Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

‘El filósofo de las marquesas y los toreros’.


HISTORIA

El día en que Gary Cooper quiso ser Ortega y Gasset

  • Hace 67 años, José Ortega y Gasset y Gary Cooper se conocieron
  • Intercambiaron los mecheros y la estrella se sintió cautivada por el filósofo español

14722971654266

Ortega y Gasset, en las Rocosas. FUNDACIÓN ORTEGA Y GASSET – MARAÑÓN

PABLO PARDO… Corresponsal… Washington…PabloPardo1… 28/08/2016 11:15

 

“Querido Gary: No todas mis bromas son sólo bromas. Cuando cambiamos los encendedores, le dije que iba a darle a usted una de mis camisas. Aquí la tiene. No se la envío para que se la ponga, porque el formato de nuestros cuerpos es diferente, con gran ventaja para usted. Se la envío porque esa camisa es ‘la camisa de un hombre feliz’. Mi vida ha sido muy dura, pero a despecho de eso he sido capaz de convivir con lo que podríamos llamar una felicidad permanente. Que esa camisa sea como un amuleto que le quite la melancolía si alguna vez ésta se apodera de usted”.

Gary Cooper quería ser Ortega y Gasset. Ojo: no es que quisiera ser como Ortega y Gasset, es que quería ser él. Los dos estuvieron juntos sólo una vez, en una de las reuniones más extraordinarias del siglo XX, en medio de las Montañas Rocosas. Y se cayeron bien. Tan bien, que hasta intercambiaron los mecheros.

Y Cooper -la quintaesencia de estrella de la era dorada de Hollywood, el ganador de tres Oscar, el novio de Ingrid Bergman, Marlene Dietrich y Grace Kelly-, hubiera querido ser Ortega, el filósofo que vivía en el exilio interior de la España gris y siniestra de la posguerra, odiado por parte de la mitad de sus conciudadanos y despreciado por la otra mitad.

Porque Ortega transmitió a la estrella el ejemplo del hombre feliz. Algo que él, a pesar de sus ligues con estrellas, de sus premios, de su fama -que llevó el número de niños bautizados ‘Gary’ de menos de 200 a 8.000 anuales en los años álgidos de su estrellato- no había conseguido siempre.

Por eso le dijo Ortega que le iba a dar su camisa. Ya se sabe: la vieja expresión de que un hombre feliz debe dejar su camisa a los que no tienen esa suerte. Así que, cuando el corresponsal de la agencia Efe en Nueva York, José María Massip, se reunió con el filósofo a su regreso de Aspen en el lujoso hotel neoyorquino Plaza -hoy, paradójicamente, gestionado por Donald Trump, una persona que no parece tener una idea muy clara del estado del mundo ni una capacidad destacable para la introspección-, se lo encontró cerrando el paquete con la camisa y la carta que incluye la dedicatoria con la que comienza este artículo.

Las circunstancias en las que se conocieron Ortega y Cooper en el verano de 1949 son prácticamente desconocidas en España -no en EEUU, donde hasta la revista Playboy ha escrito al respecto-, a pesar de que de aquella reunión salió uno de los centros de poder intelectual más influyentes del siglo XX y de lo que llevamos del XXI: el Aspen Institute.

Todo había sido idea de un patricio ilustrado de Estados Unidos: Walter Paepcke, el presidente de Container Corporation of America (CCA), una empresa situada en las antípodas tanto de Ortega como de Cooper: el embalaje. Pero Paepcke era una persona inquieta. Y bien situada. No en balde, su cuñado era Paul Nitze, el fundador de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Johns Hopkins y uno de los cerebros de la estrategia de Estados Unidos durante la Guerra Fría, que sería asesor de los presidentes Roosevelt, Truman, Johnson, Carter, y Reagan.

14722972414413

Ortega y Gasset, en las Rocosas. FUNDACIÓN ORTEGA Y GASSET – MARAÑÓN

La experiencia de Nitze, que fue uno de los encargados de inspeccionar las ciudades japonesas que habían sido bombardeadas durante la Segunda Guerra Mundial (en uno de esos ataques, en Tokio, murieron 88.000 personas en un solo día, en marzo de 1945), y las propias reflexiones de Paepcke sobre la Segunda Guerra Mundial y la incipiente Guerra Fría -el bloqueo de Berlín por la Unión Soviética había acabado en mayo de 1949- le llevaron a organizar una conferencia internacional para celebrar el segundo centenario de Goethe.

“Paepcke estaba muy influido por el Programa de los 500 Libros de Mortimer Adler”, explica José María de Areilza, secretario general de Aspen España. Adler era un filósofo estadounidense que había creado una especie de lista de 500 libros que, en su opinión, eran imprescindibles para entender el mundo actual (cuatro décadas más tarde Harold Bloom, de Harvard, haría lo mismo con su El canon occidental). “Así que, al celebrar el nacimiento de Goethe, Paepcke tenía en mente conmemorar al que, en su opinión, era el último hombre que representaba los valores de Occidente y traer su obra a la actualidad en un momento en el que el mundo acaba de descubrir que tenía la capacidad de autodestruirse”, concluye Areilza.

Y ahí es donde entran Ortega y Gasset y Cooper, junto con otras estrellas de la cultura del siglo XX, como el futuro Nobel de la Paz Albert Schweitzer, el triple Pulitzer Thornton Wilder, y el pianista Arthur Rubinstein. En total, 5.000 asistentes, reunidos durante 20 días en un antiguo pueblo nacido para la minería de la plata a 2.500 metros de altura en el desierto montañoso de las Rocosas llamado Aspen (“álamo”). Paepcke quería convertir aquel remoto puesto minero del Salvaje Oeste rodeado de montañas de 4.000 metros no sólo en uno de los centros de la política y de la sociedad mundial, sino en una especie de St. Moritz a la estadounidense, o sea, en un refugio alpino para multimillonarios.

En Madrid, a 9.000 kilómetros del Chicago en el que Walter Paepcke ultimaba su homenaje a Goethe, José Ortega y Gasset vivía acosado y despreciado por el poder. “Decían de él que era ‘el filósofo de las marquesas y los toreros’, y le estaban tirando por tierra el Instituto de Humanidades que había organizado con Julián Marías y con su hija Soledad”, explica Margarita Márquez, coordinadora general de la Fundación Ortega y Gasset-Marañón.

Entretanto, en California, Gary Cooper tenía una vida más fácil, pero no necesariamente feliz: estaba en un punto de inflexión personal. Estaba engañando a su esposa Veronica con la actriz Patricia Neal, con la que había protagonizado The Fountainhead, una película con guion escrito por Ayn Rand, una exiliada soviética que es la creadora del objetivismo, una doctrina filosófica basada en el individualismo extremo, en el materialismo y en el ultraliberalismo. Cuando la relación con su amante se convirtió en un secreto a voces en Hollywood, Cooper dijo a su mujer que estaba enamorado de Neal, y ambos se separaron. Mientras, Cooper, fanático de la caza y del aire libre, había seguido el ejemplo de otras estrellas de Hollywood, se había comprado una propiedad en Aspen.

Y fue entonces cuando llegó a Madrid la invitación desde Estados Unidos, un país en el que Ortega nunca había estado, y que no volvería a visitar. Era una oferta demasiado buena para que el filósofo la rechazara: tres semanas con 200 intelectuales de talla mundial en un entorno entre sofisticado y frívolo, debatiendo en torno a cómo el conocimiento moral y la capacidad técnica pueden articularse para tomar decisiones en un mundo marcado por el riesgo de aniquilación nuclear. Un concepto que para Ortega era como un traje a la medida. El traje a la medida del filósofo feliz. Y la oferta económica, irresistible: 5.000 dólares de la época, una fortuna incalculable en la España de 1949.

Así que Ortega y Soledad -“que estaba enamorada del plan”, según explica Márquez- se fueron a Aspen. Partieron de Barcelona, en lo que calificó como “un imposible viaje” en “un camarote miserable”. Llegó a Nueva York el 27 de junio, y empezó a recibir una larga procesión de admiradores de las universidades Vassar, Harvard… Pero su estancia en la ciudad fue corta. Ortega rápidamente se dirigió a Chicago, a dar su primera conferencia sobre Goethe, y de allí a Aspen, un pueblo a 2.400 metros de altura, situado en la vertiente occidental -en la que da al Pacífico- de las Rocosas, y que está separado de Nueva York por la misma distancia en línea recta que hay entre Madrid y Kiev.

Ésa fue una de las cosas que más llamaron la atención del filósofo: las distancias de Estados Unidos. “Las cosas aquí están inmensamente lejos de otras”, dirá en Nueva York en vísperas de su regreso a España. Su mes en ese país también le convenció de la fortaleza de Washington frente a Moscú, hasta el punto de proclamar a su vuelta a España que la URSS había cometido un grave error al enfrentarse a EEUU (41 años después, la Historia le daría la razón).

14722972642303

Una de las reuniones celebradas en Aspen. FUNDACIÓN ORTEGA Y GASSET – MARAÑÓN

El plan de Paepcke en Aspen era que la estrella fuera Albert Schweitzer. Pero Ortega se comió al teólogo, filósofo, médico, y humanitario alemán, a pesar de que no hablaba una palabra de inglés y abrió la conferencia “bajo una carpa de lona, ante 5.000 espectadores, de los cuales no más de 10 hablaban español”, según escribiría Jaime Benítez, rector de la Universidad Recinto de Puerto Rico y amigo de Pablo Casals y Juan Ramón Jiménez.

El Pulitzer Hustings tradujo párrafo a párrafo a Ortega de una manera “excelente, obligando al auditorio casi a pensar en español”, a pesar de que la clave de su discurso no era fácil para un público en el que menos del 10% eran intelectuales, y el resto, empresarios, directivos, socialites y estrellas de Hollywood. Aun así, la idea de Ortega “de vivir el arte de la noble vida” con “el individualismo de Goethe como una cura positiva contra la responsabilidad del hombre-masa” cautivó a la audiencia, según Benítez. El español se convirtió en la celebrity de Aspen. Una noche, pocos días después, conoció a Cooper. Ortega estaba exultante. Hasta vaciló a las hijas de Paepcke, de las que dijo que eran “guapísimas”.

La conferencia duró 20 días. Fue la única vez que Ortega y Gasset estuvo en EEUU, pero España, en su más idiosincrática naturaleza, ignoró la presencia de un compatriota en una reunión en la que habían estado varias de las mejores cabezas del mundo. Un atronador silencio siguió al viaje de Ortega a Aspen (llamado por error “Asmen” en varios periódicos españoles de la época) en un país que en aquel verano celebraba el 18 de julio y el menendezpelayismo. La prensa ignoró al hombre que, por derecho propio, no sólo había cautivado a Gary Cooper, sino a la élite cultural y empresarial de EEUU.

El encuentro de 1950 fue sólo la semilla de una de las organizaciones más influyentes de los últimos 60 años: el Aspen Institute. En 1950, animado por el éxito intelectual -no económico, dado que el encuentro le costó 250.000 dólares de la época, que hoy serían 2,3 millones de euros- de la celebración del aniversario de Goethe, Paepcke creó esa organización. Por medio de una serie de eventos, seminarios y charlas orientadas a la sociedad civil, Aspen fue creciendo progresivamente y convirtiéndose en una de las organizaciones más importantes e influyentes del mundo en materia de intercambio de ideas. También empezó a salir de EEUU. Pero su llegada a España se retrasó seis décadas.

No fue hasta 1996 que el entonces embajador estadounidense en Madrid, Richard Gardner, trató sin éxito de replicar su experiencia en Italia y fundar un capítulo español de Aspen. Fue un fracaso. Sólo en diciembre de 2010, y a iniciativa del entonces ex embajador en Rumanía, que estaba en excedencia, Pablo García-Berdoy, nacía Aspen España, con el apoyo de una serie de empresas, entre ellas Telefónica, Acciona, BBVA o Iberdrola, y un Patronato presidido por Javier Solana.

“Aspen es una institución cuyo objetivo es facilitar el diálogo sin posición predeterminada o ideología dominante“, explica García-Berdoy, que en 2012 fue nombrado embajador en Alemania, y fue sustituido al frente de Aspen España por José de Areilza. Sus dos grandes iniciativas son los seminarios Sócrates y de Textos Clásicos, además de una serie de actividades con jóvenes políticos y educadores. Todavía es poco comparado con Aspen en EEUU, y con algunos de sus eventos, como el Festival de las Ideas, que se celebra en julio en el pueblo de las Rocosas y en otoño en Washington, en colaboración con la revista de The Atlantic. Pero es mucho si se recuerda el titular que el Diario de Zamora dedicó a la participación de Ortega en Aspen el 15 de julio de 1949: “¡Que se calle!”

….oOo….

Ninguna respuesta to “‘El filósofo de las marquesas y los toreros’.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: