Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

“Johan Cruyff: 14, la autobiografía”


CRÓNICA.- Memorias póstumas de Cruyff

El secuestro que marcó la vida de Cruyff

  • El relato del asalto con fusil a su casa que impidió que el líder de la ‘Naranja mecánica’ jugara el Mundial de su consagración
  • “Con Franco, usaban mi personalidad para la lucha en favor de la libertad de Cataluña frente al poder de Madrid”
  • “Cuando me retiré en 1978 me hice empresario… invertí dinero, por increíble que parezca, en granjas de cerdos”

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Johan Cruyff en 1977, con su mujer Danny Coster y sus hijos Chantal, Jordi y Susila HANS PETERS

NATIONAL ARCHIEF

JOHAN CRUYFF….. 09/10/2016 10:25

La Copa del Mundo de 1974 no sólo fue muy especial para mí, fue un punto de inflexión para el país. Lo que había empezado con el Ajax en 1956 se vio coronado en 1974 con el mejor fútbol que nunca ha mostrado Holanda.

Por desgracia, y por definición, tras el punto de inflexión las cosas sólo pueden ir cuesta abajo. Pese a la fantástica experiencia de 1974 y a que mi fútbol en las siguientes temporadas en el Barcelona fue del más alto nivel, decidí no asistir a la fase final del Mundial de 1978. Al principio tuve dudas, aunque siempre había pensado retirarme en 1978. Si me preguntan por qué, no tengo ni idea. Retirarme a los 31 me rondaba por la cabeza desde jovencito. Por eso pensaba que quizá no tenía la agudeza mental suficiente para ser convocado para el equipo del Mundial, sabiendo que después de aquello la cosa se acabaría. Tras la decepcionante Eurocopa de 1976, en la que nos eliminó Checoslovaquia en una espantosa semifinal, las dudas empezaron a crecer. Pero en 1977 volví a tener, por un momento, buenas sensaciones. Jugamos con la selección holandesa unos encuentros magníficos contra Inglaterra y Bélgica, y yo empecé a preguntarme seriamente si debería aprovechar la oportunidad de ir a Argentina el verano siguiente con un equipo tan fuerte.

Entonces, ocurrió algo terrible. Era 17 de septiembre y yo estaba en casa, en un edificio de apartamentos, viendo un partido de baloncesto en el televisor, cuando lo que pensé que era un mensajero llamó al timbre. Pero cuando abrí la puerta me encontré con una pistola apretada contra mi cabeza y me obligaron a tumbarme bocabajo. Todos estábamos en casa. Los niños estaban en su cuarto y aquel hombre le dijo a Danny [Coster, madre de sus hijos Chantal, Susila y Jordi] que se tumbara también. Yo intenté razonar con él. “¿Quieres dinero? ¿Qué quieres?”. Me ató y me amarró a un mueble. Para hacerlo, tuvo que dejar la pistola un momento, y entonces Danny se levantó y salió de la habitación y del edificio. El cabrón la persiguió. Yo pude liberarme y coger la pistola para asegurarme de que no lo hacía él. Hubo tantos gritos que se abrieron las puertas de todo el edificio. Enseguida le redujeron.

Más tarde se supo que delante de nuestro apartamento había una furgoneta aparcada, con un colchón dentro, de modo que todo apuntaba a un secuestro como los que se producían en España en aquella época. No sé por qué lo hizo y nunca me ha interesado. Tampoco intenté averiguarlo más tarde. Solo había una cosa que importaba y era que ese hombre estuviera fuera de nuestra vida.

Los seis meses siguientes, más o menos, fueron espantosos. Teníamos vigilancia policial permanente. Cuando me iba de viaje, cuando llevaba a los niños al colegio, cuando iba a entrenar o a jugar con el Barcelona. Siempre había gente conmigo, siempre tenía gente a mi alrededor. Siempre había un coche de policía en las proximidades o a la vista o conduciendo detrás de mí. Unos agentes dormían en nuestra sala de estar todas las noches. Aquella atmósfera era insoportable. Insostenible. El estrés era tal que no lo podía soportar. Ni siquiera podía liberarme un poco hablando de ello. La Policía no paraba de repetir una y otra vez, por favor, no digas nada, porque podrías dar ideas a otros locos. En esa situación no dejas sola a tu familia durante ocho semanas, así que no había manera de que yo fuera a Argentina con el equipo holandés. Si juegas un Mundial tienes que hacerlo totalmente concentrado. Si no lo estás, o tienes distracciones o dudas o lo que sea, no debes hacerlo. Porque no saldrá nada bueno.

Ernst Happel, el seleccionador de Holanda, vino a verme a Barcelona para hablar sobre mi renuncia, pero yo no dudé ni por un segundo. Como me habían ordenado no decir nada sobre el intento de secuestro, le dije a Happel que no estaba en el estado físico y mental adecuado para jugar un torneo importante. Creo que no le convencí, porque un Mundial está en otro nivel. Un gran deportista como Happel tenía la sensación de que perder una oportunidad así no estaba bien, pero no podía contarle toda la historia. Entonces se puso en marcha la campaña nacional “Hay que convencer a Cruyff”. Recibí sacas llenas de peticiones de aficionados holandeses rogándome que jugase con la selección holandesa y suplicándome que cambiara de opinión. Pero la seguridad de mi familia estaba por delante, así que no me costó ningún esfuerzo mantenerme en mis trece. Tras el intento de secuestro, no dudé ni por un momento sobre no ir a Argentina. Aquella opción estaba excluida.

Habría sido una locura abandonar a mi familia en aquellas circunstancias. Por desgracia, sufrimos durante mucho tiempo las consecuencias del intento de secuestro. En aquella época secuestraron a una chica en Valencia, y Danny y yo nos enteramos de que los culpables sabían que nosotros teníamos niños, y que aparecerían por nuestra casa. Así que, por seguridad, nos hicimos con dos dóberman y toda la familia recibió entrenamiento para saber tratar a los perros. La Policía nos recomendó que nos deshiciéramos de ellos, “porque imagínate si atacan a un intruso”. Yo respondí que precisamente esa era la intención.

Al final, me perdí el Mundial por distintas razones. Y, visto en perspectiva, así perdí la oportunidad de retirarme en la cima. Cuando Holanda volvió a clasificarse para la final, contra los anfitriones, la BBC me pidió que hiciera de comentarista. En el estudio, lo pasé muy mal. Nos habían aventajado en el minuto 38 de un partido con muy mal ambiente, nos negaron un penalti en la segunda parte, igualamos el marcador muy tarde y mandamos un balón al poste en el último minuto sólo para acabar perdiendo 3-1 en la prórroga.

Viendo un partido así se te pasa por la cabeza que si hubieras estado allí tu carrera quizá habría acabado con un título mundial. Si hubiera hecho eso, si hubiera hecho lo otro. No me pasa muy a menudo, pero en aquel momento sí. Sentía lo que habría podido hacer si hubiera estado allí, pero sabiendo que habría tenido que dejar a mi familia atrás para conseguirlo. Y no podía hacer eso.

¿Podríamos haber ganado si yo hubiera estado allí? Sinceramente, creo que tal vez sí. Porque mis cualidades, incluso entonces, habrían sido un valor añadido. Ya lo habíamos demostrado el año anterior en Wembley, cuando ganamos a Inglaterra 2-0 y al día siguiente apareció en los periódicos este titular: A total sight of football delight(La imagen perfecta del placer del fútbol). Una frase preciosa que jamás he olvidado. Incluso sentía que, como selección, habíamos avanzado respecto a 1974. Podría haberme unido a ella, pero decidí no hacerlo. Entonces, en la BBC, me vi pensando “Jo, cómo me habría gustado estar allí”.

Todo fue muy raro y bastante triste. Como no podían hacerse públicos los auténticos motivos, mi mujer tuvo que volver a soportar muchas cosas. La ridícula historia de las llamadas de 1974 fue seguida en 1978 por las acusaciones de que Danny era el genio maligno responsable de mi rechazo a jugar en Argentina [en pleno Mundial, Cruyff y 15 jugadores del equipo de Holanda se bañaron con chicas, todos desnudos; esto trascendió a la prensa y las mujeres de los futbolistas, entre ellas la mujer de Cruyff no pararon de llamar al hotel; incluso hubo el rumor de que Danny Coster, su esposa, le pidió que no jugara la final, en la que cayeron sorprendentemente contra Alemania en 1974]. Es realmente increíble. Si ha existido una sola mujer de futbolista que nunca ha buscado publicidad, esa ha sido ella, sin duda. Y, sin embargo, la convirtieron en la culpable de casi todo. Durante décadas no dije nada al respecto, pero los rumores y las acusaciones volvían a aflorar regularmente. Eran como una bofetada en la cara constante para nuestra familia. Después de casi 30 años, cuando mis hijos ya se habían ido de casa, decidí contar la verdad. Con eso se acabó. Definitivamente. Sin embargo, después de todos estos años, sigo alerta siempre, esté donde esté, por si la prensa está al acecho. Incluso he desarrollado cierta fobia a abrir la boca en mi casa. He tenido que aprender a sobrellevarlo, no me queda más remedio…

Mi lazo con Cataluña

Jugué en el Barcelona durante cinco años, de 1973 a 1978. Gracias a ello creé un lazo con el club y también con los catalanes. Ese lazo se vio reforzado 10 años después, cuando me convertí en entrenador del Barcelona y nuestra familia se instaló a vivir en Cataluña de manera definitiva. La primera temporada como jugador, que ya he explicado, fue, naturalmente, espectacular. El enorme entusiasmo que despertó mi llegada, la victoria 0-5 contra el Real Madrid, la liga y, en cuanto a mí, el Mundial de Alemania [la selección holandesa, bautizada como la naranja mecánica por su fútbol total]. Las expectativas en el Barcelona y su entorno eran muy altas, pero después de 1974 no volvimos a ganar la liga en todo el tiempo que estuve allí. Y no ganamos la Copa del Rey hasta mi última temporada.

Cuanto más tiempo pasaba en España, más clara tenía la importancia de la política en el juego. Al principio, yo no obedecía como los demás jugadores. Desde luego que no. Yo soy un hombre de Ámsterdam que dice las cosas como son. Pero durante el régimen del general Franco y los años siguientes, aquello aún no era lo habitual en España. A Armand Carabén, nacionalista catalán y miembro por entonces la directiva del Barcelona, le encantaba mi actitud. Entonces no lo pensé, pero luego comprendí que él utilizaba a sabiendas mi personalidad para, mediante el club, contribuir a la lucha en favor de la libertad de Cataluña frente al poder de Madrid. Como jugador extranjero internacionalmente conocido, yo era intocable, de modo que podía provocar a Franco de vez en cuando. Al principio no era realmente consciente de lo que hacía él. Yo me dedicaba al fútbol, no a la política. Sin embargo, en un determinado momento noté perfectamente que las cosas no iban tan bien como deberían. Desde luego, es inexplicable que yo sólo estuviera en el equipo ganador de la liga una vez en cinco años. En concreto, nos robaron la de 1977. Yo estaba en mejor forma que en ningún otro momento de mi vida y todo indicaba que conseguiríamos el título.

Pero en el partido contra el Málaga me expulsaron, así, de repente. Según el árbitro, yo le había gritado en español “hijo de puta”. Pero hasta el día de hoy yo jamás he pronunciado esas palabras… Nunca he insultado a nadie con palabras como “hijo de puta”. Creo que lo más lejos a lo que he llegado ha sido a [decir] “pirado”. La vida en Barcelona como jugador era sensacional. Barcelona era un lugar magnífico para vivir. Realmente fantástico. Y la presencia de Rinus Michels y Johan Neeskens, a quien el Barcelona fichó después de mí, garantizaba que no echáramos de menos la atmósfera holandesa. Por desgracia, nunca llegué a poder disfrutar del todo del tiempo que pasé en España con mi familia porque el fútbol me tenía completamente absorbido. Los viajes para los partidos fuera de casa siempre resultaron increíblemente duros. A menudo en autobús o en tren y, a veces, incluso de noche, lo que significaba que había que dormir durante el trayecto. Viajaba mucho y casi nunca estaba en casa; a veces era realmente extenuante…

Negociar con cerdos

Cuando decidí retirarme en 1978, mis dos partidos de despedida con mis anteriores clubes fueron un presagio de que mi carrera no estaba destinada a acabar así. En Barcelona perdimos 1-3 contra el Ajax y el encuentro organizado más tarde en Ámsterdam contra el Bayern de Múnich fue una catástrofe donde nos golearon por 8-0. No fue precisamente la despedida con la que uno sueña. Después de aquello me hice empresario. Esa decisión fue una de las lecciones más importantes de mi vida, quizá la más importante. Sucedió durante un periodo en el que las cosas estaban un poco fuera de control. Solo veía a mi suegro tres o cuatro veces al año. Cuando aún jugaba al fútbol, Cor no tenía mucho que hacer como mi agente. Yo tenía contratos de varios años, todo estaba acordado y el 80% o más de mi tiempo lo pasaba entrenando o jugando al fútbol.

Pero desde el momento en que dejé de jugar, dediqué ese 80% a otras cosas. También empecé a usar la cabezonería, que tan bien me había funcionado en el fútbol, de una forma completamente equivocada. No voy a dar nombres, pero sí que diré que a lo largo de mi carrera había construido un círculo de amistades, una de las cuales me propuso una inversión que sonaba muy bien. Por desgracia, estaba relacionada con un negocio del que no sabía nada y, además, lo que resulta más estúpido, con el que no tenía ninguna relación. Se estaban aprovechando de mi desconocimiento. Tenía dinero, y donde hay dinero, acuden ratas. Eso lo sabe todo el mundo y ahora yo también lo sé. Pero entonces no lo sabía.

Por increíble que parezca, invertí en ganadería porcina. ¿Cómo es posible que lo hiciera…? Si hay algo que te gusta hacer o que te interesa, quizá se pueda explicar. Pero esto no tenía explicación. Sencillamente, me lancé. Ni siquiera le expliqué a Danny lo que estaba haciendo. Pero a veces no te das cuenta de las tonterías que cometes hasta que alguien te dice que eres un iluso. Alguien que te pregunta: “Pero ¿qué demonios estás haciendo? ¿Este va a ser tu futuro? ¿Así es como quieres pasar el resto de tu vida?”. Y entonces tienes que admitir sinceramente que te has equivocado. Que en realidad los cerdos no te interesan nada. Que te estás dando cabezazos contra la pared. Tan fuerte que te has quedado sin excusas. Durante un tiempo, pensé que lo estaba haciendo bien, hasta que mi suegro vino de visita a Barcelona. “¿Qué has hecho?”, me preguntó. Le conté que había comprado tres parcelas urbanizables. Cor [Coster] me pidió enseguida ver los documentos de propiedad. Y empezó a echarme la bronca. Yo había pagado, pero nunca había pedido ver los papeles. No tenía costumbre de hacerlo.

Para abreviar una larga historia, al parecer no había ninguna parcela. Cor me dijo que me habían timado. “Tú has pagado, pero no hay nada a tu nombre”. No podía hacer nada. Cor se puso muy serio conmigo y me dijo: “Quítate de la cabeza cualquier tema de negocios. Acepta tu pérdida y vuelve a hacer lo que mejor sabes hacer“. Por si eso fuera poco, llegó Josep Lluís Núñez. En 1978 se convirtió en presidente del Barcelona y enseguida me hizo una jugarreta, la primera de muchas. Durante años, los clubes españoles habían pagado los impuestos de sus jugadores. Pero, en un momento dado, se cambió la ley y todo el mundo tuvo que hacer una declaración retroactiva de impuestos. El club dijo que se haría cargo de la deuda de todos los jugadores, excepto de la mía. Porque, como estaba a punto de irme del Barcelona, Núñez se negaba a pagar por mí, aunque se trataba de dinero que yo había ganado como jugador dentro del club. Como necesitaba al resto del equipo para la nueva temporada, a ellos sí que les solucionó el problema, pero yo no iba a estar allí, así que tuve que arreglármelas solo.

No tengo ni idea de cuánto dinero perdí entonces. Ni la más remota idea. La mayor parte de mis propiedades. En marzo de 1979 nos embargaron el piso, tuvimos que hacer las maletas e irnos. Aparecieron artículos en la prensa diciendo que mis pérdidas eran de unos seis millones de dólares, pero no sé si eso era correcto. Lo que sí sé es que fue un montón de dinero. Me rehice enseguida. No fue tan difícil como podría parecer, porque nunca me ha preocupado el dinero. Mi suegro siempre se encargó de mis finanzas. Cuando falleció en 2008, tuve que ir yo personalmente al banco por primera vez en 30 años. Ni siquiera sabía cuál era mi banco.

Siempre evité cualquier contacto con los temas de negocios. Incluso si me preguntan cuánto dinero tengo, no sé qué contestar. Ni la menor idea. Avísame si hay problemas. Yo no vivo en ese mundo. No es lo mío. Después de aquel resbalón no volví a invertir nunca más. Ni apartamentos, ni parcelas ni nada de nada. Sé que tengo dinero y que lleva años en el banco, pero no tengo ni idea de si me pagan intereses o si me produce algo por algún sitio. Puede sonar estúpido, pero no es algo que me interese lo más mínimo. Un sobrino se ocupa ahora de mis asuntos bancarios y me advierte si pasa algo que debería saber. Por mi forma de ser, eliminé rápidamente del sistema los errores cometidos entonces. También porque creo que cada uno tiene su destino. El mío era, seguramente, dejar el fútbol siendo aún joven, cometer una estupidez enorme y retomar el camino del fútbol. En realidad, esa es toda mi historia como futbolista resumida en tres líneas.

Mi independencia

Así es como veo la situación actual de Cataluña. Igual que hace 40 años, el debate es si separarse o no de España. La cosa está 50-50. En otras palabras, en caso de secesión, la población estaría dividida. ¿Es eso lo que desean? Como holandés, claro está, estoy acostumbrado al poldermodel, es decir, a llegar al consenso desde opiniones opuestas. A darles vueltas a las cosas hasta llegar a una solución para todos. Eso nunca se ha hecho en España. Nadie está dispuesto a ceder. Nadie en absoluto. Ni los que quieren separarse, ni los que quieren seguir juntos, ni los de Madrid. Pero si no tienes una mayoría, no te queda más remedio que trabajar con los demás. Y, si tienes que hacerlo, debes poder observar los problemas de los otros. Por eso es tan interesante leer las crónicas políticas. Para ver quién acaba entendiéndolo.

Luego veo la opinión de algunos líderes políticos que piensan: sin mí no podéis formar coalición para gobernar, así que quiero mi parte del pastel. Pero lo que no está bien es exigir el pastel entero. No hay que ser avaricioso. En lugar de eso, da un paso atrás e intenta pensar a partir de lo que desea el pueblo en su conjunto. Ponte en su lugar. Yo creo que llegarás a la conclusión de que las posturas no están tan distanciadas. Yo observo todo lo que pasa pero, naturalmente, en realidad no entiendo nada.

Sin embargo hay algunas cosas que me parecen ridículas. Por ejemplo, enseñar idiomas a los niños es lo mejor que puedes proporcionarles en su educación, para que puedan comunicarse con todo el mundo. Para optimizar su desarrollo. Pero a menudo se afirma que con una hora basta. ¿Por qué no dos o tres horas? Es increíblemente bueno que alguien domine otra lengua, al menos, eso pienso yo. Durante mi educación siempre me decían: “Hijo, viaja y aprende idiomas para poder comunicarte con todo el mundo. Porque si hablas con todo el mundo, podrás ser comprensivo”.

 

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Considerado como una de las figuras más extraordinarias de la historia del fútbol, su estilo futbolístico y su filosofía han influido en entrenadores y jugadores de la talla de Pep Guardiola, Arsène Wenger, Eric Cantona y Xavi. Los recientes éxitos del fútbol español, tanto a nivel de club como a nivel internacional, han sido considerados por muchos como el evidente resultado del impacto de Cruyff en el fútbol contemporáneo.
14. La autobiografía, de Johan Cruyff, cuenta la historia personal y profesional de Cruyff, y nos revela la filosofía que definió su juego y que tanto ha marcado a generaciones de futbolistas, entrenadores y seguidores.

«El lenguaje de Cruyff es tan universal como su lógica, así que su obra trasciende a su persona, hasta convertirse en una religión cuya arma es inocua: se explica a partir de un balón y de un rondo de la misma manera que el juego depende de un centímetro y de un segundo, como se advierte en cada partido del Barça. El cruyffismo está más expandido que nunca desde que no está Cruyff. No hay un entrenador más cruyffista que Guardiola. Hasta Messi tira los penaltis como Cruyff» Ramon Besa, El País

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