Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

La droga que anula la voluntad


CRÓNICA.- El reportero se somete a un ensayo: probar él mismo la droga que anula la voluntad

Mi noche de burundanga

  • En Sudamérica la llaman ‘aliento del diablo’ y aquí cada vez más delincuentes la usan para violar o robar
  • El ‘polvo zombi’ es indetectable en análisis clínicos a las pocas horas de haber sido consumido
  • “Me sentí la persona más vulnerable y sensible del planeta”
  • El testimonio de 16 víctimas del ‘polvo zombi’:

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Momento en el que el periodista mezcla el polvo de burundanga con vino para probar

LUCAS DE LA CAL

LUCAS DE LA CAL….10/10/2016 04:29

Recuerdo estar dentro de una especie de realismo mágico en el que los objetos cada vez se hacían más grandes y difusos. Lo irreal parecía normal. La voz de la doctora que me vigilaba cautivaba mi mente. Me sentía vulnerable. Obediente. Tan sólo había transcurrido poco más de una hora desde que vertí los polvos de un blanco amarillento en la copa de vino. Probé la escopolamina en una pequeña dosis de menos de cinco miligramos.

Popularmente se conoce como burundanga y se extrae de las plantas solanáceas. En Sudamérica la llaman aliento del diablo y aquí cada vez más delincuentes la usan para violar o robar porque bloquea la voluntad en tan sólo unos minutos.

No hay estadísticas que lo confirmen. Es una droga tan poderosa que desaparece en el organismo en unas horas. Por eso decidí que no había mejor forma de contar esta historia que experimentando en mi propio cerebro la sensación que produce. En tan solo 13 minutos, el efecto sedante de la burundanga modificó mi conducta. Me sentí la persona más vulnerable y sensible del planeta. Pero no, no me convertí en un zombi dócil. Y no, tampoco me levanté al día siguiente sin acordarme de nada, como relatan la mayoría de las víctimas. Aunque todavía tengo varias lagunas en mi subsconsciente que no consigo resolver.

Nos situamos en la noche del miércoles 5 de octubre en un pequeño piso del centro de Madrid. Me acompaña una amiga médico que velará por mi seguridad y me hará un seguimiento clínico. Ella va a apuntar cronológicamente en una libreta todos mis pasos y grabar por si no me acuerdo al día siguiente. “Puede que me convierta en tu esclavo. Tienes que ordenarme cosas a ver si te hago caso”, le digo nada más entrar por la puerta. Ella, que ha traído en el bolso un poco de adrenalina por si el efecto sedante de la escopolamina en polvo me pega demasiado fuerte, se ríe un poco nerviosa.

Le pedí que llevara la hormona que aumenta la frecuencia cardíaca recordando que mi tío, farmacéutico, me contó que con mi abuela, cuando hace unos meses la sedaron porque ya estaba desahuciada clínicamente, usaron escopolamina inyectada mezclada con morfina y un sedante llamado Midazolam como paliativo final. La escopolamina, dijo el médico, quitaría la molesta flema y secaría la boca aliviando los últimos días de mi abuela.

También pregunté a un amigo etnobotánico qué es lo que me recomendaba tomar si el efecto era muy fuerte. “Unos granos de sal marina debajo de la lengua. Eso te traería de vuelta a la tierra. Después, cuando el efecto baje, toma una cucharilla llena de sales de sulfato de magnesio disuelta en un vaso de agua para purgar rápido las sustancias”, me dijo.

Con vino, la adrenalina y las sales encima de la mesa, empezó mi noche de burundanga. Este es el relato según mis recuerdos, el vídeo grabado y los apuntes de la doctora que me acompañaba.

23:30 horas. Me siento en el sofá y sirvo un par de copas de Lambrusco rosado bien frío. A una le echo media dosis de los polvos que supuestamente contienen escopolamina y que guardo dentro de un vaso de chupito. A las 23:40 le doy el primer trago. El vino sabe a vino. 13 minutos después noto la boca seca. Me sirvo otra copa mientras mi amiga doctora empieza a apuntar en su libreta.

A las 23:59 el calor me envuelve y las gotas de sudor caen por la nuca. Necesito abrir la ventana aunque no corra nada de aire por dar justo a un patio interior. Dos minutos después, noto un leve mareo y me vuelvo a sentar en el sofá. Primera teoría confirmada: el efecto de la burundanga sube muy rápido.

La charla transcurre con normalidad, hasta que a las 0:12 las pupilas se me empiezan a poner midriáticas y siento un poco de fotofobia. La tenue luz de la vieja lámpara que cuelga del techo, que en ese momento siento que emite un fuerte destello, me molesta muchísimo en los ojos. La boca cada vez la tengo más seca. Vuelvo a tomar otra copa de vino.

A las 0:21 la doctora me empieza a hacer preguntas de las que, mientras estoy redactando esta historia, sigo sin recordar. En la libreta veo que está escrito que sufro un bloqueo sistemático y astenia generalizada. “No sabe sumar y le cambia la voz a un tono cada vez más pesado”, reza la nota.

Es hora de ver el vídeo que grabo a las 0:28 tirado en el sofá explicando cómo me siento. En la imagen tengo los mofletes muy colorados y los ojos vidriosos: “Me arde la cara y me da vueltas la cabeza”, repito en dos ocasiones trabándome ambas veces. “Me ahogo al hablar como si estuviese asfixiado y la luz va a mucha velocidad. Noto que me flotan las manos. Pero sigo estando consciente, o eso creo”.

La nota en la libreta apuntada a las 0:47 es la que más me desconcierta. Pone que me bloqueo tres veces en el mismo punto de la misma historia que cuento a mi amiga. La doctora me lo explicó al día siguiente. “Te pregunté qué reportaje ibas a hacer mañana. Me decías que tenías que ir fuera de Madrid a ver a una pareja de sordomudos a los que iban a desahuciar porque su hijo… y en ese punto te bloqueabas todo el rato. Te volvía a preguntar y no recordabas que ya me lo habías empezado a contar. Iniciaste la explicación de nuevo y te quedaste parado en el mismo punto. Nunca terminaste la historia”.

A las 0:58 ya no tenía calor ni sudoración. En los apuntes pone que estoy desorientado y adormilado. Sí que recuerdo ver los objetos de la estantería cada vez más grandes. El sonido de fondo de la televisión me obnubilaba y viajaba con los personajes animados dentro del universo cósmico de la serie que estaban emitiendo. Me sentía hipnotizado por los colores.

Sin embargo, nunca atravesé las puertas de la inconsciencia que aseguran haber traspasado la mayoría de víctimas de esta droga. El último ejemplo público lo hemos conocido esta semana. Cuatro de los cinco investigados por violar a una joven en los Sanfermines de este año han sido imputados por otro abuso sexual en mayo a una chica de 21 años de Córdoba. Grabaron los tocamientos en el interior de un coche y lo difundieron por sus grupos de Whatsapp. Supuestamente usaron burundanga para someter a la joven a su voluntad. El auto del juez dice que estaba “en profunda inconsciencia” y que horas después se despertó aturdida, golpeada y con la ropa destrozada sin recordar nada de lo que había ocurrido.

Pasada la una de la madrugada, la cabeza me da más vueltas que nunca y me entra sueño. En la cama, a oscuras, los ojos me pican y la boca se me vuelve a secar. Me da un tic en la rodilla con pequeños espasmos. Pronto me quedo dormido. Pero a las 2:37 me vuelvo a despertar algo desubicado, con mucho calor y mareado. No puedo parar de rascarme la cabeza. El agua fría en la cara me alivia. No recuerdo cuánto tardé en conciliar el sueño, pero se me hizo una eternidad.

A las 7:30 suena el despertador. Para una persona que casi nunca tiene resaca, ese tono del móvil me hizo volver a los despertares del viaje ebrio a Punta Cana al que me fui con los compañeros de universidad a mitad de carrera.

La cabeza me arde. Pero no experimento ninguna sensación que no haya tenido antes. Creo recordar bastante bien lo que viví en mi noche de burundanga, aunque cuando leo la libreta y hablo con la doctora que me cuidó -más bien vigiló-, hay algunos episodios que se han perdido en mi memoria.

De lo que sí estoy seguro es de la situación de absoluta vulnerabilidad en que me quedé al probar la droga. Estando consciente o no, la debilidad física y mental hace que sea fácil aprovecharse de la persona que la consume. Demasiado fácil. El último paso es hacerme una analítica toxicológica a ver si me detectan la sustancia.

Aquí empieza el problema. Ya me lo avisaron los Policías y médicos. “Es muy complicado de detectar porque la escopolamina desaparece a las seis horas y un análisis normal, como no te lo hagas inmediatamente después de consumirla, no te lo detecta“.

Por ello, tan sólo ha habido un caso demostrado clínicamente en España. El de una mujer de 36 años de Palma de Mallorca a la que su exmarido le vertió burundanga en un vaso con Coca-Cola. Ella ingresó en el hospital con mareos, visión borrosa y dificultad del habla. Los análisis de orina dieron positivo en escopolamina. El agresor confesó que había comprado burundanga por internet y que la había adquirido para intentar suicidarse, pero que por error su exmujer bebió de la copa equivocada.

A las 8:00 de la mañana, poco más de ocho horas después de dar mi primer trago a la copa de vino con burundaga, solicito en Urgencias de un hospital de la capital una prueba toxicológica con un análisis de mi orina. Después de que la enfermera me diera el bote y la gasa desinfectante para las partes íntimas, espero en la sala de espera a que me entren ganas de ir al baño. Pese a haber bebido bastante líquido la noche anterior, tardo 25 minutos en acudir.

Al volver a casa, la resaca me lleva directamente al baño, pero esta vez para vomitar. Ya recuperado, a las 12:00, me pasan los análisis. Doy negativo en todos los metabólicos, como todas las desconocidas víctimas, robadas y violadas, que acuden a hacerse analíticas después de ser conscientes de que alguien les ha drogado con esta sustancia. “Las pruebas se deben hacer con equipos especializados. En un simple análisis de orina es muy complicado detectar escopolamina si no se hace inmediatamente después de ingerirla“, explican dos doctores del Instituto Nacional de Toxicología.

Después de mi noche de burundanga, confirmo que una parte de la leyenda urbana es cierta. No sé qué habría pasado si hubiese consumido una dosis más alta. ¿Habría perdido el juicio crítico y la voluntad? ¿Me habría levantado por la mañana sin recordar nada? Lo que sí viví es la sensación de que el alcaloide te adormece el cerebro y el cuerpo, convirtiéndote en un ser vulnerable.

Testimonio de 16 víctimas

  • Hace dos semanas, ‘Crónica’ publicó un reportaje sobre el peligroso mundo que se mueve detrás de la burundanga.
  • Un camello que vende esta droga sabiendo para qué la van a usar sus clientes y una víctima que sufrió un ataque del que no se acuerda, fueron los protagonistas de la historia.
  • En el texto se destacaba una importante conclusión a la que han llegado tanto la Policía como los médicos: “No tenemos estadísticas de casos por la dificultad de detectar la sustancia y la falta de denuncias.
  • Hay muchas más víctimas de las que conocemos”.
  • Cierto. Durante estos días hemos recibido muchos mensajes de hombres y mujeres que aseguran haber vivido algún episodio turbulento -les han violado, robado, o ambas cosas- con la burundanga.
  • Aquí el testimonio de 16 víctimas del ‘polvo zombi’:

CHICOS

J. 31 años, Madrid: “Hay mucha gente que cree que esto es un mito y se lo toma a cachondeo, pero hay que alertar sobre el peligro de esta droga. Conmigo la usaron hace poco más de un año. Estaba con mis amigos celebrando un cumpleaños en la calle Huertas y lo último que recuerdo es haberme pedido una copa en un bar. Al día siguiente me levanté en mi cama desnudo de cintura para abajo. Tenía un fuerte escozor en el trasero. El médico me dijo que había sufrido una fisura anal por penetración. Y soy heterosexual”.

P. 29 años, Toledo: “Estaba de fiesta en un pub y ligué con una chica que no recuerdo bien si era de Perú o de Colombia. La invité a una copa y nos fuimos a bailar. Ya no recuerdo más. Me levanté horas después en el escalón de un portal en la calle. No tenía la cartera ni las llaves de casa encima”.

S. 35 años, Madrid: “Un vecino me despertó a media mañana. Estaba tirado en las escaleras de mi edificio. No tenía las llaves ni la cartera encima. Cuando llamé a la Policía, que abrió mi casa entrando por el balcón del vecino de al lado, me habían robado dinero en efectivo que tenía en un cajón y el ordenador portátil. La noche anterior fui a cenar al ‘kebab’. No recuerdo nada más”.

M. 35 años, Madrid: “Estaba en un bar de ambiente y un andaluz me invitó a su piso. Por la mañana me levanté sentado en un banco en la calle, con la camisa rota y sin la cartera. Cuando fui a anular la tarjeta me dijeron que esa noche saqué 600 euros”.

P. 27 años, Valencia: “Recuerdo querer levantarme del sofá y no poder hacerlo. Recuerdo que dos chicos me enseñaron una foto del móvil y en la siguiente escena estaba sacando dinero del cajero. Recuerdo estar en mi casa con desconocidos que me preguntaban cosas y yo les respondía sin pensarlo”.

CHICAS

A. 26 años, Sevilla: “Me violaron y nadie me creyó. Ni los médicos ni la Policía. En los análisis no di positivo en ninguna sustancia, pero estoy segura de que la noche anterior, cuando salí de fiesta con mis amigas, me drogaron. No recuerdo nada y me desperté dentro de mi portal con las bragas medio bajadas”.

M. 25 años. Alicante: “Horas después conseguí recordar. Un chico me llevó a su coche para fumarnos un porro. Después me quedé en un estado muy raro, como si me costara moverme y no pudiera hablar. Dos hombres más entraron y me empezaron a tocar. Yo no quería, pero había algo dentro de mí que me impedía resistirme”.

S. 20 años, Ávila: “La Policía me dijo que seguramente habrían usado burundanga para robarme, que no era la primera vez que pasaba. Me hice una analítica y no salió nada. La noche anterior salí a cenar con amigas y acabé tirada desnuda en los asientos de atrás de mi coche”.

J. 73 años, Madrid: “Recuerdo que vino a verme un señor que dijo ser un operario del Ayuntamiento. Me enseñó unas facturas que según él debía de pagar. A los pocos minutos me quedé inconsciente pero despierta en el sofá. Se llevó las joyas de mi madre y mi hermana fallecidas y 1.500 euros que tenía escondidos”.

R. 77 años, Murcia: “Abrí la puerta a un hombre que dijo que venía a revisar el contador. Le acompañé a la cocina y tenía una especie de datáfono para revisar al aparato. Después me dijo que tenía que ver unos números a ver si coincidían con los del contador. Me lo acercó a la cara para que lo viera. Tras varias explicaciones sobre las revisiones periódicas que debía hacer, entré en una especie de sueño real. Le dí las claves de mi cuenta bancaria y el dinero que llevaba encima. Pero, por suerte, en pocos minutos volví a recuperar la consciencia y avisé a la Policía. Le detuvo ese mismo día”.

S. 22 años, Madrid: “Estaba de botellón al lado de la facultad y un chico se me acercó a hablar. Me ofreció una copa de Licor 43 con chucherías dentro del vaso. Pocos tragos después me encontraba vulnerable, haciendo caso a todo lo que me decía el chico. Nos fuimos detrás de unos arbustos y me dejé hacer todo lo que él quiso. Era consciente de todo y todavía lo recuerdo con nitidez, pero aún no he conseguido explicarme cómo pude permitirlo. No era por el alcohol”.

A. 42 años, Madrid: “No me atreví a denunciarlo hasta que vi en la televisión una noticia sobre el peligro de la burundanga. Contaban que perdías la consciencia y te quedabas a merced de otra persona. Es lo que me pasó ese mismo verano. Me desperté en casa sin recordar nada con un escozor en la entrepierna y dos moratones en la espalda. No le di mayor importancia”.

E. 38 años, Madrid: “Los médicos dejaron de creerme cuando las pruebas toxicológicas dieron negativo. Pero a mí me echaron algo a la copa la noche anterior y abusaron sexualmente de mí, aunque sea incapaz de recordarlo”.

A. 19 años, Alicante: “Entonces era menor de edad, y me daba miedo que mis padres y amigos se enterasen. Estaba borracha y en un principio me pareció divertido probar ese polvo blanco en la copa. Minutos después me empecé a encontrar mareada, débil, y entre dos tipos abusaron de mí”.

L. 24 años, Madrid: “Cuando abrí los ojos estaba tumbada en el suelo de mi habitación. Mi hermana entró y me preguntó quién era el chico con el que ligué anoche. No lo recordaba. No sé si tuvimos relaciones sexuales. Eso sí, jamás encontré mi cartera”.

T. 35 años, Alicante: “Sentí que me mareaba y quería hacer lo que ellos me decían. Tuve relaciones sexuales con tres hombres que ni me acuerdo de sus caras. Después me enteré que a más chicas les había pasado lo mismo con esas personas. Tenían burundanga. La Policía les acabó pillando porque se pasaron con una chica que los denunció”.

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