Albherto's Blog
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Los “almendrones”


Símbolos prerrevolucionarios

Cuba permite a los turistas pasear en los “almendrones”, coches americanos con más de 70 años

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Los “almendrones”

Rafael Pola…. Actualizado: 14/09/2016 09:45 horas

Los “almendrones”, esos carros yanquis de mediados del siglo XX, viven su enésima juventud en las calles cubanas gracias a que se les ha permitido pasear turistas. Un grupo de mecánicos los transforma virtuosamente.

El peculiar encanto que Cuba sigue teniendo para mí, tiene mucho que ver con la milagrosa pervivencia de los almendrones, esos sorprendentes carros americanos de mediados del siglo pasado que, después de 60 o 70 años, siguen rodando por las carreteras y ciudades de la isla caribeña.

Durante decenios, el ingenio cubano ha hecho de la necesidad virtud, consiguiendo mantener vivas unas criaturas mecánicas del Jurásico automovilístico. Reliquias del pasado que, paradójicamente, ahora vuelven a vivir una época dorada gracias a que los hermanos Castro han autorizado que esos gloriosos cacharros puedan pasear turistas. De esta forma, los viejos Chevrolets, De Soto, Oldsmobiles, Studebakers, Chryslers, Buicks, etcétera, especies todas ellas en vías de extinción, no sólo no han desaparecido, sino que vuelven a disfrutar de su ya, casi eterna, salud de hierro. Desde hace meses, el paisaje automovilístico de la capital cubana se vuelve a parecer, más que nunca, a La Habana prerrevolucionaria.

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Los típicos coches de la Habana prerrevolucionaria se han descapotado para pasear turistas Rafael Pola

El último logro de la inventiva para generar nuevas oportunidades de negocio ha sido el de transformar y rejuvenecer buena parte de sus almendrones. La cosa es así. De entrada, se convierten en descapotables vehículos que no lo eran, disneylizando además su aspecto al pintarlos de vivos colores achiclados: fresas, turquesas, amarillos chillones… Después de los arreglos, se coloca a un simpático compañero tocado con un sombrero de paja o panamá, manejando el carro, y es seguro que no habrá grupo de turistas americanos que se resista a recorrer con entusiasmo las calles de La Habana a bordo de los coches que tuvieron sus abuelos.

Aunque casi todo lo que tiene que ver con estos asombrosos coches sorprende, quizás una de las realidades más desconocidas en relación con ellos sea la de ese grupo de locos maravillosos que, desde hace ya mucho tiempo, se dedica a insuflar nueva vida a los cansados corazones mecánicos de los viejos cacharros, transformando sus motores en las más potentes y modernas máquinas de propulsión, hasta convertirlos en auténticos bólidos. ¿Y todo esto para qué ? Si preguntamos a los protagonistas, primero dirán que por el puro placer de hacerlo y, segundo, para desafiarse en unas, todavía ilegales carreras de uno contra uno, en las que lo único que se pone en juego, aparte de la integridad física, es el propio prestigio personal de los corredores. Las carreras, llamadas corridas, se disputan en tramos perdidos de autopistas inconclusas de la Cuba de Batista, o en pistas de aeropuertos abandonados. Previa discreta convocatoria de los miembros de este singular club de fanáticos de los coches y el volante, dos corredores se desafían a ver quién es el primero en cubrir, frenéticamente, 200 metros.

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Algunas de las piezas de colección más cotizadas son las de los “almendrones” Rafael Pola

Persecuciones reales

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Estos viejos coches forman parte de carreras ilegales de uno contra uno que discurren por la Habana Rafael Pola

Me gustaría hablar con total libertad del mejor, más reconocido y respetado de estos fabulosos mecánicos/corredores pero, para preservar su seguridad, no podré citarle por su nombre porque el Gobierno cubano, en lugar de legalizar, regular y estimular estas actividades, tratando de sacar partido económico y turístico de ellas, las persigue. A partir de este momento nos referiremos a nuestro amigo por el apodo de Andrés. Se trata de un cubano blanco, grande, todavía joven y con planta de actor de Hollywood, de esos que hacen creíbles las proezas más impensables en las películas de acción. De hecho, fue seleccionado por el equipo de producción de Fast & Furious como asesor para las escenas en las que interviniesen los vehículos clásicos americanos, que en la última entrega de la franquicia cinematográfica, rodada en Cuba, tendrán una presencia muy especial. Andrés nos cuenta que no entendía muy bien por qué las persecuciones más espectaculares y los momentos más llamativos de los coches se resolvían, casi siempre, con la ayuda de trucos, efectos especiales o digitales; cuando, según él: “Yo podría haber hecho, sin problemas, todo aquello en la realidad”.

Uno de sus problemas es que únicamente puede comprar piezas, preparar sus coches y llenar sus depósitos cuando dispone de dinero que, desgraciadamente, no es muy a menudo. Sostiene que para ser feliz uno tiene que estar contento con lo que tiene. “Cuando tengo para gasolina corro, y si no, guardo el carro”, dice. Andrés no es complaciente con el estado general de las cosas en su país y afirma que cinco de los ocho millones de cubanos en edad laboral viven precariamente subvencionados pero sin trabajar, algo que, a su juicio, ha sembrado el país de desidia y falta de iniciativa personal. Nuestro interlocutor añade que en Cuba todavía se da la triste paradoja y el sinsentido de que un médico gane al mes el equivalente a 30 euros, cuatro o cinco veces menos que un gastronómico (camarero de restaurante); sin embargo también reconoce que el derecho universal a la Sanidad en Cuba ha hecho posible que él siga vivo pese a sufrir una grave enfermedad con un costosísimo tratamiento. Mientras Andrés trabaja en la transformación de un Buick del 53 en un meteórico auto de competición, vemos que lleva tatuado en su brazo el llamativo símbolo del Habana Motor Club; una calavera cruzada por dos llaves planas.

A bordo de otro de sus bólidos, al tiempo que conduce su vehículo con el mismo nervio, audacia y virtuosismo de un experimentado piloto de rallies, nos comenta que el único requisito exigido para convertir los viejos carros americanos en coches de carreras es respetar el chasis original.

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Brazo tatuado con el símbolo del Havana Motor Club Rafael Pola

Aves Fénix

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Distintivo en metal en un Ford de 1932 reconvertido Rafael Pola

El recorrido nos lleva a conocer a varios de sus colegas y sus vehículos reformados. El primero está instalando en un Ford del 39 un potente motor Mustang; además de ponerle nuevas ruedas, sustituir buena parte de su carrocería original y pintarlo de un amarillo detonante. Cuando el trabajo esté concluido, el resultado será una espectacular cuña -que es como en Cuba llaman a los cupés-, por el que un coleccionista de este tipo de rarezas automovilísticas podría pagar más de 30.000 euros.

El siguiente loco de los coches que visitamos acaba de colocar un motor Camaro, de última generación, en su viejo Chevrolet. También vemos cómo sustituye la pesada carcasa metálica de los años 50 por una nueva carrocería mucho más ligera, de fibra de carbono y polímeros. Este virtuoso de la mecánica confiesa que puede hacer todo esto porque su hermano viaja a menudo y además compra piezas y componentes por Internet.

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Ford de 1932 transformado Rafael Pola

El siguiente en dejarnos contemplar el fantástico resultado de su trabajo es uno de los miembros más jóvenes y entusiastas del club, que ha convertido un destartalado Ford del 32 en un verdadero monstruo. El antiguo Ford, gracias al diseño de sus tubos de escape que perforan su capó delantero y emergen elegantemente al exterior, parece ahora un exuberante deportivo clásico, con un cierto aire de Escalibur.

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Motor de Chevrolet de principios de los años 50 transformado en motor de “competición” Rafael Pola 

Para cerrar la ruta de estos friquis del motor, vamos hasta la casa de otro integrante del club, donde vemos el que, probablemente, sea el Fort “A” más impecablemente restaurado y conservado del mundo. Esta auténtica joya se encuentra en un minúsculo garaje en un apartado rincón a media hora de coche de La Habana. Al finalizar este privilegiado periplo por algunos de los sancta sanctórum de la transformación automovilística cubana, tengo que dar las gracias a un buen amigo que, por las mismas razones anteriores, no nombro y que ama y tiene una relación muy especial con la isla desde hace ya muchos años, y que nos ha permitido a mi compañero de viaje -Miguel- y a mí, haber podido tomar contacto y conocer un mundo tan fascinante, como poco conocido, el del Habana Motor Club.

Figuras de colección

En el mundo del coleccionismo existe una especialidad de gran tradición que consiste en atesorar los emblemas de las marcas que adornan los capós o frontales de los vehículos. Algunas de las piezas más buscadas y cotizadas son, precisamente, las de los viejos carros americanos. Desde la anhelada garza del Ford “A”, pasando por la efigie del explorador español Hernando de Soto que dio nombre y puso emblema a los vehículos americanos De Soto, o la pequeña escultura de la cabeza de un carnero que embellecía y daba singularidad a los viejos Dodges, hasta el perfil del jefe indio Pontiac que identificaba a los automóviles de esa división de General Motors y que a finales de los años 40 y principios de los 50 se hacían en ámbar natural; estas pequeñas obras de arte son muy buscadas y alcanzan elevados precios en subastas y tiendas especializadas. Por algunas de estas piezas se han pagado más de 5.000 euros. Su valor y cotización aumenta con el prestigio y escasez de los vehículos que adornaron, siendo prácticamente imposible conseguir algunas, ya que, como en el caso, del mítico Tucker Torpedo, únicamente llegaron a realizarse en 1948, 51 unidades.

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