Albherto's Blog
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La búsqueda del cero


HISTORIA.- Un libro describe la búsqueda del primer registro de este número

En busca del cero

  • El matemático y divulgador Amir D. Aczel recorrió toda Asia en busca de la inscripción con el primer cero conocido
  • El llamado K-127 fue hallado en la jungla camboyana y data de 683, lo que probaría que no fue ‘importado’ desde Occidente

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ULISES

P. UNAMUNO… Madrid… 25/09/2016 03:31

Si el sistema numérico decimal se ha generalizado en casi todo el mundo a partir del siglo XIII se debe, sencillamente, a que es el que mejor funciona. La clave de su éxito radica en un concepto insignificante en apariencia, el cero, que no sólo nos permite hacer aritmética de un modo muy eficiente sino que actúa además como marcador de posición.

Gracias al cero, los mismos diez numerales pueden utilizarse en diferentes posiciones en un número. Así, un 5 en el lugar de las unidades es un 5, pero en el lugar de las decenas representa 50. Algo tan sencillo como esto no era posible en el ‘acumulativo’ sistema romano, de base 5, o en el babilónico, anclado al número 60 y origen, por ejemplo, de nuestra división del tiempo. El cero, además, permite definir todo el conjunto de los números negativos y, naturalmente, se halla en el corazón mismo de la tecnología digital, basada en un sistema de unos y ceros.

Ideas como éstas bullían, aún sin precisar, en el cerebro de Amir D. Aczel desde que era niño, muchos años antes de que se hiciera matemático, divulgador científico superventas gracias a El último teorema de Fermat y profesor de la Universidad de Boston. La pasión infantil por los números devino casi una obsesión y Aczel se embarcó en una búsqueda de los primeros registros de nuestro sistema numérico y, en especial, del cero. Esa aventura, plagada de obstáculos burocráticos y argucias humanas, ha dado lugar a En busca del cero, un libro que publica Biblioteca Buridán precisamente pocos meses después de la muerte del autor.

Una invención oriental

Con mentalidad netamente científica, Aczel inició su búsqueda armado de varias hipótesis -casi intuiciones- que deseaba probar. Descreía, por ejemplo, del sesgo pro-occidental que suele atribuir todos los inventos de interés a nuestra civilización, y se inclinaba por situar el origen del cero en Oriente, y más concretamente en el subcontinente indio. Algo le decía, además, que el concepto mismo de cero guardaba una relación íntima con la idea de vacío tan arraigada, por ejemplo, en la religión budista: el vacío, la disolución en la nada es el objetivo de la meditación y el ideal al que se aspira en pos del Nirvana.

También el hinduismo y el jansenismo, las otras dos religiones milenarias de la zona, se habían sentido cómodas en el manejo de números muy grandes y de nociones como infinito, que completaba el sistema numérico por un lado, y cero, que lo hacía por el otro. La lógica oriental huye de las dicotomías, tan distintivas de Occidente, y concibe grises como los que se expresan en estos versos: “Todo es verdad, o mentira, o verdad y mentira, o ni verdad ni mentira”.

Pues bien, el divulgador israelí se embarcó en una persecución del primer cero, a su modo de ver “el mayor logro intelectual de la mente humana”, a través de India, Tailandia, Laos, Vietnam y, finalmente, Camboya. En el primero de estos países se hallaba la inscripción de uno de los ceros más antiguos, el del templo de Chatur-bhuja, en Gwalior. Puesto que databa del siglo IX, en plena expansión del comercio árabe, no le servía a Aczel para refutar la tesis de que el cero podía haberse inventado en Europa o en Arabia, y haber llegado desde allí a Oriente.

El siguiente hito lo había dado a conocer el célebre estudioso George Coedès: un cero del año 684 encontrado cerca de Palembang, en Indonesia. Era, casi, el cero más antiguo conocido. Hasta que el mismo Coedès, la máxima autoridad en arqueología de lo que los franceses llamaban entonces Indochina, dio en 1931 con otra prueba más de lo que pretendía demostrar (como Aczel en 2013), que el cero era una invención oriental. Su descubrimiento, al que llamó K-127, databa del año 683 y procedía de un templo en la jungla camboyana. El hecho de que fuera dos siglos anterior al imperio árabe y de que se hallara aún más al este de la India hacía más improbable su llegada desde Occidente.

El primer cero extraviado

Si Coedès ya había encontrado el primer cero conocido, ¿qué papel desempeñaba Aczel en esta historia? La cuestión es que habían transcurrido más de 80 años desde aquel hallazgo y, entre otros acontecimientos, en Camboya se habían hecho con el poder los Jemeres Rojos, que, como muchos de los fanáticos que en el mundo han sido, se llevaron por delante no sólo millones de vidas humanas sino también buena parte del patrimonio artístico de su país.

En definitiva, el K-127 podía haber sido destruido o, si había suerte y los jemeres habían sido lo bastante torpes para no atisbar el valor histórico de la inscripción, ésta podía encontrarse arrumbada en algún almacén mugriento. Según los recuentos más asépticos, el sanguinario régimen encabezado por Pol Pot asesinó a no menos de dos millones de personas. En cuanto al patrimonio se refiere, expolió o destruyó 10.000 artefactos como el K-127.

La inscripción estuvo en el Museo Nacional Camboyano, en Phnom Penh, hasta 1969, cuando se puso bajo custodia de Angkor Conservation, el ente encargado de velar por el legado del esplendoroso Imperio Jemer. Después, el misterio. Aczel buscaba una losa de piedra de color rojo, de un metro y medio de altura, rota por la parte de arriba y en la que se leía en jemer antiguo, lengua derivada del sánscrito: “La era çaka ha alcanzado el 605 el quinto día de la luna menguante”.

El texto era perfectamente legible y las cuentas resultaban claras: la era çaka empezó en el año 78 d. C., por lo que la inscripción correspondía al año 683 del calendario cristiano (605+78). El cero de 605 estaba representado por un punto, según la práctica jemer. A Aczel ‘sólo’ le quedaba abrirse paso por la selvática burocracia camboyana, a veces más intrincada que la jungla donde Coedès había hallado el K-127, y rezar para que los Jemeres Rojos no hubieran acabado con él.

Tras cientos de gestiones y correos electrónicos, el matemático dio por fin con un cobertizo de Angkor Corporation atestado de lápidas donde el encargado lo recibió con palabras poco halagüeñas: “Tendría que estar aquí, en alguna parte, a menos que se lo llevaran cuando saquearon este lugar”. Se lo dijo mientras señalaba un rincón del recinto repleto de piedras que en su día habían sido estatuas.

El redescubrimiento

En aquel depósito sin ventilación donde la temperatura llegaba a los 37 grados, al borde de la lipotimia, Aczel, ya desesperado, tuvo la ocurrencia de mirar por detrás de las lápidas y, voilà, allí se encontró con un papel pegado con cinta adhesiva que rezaba lacónicamente: “K-127”. Había hallado su piedra Rosetta, “el primer ejemplo que conocemos de la utilización de un signo para representar el cero”, leemos en su libro.

Pero la peripecia de Amir Aczel no concluyó de forma tan sencilla. La euforia por el redescubrimiento del K-127 lo llevó a cometer un error casi fatal. Quizá por la sorpresa de encontrarse con un(a) occidental en tierras lejanas, no pudo evitar irse de la lengua con una restauradora italiana que estaba buscando por allí una inscripción cualquiera para practicar con sus alumnos. Qué mejor que hacerlo con una tan señalada, debió de pensar. Amparada por un convenio con el Gobierno camboyano, dispuso el traslado de la roca a sus talleres.

Temeroso de que se tratara de una añagaza para publicar el hallazgo como propio en alguna revista científica, Aczel removió cielo y tierra hasta que convenció a las autoridades de que devolvieran el artefacto al Museo Nacional Camboyano, de donde nunca debió haber salido. Él mismo redactó el texto del panel que desde entonces explica su relevancia a quien quiera conocer el K-127.

 

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