa Blanca como consorte. El primer encuentro de la pareja fue en la biblioteca de Yale en 1970. La conversación que iniciaron entonces dura ya 46 años y “es todavía fuerte”, dijo ella durante la convención nacional demócrata en Filadelfia. Antes de establecerse en Arkansas, pudo haberlo hecho en Washington, donde trabajó como becaria en 1968 y como letrada de la comisión judicial que pedía la destitución de Richard Nixon por el ‘caso Watergate’.

El suspenso en el examen para ejercer de abogada en la capital de EEUU fue decisivo para que su balanza se inclinase por Arkansas. Tras rechazar varias propuestas de matrimonio, Hillary dio el sí a Bill en octubre de 1975. En el documental ‘The Choice’, varias amigas rememoran el choque que supuso para ella instalarse en Little Rock, donde Bill fue elegido primero Fiscal General y después, en 1978, gobernador de Arkansas. Dos años más tarde, Hillary dio a luz a su única hija, Chelsea.

Ella era una esposa “no convencional”, reconocía antes de afirmar que una vez convertida en primera dama tuvo que cambiar para no ofender a sus vecinos ni perjudicar la carrera de su marido. Modificó su nombre -había mantenido su apellido de soltera-, su apariencia y hasta el papel que desempeñaba.

Nunca fue una primera dama convencional. Su oficina se instaló en el ala Oeste de la Casa Blanca y la llamaron ‘Hillaryland’. Superó dos infidelidades públicas de Bill Clinton , con Gennifer Flower y con Monica Lewinsky.

Años más tarde, volvería a transformarse para ayudar a Bill a superar el escándalo de su relación extramatrimonial con Gennifer Flower (una de las mujeres que el candidato Donald Trump invitó al segundo debate presidencial), coincidiendo con la primera campaña a la Casa Blanca. En una entrevista en el programa de televisión 60 minutos, hizo una defensa cerrada de su marido explicando que no era un “florero”. “Estoy sentada aquí porque le amo y le respeto”, dijo Hillary cuando el periodista sugirió que había habido un arreglo entre ellos.

La entrevista y su defensa de Bill funcionó para devolverlo -en 1998 él reconoció la relación con Flowers- a la carrera presidencial y alzarse con la victoria en noviembre de 1992.

Cuando los Clinton llegaron a la Casa Blanca en enero del siguiente año, una de las preguntas más frecuentes era qué papel desempeñaría Hillary. “Ocho años de Bill, ocho años de Hill”, dijo con sorna el 42 presidente de EEUU a la periodista Gail Sheehy en su primera entrevista. En unos días se despejó la incógnita: ella presidiría el grupo de trabajo para la reforma sanitaria.

Esta labor política rompía con la tradición del papel de las primeras damas en la Casa Blanca. Hillary también enterró otras. Por primera vez, su oficina -apodada como ‘Hillaryland’- se instaló en el ala Oeste. Su despacho estaba en la segunda planta, justo encima de donde trabajaba el equipo de política interior. Presentó al Congreso el plan de Reforma Sanitaria en septiembre de 1993. Un proyecto que fue tumbado en el Capitolio. De cara a la reelección de su marido, fue conminada a volver a transformarse en una primera dama más convencional, apartada de la política. La operación funcionó y Bill Clinton revalidó el mandato en 1996.

Esa segunda legislatura quedó ligada al affaire con Monica Lewinsky, cuando en enero de 1998 salieron a la luz las primeras informaciones sobre una relación del presidente con una becaria de la Casa Blanca, lo que condujo a su proceso de destitución. “Pregunté a Bill una y otra vez sobre la historia. Él continuó negando un comportamiento inapropiado, pero reconoció que su atención podría haberse malinterpretado. Nunca entenderé qué pasaba por la cabeza de mi marido ese día”, escribía Hillary en su biografía. Seis meses después Bill le confesó que había mantenido un “contacto inapropiado” con Lewinsky, pero que estaba demasiado avergonzado para reconocerlo. Clinton rememora en las páginas de ‘Living history’ que empezó “a llorar, a gritarle y a preguntarle por qué le mintió”. Recuerda ese momento como el de la traición a su matrimonio.

A partir de ahí comenzó a escribir el borrador del nuevo capítulo de su vida para ser lo que ella quisiera, como le decían en casa de pequeña. Decidió embarcarse en la aventura de presentarse a las elecciones al Senado en el año 2000, cuando todavía era primera dama. A los 53 años, Hillary decidió iniciar su carrera política con voz propia y seguir conversando con su marido. Y en 2017, a poder ser en la Casa Blanca y como la primera mujer presidenta de EEUU.

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