Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

‘Los Románov. 1613-1918’


CRÓNICA.- Esta investigación recrea la vida íntima de los 20 soberanos de la dinastía

Simon Sebag Montefiore, historiador y filósofo especialista en la revolución soviética reconstruye su historia en ‘Los Románov. 1613-1918’

  • Adelantamos extractos sobre Pedro el Grande, la gran Catalina, la zarina Isabel y Nicolás II, el último zar de Rusia
  • Los Romanov: del sínodo de los borrachos al último de los 20 zares

14740433893333

Nicolás II, el último zar de Rusia con su esposa, Alexandra, y sus cinco hijos en 1914

SIMON SEBAG MONTEFIORE… 20/09/2016 03:35

Pedro I, el zar de los borrachos

El poder real se hallaba allí donde se hallara Pedro, y el zar peripatético se hallaba habitualmente en Preobrazhénskoye, donde sus tropas se ejercitaban y había creado un sucedáneo de corte en bruto. No nombró a ningún boyardo más. Ahora sólo importaban sus servidores y partidarios, ya fueran mercenarios suizos o escoceses, hijos de un pastelero o príncipes de la sangre. Su hombre de más confianza era el temible Fiódor Romodánovski , jefe de una nueva agencia para todo, la Secretaría de Preobrazhenski, al que Pedro ascendería concediéndole un nuevo título, el de “príncipe-césar”, o sucedáneo de zar. Pedro lo llamaba “Vuestra Majestad”, y cuando firmaba alguna carta dirigida a él lo hacía llamándose a sí mismo: “Vuestro eterno esclavo”. Aquello liberaba al zar del tedioso formalismo de los elaborados rituales “que tanto odio”. (…)

En el otoño de 1691 Pedro estaba listo para poner a prueba a su Guardia, al mando del príncipe-césar y de Lefort, mientras que él mismo hacía las veces de humilde bombardero, en unas maniobras contra los mosqueteros. La Guardia hizo un excelente papel, tras lo cual Pedro convocó el Sínodo (o Asamblea) de los Locos, Bromistas y Borrachos, una sociedad de bebedores y comilones que en parte equivalía al gobierno de Rusia en su versión más brutal y estridente. Había empezado siendo la Alegre Compañía, pero Pedro la convirtió en una organización todavía más elaborada. Llegaban a juntarse entre 80 y 300 invitados, entre los cuales había un circo de enanos, gigantes, bufones extranjeros, calmucos siberianos, nubios de piel negra, monstruos de obesidad y chicas casquivanas, que empezaban la juerga a mediodía y continuaban con ella hasta la mañana siguiente.

El príncipe-zar presidía su brazo secular junto con Buturlín, el llamado “rey de Polonia“, pero Pedro no podía resistir la tentación de burlarse de las mascaradas de la Iglesia Ortodoxa. Nombró a su viejo tutor, Nikita Zótov, prelado borracho -Patriarca Baco-, pero para no ofender a sus súbditos solemnemente ortodoxos, mandó que la burla se hiciera a costa no de ellos, sino de los católicos. Zótov se convirtió así en el príncipe-papa. Tocado con una especie de tiara de hojalata y vestido con un caftán hecho de naipes, montado en un barril de cerveza ceremonial, presidía un cónclave de 12 cardenales ebrios como cubas, entre los que Pedro hacía de “protodiácono”.

Las reglas de esos “oficios sagrados” fueron elaboradas por el propio despótico juerguista: la primera decía que había que “venerar a Baco bebiendo a lo grande y de forma honorable”.Todos los miembros del Sínodo llevaban títulos obscenos (a menudo relacionados con el término ruso que designa los genitales masculinos, khui), de modo que el príncipe-papa era asistido por los archidiáconos Metelapolla, Tocatelapolla, o Atomarporculo, y por una jerarquía de cortesanos fálicos encargados de portar salchichas con apariencia de pene sobre unos almohadones.

El príncipe-papa Zótov, a menudo completamente desnudo, salvo por la mitra que llevaba en la cabeza, comenzaba los banquetes bendiciendo a los comensales arrodillados y cubiertos con una simple túnica; para ello utilizaba un par de pipas holandesas en vez de una cruz. Como Pedro no podía parar quieto nunca, solía levantarse de un salto y tocar el tambor o mandar que tocaran las trompetas, o salir al frente de sus compañeros a disparar la artillería o a tirar cohetes. Luego volvía a la mesa a comer el siguiente plato, antes de salir de nuevo con toda la pandilla al exterior y montar todos en una fila de trineos.

Isabel y los travestidos

Nadie admiraba la belleza de Isabel más que ella misma, y en su opinión como mejor estaba era vestida de hombre. De ahí que con frecuencia celebrara lo que llamaba Metamorfosis, bailes travestidos en los que adaptando los juegos que tanto gustaban a su padre, consistentes en poner el mundo al revés, ella se metamorfoseaba en un hombre guapísimo.

Isabel especificaba personalmente cada detalle: “Las señoras irán vestidas con trajes de caballero, y los caballeros llevarán trajes de señora, lo que tengan, vestidos con falda y todo, caftanes o batas de casa”. Los hombres “llevaban basquiñas con verdugado e iban peinados como las señoras”. Catalina odiaba las Metamorfosis porque “la mayoría de las mujeres tenían aspecto de niños canijos” y a los hombres tampoco les gustaban pues “pensaban que estaban espantosos” con semejante atuendo. “Ninguna mujer quedaba bien salvo la emperatriz, pues era muy alta y tenía una constitución poderosa. Tenía unas piernas más bonitas que las que he visto nunca en un hombre.”

La autócrata era una déspota de la moda, llegando a publicar decretos del siguiente tenor: “Que las señoras lleven caftanes blancos de tafetán; que el borde de los puños y los faldones sean verdes, y las solapas vayan ribeteadas con galones dorados: deberán llevar en la cabeza un adorno en forma de mariposa de cintas verdes, y el cabello levantado y liso. En cuanto a los caballeros: llevarán caftanes blancos, camisolas con pequeñas aberturas en los puños, cuellos verdes, y ojales ribeteados de oro”.

Siempre se salía con la suya. “Me han dicho que ha llegado un barco francés con vestidos de mujer, sombreros de hombre y lunares para mujeres y tafetán dorado”, decía en una carta. “¡Que me lo traigan todo aquí de inmediato, incluido el mercader!” Cuando se enteró de que no había sido la primera en verlo, podemos figurarnos las amenazas con las que adobó su respuesta: “Haz venir al mercader y pregúntale por qué mintió cuando dijo que había mandado todas las solapas y todos los cuellos que yo había escogido… Ahora los exijo todos, así que ordénale que los encuentre y que no los guarde para nadie más. Y si alguien se los queda, dile de mi parte que lo lamentará (señoras incluidas). ¡Si veo a alguien luciéndolos recibirá el mismo castigo!”.

A su muerte, había 15.000 vestidos en su vestidor, más “dos arcas llenas de medias de seda, varios miles de pares de zapatos y más de 100 cortes de traje de tejido francés intactos”.

Catalina la Grande y su amante

A sus 33 años, Catalina, de pelo castaño rojizo, ojos azules, pestañas negras, figura pequeña y rellenita, pasó a caballo entre los soldados, pero entonces se dio cuenta de que a su sable le faltaba la dragonne, el tahalí o correa de agarre, y en una época en la que ese tipo de cosas tenían su importancia, el joven, a la par que sagaz sargento de la Guardia Montada que había montado anteriormente en su carroza, se acercó al galope hasta ella y le ofreció la suya. De una manera realmente audaz Potiomkin había llamado la atención de la emperatriz, que se fijó en su estatura gigantesca, su espléndida cabeza de cabellera rojiza y rostro longilíneo y delicado, con un hoyuelo en la barbilla, características que, unidas a su inteligencia, le habían ganado el apodo de “Alcibíades“.

Cuando el joven intentó regresar a su puesto entre la soldadesca, su caballo, acostumbrado a galopar en escuadrón, se negó a separarse de la zarina: “Aquello la hizo reír … y se puso a hablar con él”, y “por esta feliz casualidad”, recordaría más tarde Potiomkin, se convertiría en socio suyo en el poder y en el amor de su vida. “Y todo gracias a un caballo nuevo”. (…)

Cuando se convirtió en su amante, Catalina se sintió cautivada por aquella extraña fuerza de la naturaleza. Su afinidad sexual era sólo igualada por el entusiasmo intelectual y político que compartían. “Cariño mío”, escribía a Potiomkin, “el tiempo que transcurro a tu lado me hace tan feliz. Hemos pasado cuatro horas juntos, el aburrimiento desaparece y no quiero separarme de ti. ¡Querido mío, amigo mío, te quiero tanto! ¡Eres tan apuesto, tan listo, tan alegre, tan ingenioso! Cuando estoy contigo, no doy ninguna importancia al mundo. Nunca he sido tan feliz”. (…)

Aquel sería el gran asunto amoroso y la máxima asociación política de la vida de la zarina. Potiomkin y ella eran opuestos en lo que respecta a su estilo de vida: Catalina era ordenada, germánica, mesurada y fría; Potiomkin era salvaje, desorganizado, eslavo, emocional y fuera de lo común, el garbo personificado. Ella era 10 años mayor y de sangre real; él era hijo de la pequeña nobleza de Smolensk, y había sido el niño mimado de la casa, rodeado de cinco hermanas. En materia de religión, ella era racionalista, casi atea, mientras que él combinaba el misticismo ortodoxo con una rara tolerancia ilustrada. Él era puro ingenio; a ella le gustaba reír; él cantaba y componía música; ella no tenía oído, pero le encantaba escuchar. Él era nocturno; ella se acostaba a las 11 todas las noches. Ella era práctica en materia de política exterior; él era imaginativo y visionario. Mientras que Catalina estaba siempre enamorada de una sola persona, él era un entusiasta voraz y animalista que no podía dejar de seducir y de hacer el amor a las aristócratas y a las aventureras más hermosas de la Europa de su tiempo, así como al menos a tres de sus hermosísimas sobrinas.

Sin embargo, tenían en común muchas pasiones: los dos eran criaturas sexuales, mundanas y no se escandalizaban por nada. Adoraban la literatura, la arquitectura neoclásica y los jardines ingleses (Potiomkin viajaba acompañado de un jardín, portado por sus siervos, que era plantado allí donde se detenía a pasar la noche). Los dos eran coleccionistas obsesivos de obras de arte y de joyas, y a los dos les encantaba el esplendor (pero los gustos de él eran sultánicos, por no decir faraónicos). Sin embargo, vivían sobre todo por y para el poder. Potiomkin fue el único hombre amado por Catalina que era tan inteligente como ella. (…)

En sus primeras cartas el juego sexual se alterna con el juego de poder. “Las puertas estarán abiertas”, escribía la emperatriz en una esquela. “Me voy a la cama. Cariño, haré lo que mandes. ¿Voy yo a ti o vienes tú a mí?” Catalina lo llamaba “Mi cosaco” y “Mi bijou”, así como “Mi gallo de oro”, “Mi león de la jungla” y “Mi tigre”. Él la llamaba siempre “Mátushka”.

Los ojos en blanco de Nicolás

El 13 de marzo de 1917, en la estación de Mogiliov, el general Alexéyev dijo a Nicolás que la dinastía se había acabado. Era el fin de los zares (…) Nicolás se despidió de su madre, cubriendo su rostro de besos y a continuación subió al tren. De pie junto a la ventanilla, sonriendo, mientras su madre se santiguaba y rezaba: “‘Que Dios no lo deje de su mano!”.

Tres días antes, en el Tsárskoye, residencia de la familia imperial rusa cerca de San Petersburgo, los soldados [a las órdenes de Lenin] exhumaron y mutilaron el cadáver de Rasputín. “La cara estaba totalmente negra”, señala un testigo, “pedazos de tierra helada se habían adherido a su larga barba y a su cabellera”. Los soldados midieron el pene de Rasputín con un ladrillo y casi con toda seguridad lo cortaron para llevárselo como trofeo.

El 20 de febrero de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo, llamado por su acrónimo, Sovnarkom, y presidido por Lenin, ordenó que Nicolás fuera procesado en un lugar todavía por decidir.

Todos esperaban poder marcharse pronto -a Inglaterra o a Crimea-, pero el 9 de marzo el Sóviet había vetado el plan de enviar a la familia al extranjero. (…)

El 10 de julio, Kérenski, en aquellos momentos primer ministro, dijo a Nicky que la familia sería trasladada muy pronto lejos de la “capital y sus dificultades”, irónicamente para su protección. “Los bolcheviques van a por mí”, explicó Kérenski, “y luego irán a por usted”. (…) La familia hizo las maletas, ocultando un auténtico tesoro en joyas en baúles llenos de cartas y de diarios; como protección se llevaron también el talismán de los Románov, el icono de la Madre de Dios de Fiódorov. (…) Al cabo de cinco días de viaje en tren atravesando los Urales, la familia y los treinta y nueve integrantes de su séquito embarcaron en un vapor en Tiumén, pasando por delante de la casa de Rasputin en Pokróvskoye. (…)

En el Kremlin, a Lenin le preocupaba que la muerte de los hijos de los Románov causara una impresión terrible al resto del mundo: la Revolución Francesa, demasiado moderada para los bolcheviques, había guillotinado al rey y a la reina, pero había perdonado a sus hijos. (…) “Hoy fueron cambiados los mandos”, anotó Nicolás en su diario. (…) El 16 de julio, a las ocho de la tarde, mientras los Romanov cenaban, el oficial al mando dijo a sus guardias de mayor graduación:

-Esta noche tendremos que pegarles un tiro a todos. (…) Las víctimas eran once. (…)

-¡Dios mío, Señor! -exclamó Nicolás-. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué es esto?

-¡Oh, Dios mío! ¡No! -se oyó repetir a un coro de voces.

Los diez asesinos apuntaron al ex zar y dispararon repetidamente contra su pecho, del que empezó a manar sangre. (…) Estremeciéndose a cada disparo, con los ojos en blanco, “Nicolás avanzó unos metros tambaleándose hasta que cayó al suelo”.

Los Romanov. 1613-1918 (Editorial Crítica), del historiador Simon Sebag Montefiore, profesor en la Universidad de Cambridge, sale a la venta el próximo martes, 20 de septiembre.

14740977164993

Portada del libro “Los Romanov” de Simon Sebag Montefiore.

Y un epílogo: Vladimir Putin

En 1991, la caída de la Unión Soviética supuso también la desintegración del imperio de los Románov al que Lenin y Stalin se habían aferrado con una mezcla de astucia y fuerza. (…)

Yeltsin creó lo que supuso -aparte de la Asamblea Constituyente elegida de 1918- la primera democracia rusa de verdad, con una prensa libre y un mercado también libre. Como los zares antes de Pablo I, eligió a su sucesor, Vladímir Putin, un ex coronel del KGB convertido en político, para que protegiera a su familia y su herencia. La misión inmediata de Putin era restablecer el poder de Rusia dentro y fuera del país. En 2000, su guerra de Chechenia logró que la Federación Rusa permaneciera cohesionada. En 2008, una guerra con Georgia, una de las repúblicas más occidentalizadas, reafirmó la hegemonía de Rusia en el Cáucaso. En 2014, el intento de Occidente de integrar a Ucrania en su sistema económico llevó a Putin a emprender una guerra oportunista que le permitió apoyar una guerra de secesión en el este de Ucrania y anexionarse Crimea, a la que él consideraba “nuestro Monte del Templo”. Su intervención en Siria en 2015 supuso el restablecimiento de las aspiraciones de Rusia sobre Oriente Medio desde los tiempos de Catalina la Grande hasta los de la Guerra Fría.

Putin ha llamado a su ideología “democracia soberana”, haciendo hincapié en lo de “soberana”: putinismo mezclado con autoritarismo Románov, santidad ortodoxa, nacionalismo ruso, capitalismo de amiguetes, burocracia soviética y elementos típicos de la democracia, las elecciones y los parlamentos. Si ha habido algo de ideología ha sido inquina y desprecio por Estados Unidos, nostalgia de la Unión Soviética y del imperio de los Románov, pero su espíritu ha sido el culto a la autoridad y el derecho a enriquecerse en el servicio al Estado.

La misión eslavófila de la nación ortodoxa, superior a Occidente, y excepcional por su carácter, ha sustituido la del internacionalismo marxista. Mientras que el patriarca ortodoxo Cirilo ha llamado a Putin un “milagro de Dios para Rusia”, el propio presidente ve al “pueblo ruso como el núcleo de una civilización única”. Pedro el Grande y Stalin son considerados gobernantes rusos que cosecharon grandes triunfos.

La Rusia de hoy es la heredera de ambos, una fusión de estalinismo imperial y de autoritarismo digital del siglo XXI, atrofiada y distorsionada por su propio capricho personal, por su continuo desgobierno, por su esclerosis económica y por su corrupción.

Tras recorrer los cuatro siglos que abarca el presente libro, resulta curioso observar cómo los llamados “Tiempos de Turbulencias” de Rusia (1610-1613, 1917-1918 y 1991-1991) terminaron siempre con una nueva versión de la antigua autocracia, facilitada por los hábitos y las tradiciones de sus predecesores caídos, y justificada por la necesidad urgente de restaurar el orden, de modernizar el país de manera radical y de recuperar el lugar de Rusia como gran potencia mundial. Putin gobierna mediante la aleación creada por los Románov: autocracia y hegemonía de una minúscula camarilla a cambio de prosperidad y gloria en el extranjero.

….oOo….

Ninguna respuesta to “‘Los Románov. 1613-1918’”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: