Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

Con sus canciones “fue un puente entre ambos bandos”.


MÚSICA

La Piquer, en el diván de Freud

  • Un libro desentraña el ‘mensaje’ que latía a través de las letras que la cantante interpretó como nadie en la primera posguerra

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La actriz y tonadillera española posa semidesnuda con mantón de Manila. EL MUNDO

ÁNGEL VIVAS… Madrid…. 26/08/2016 08:48

El famoso baúl de la Piquer guardaba más cosas de las que se podían sospechar. Su baúl, en sentido metafórico, es decir, sus canciones, llevaban dentro de sí una importante herramienta de supervivencia para los vencidos en la Guerra Civil. Estos se aferraron a ellas en los años más duros del franquismo, los inmediatamente posteriores al final de la guerra, marcados por el hambre, la miseria, los fusilamientos y un ambiente generalizado de sospecha, delación y represión. Es lo que sostiene la catedrática de Literatura Española de Duke University en Estados Unidos Stephanie Sieburth. Lo hace en un sesudo y documentado trabajo en el que analiza algunas de esas canciones. El libro lo ha sacado Cátedra con un título, Coplas para sobrevivir. Conchita Piquer, los vencidos y la represión franquista, que suaviza algo el original: Las coplas de Conchita Piquer y el régimen de terror de Franco.

La premisa básica de su estudio es lo que expresan algunos dichos populares españoles: el que canta sus males espanta, o menos finamente, el español cuando canta, o está jodido o poco le falta. En la década de los 40, la mayoría de los españoles, no sólo los vencidos, pero especialmente éstos, estaban francamente fastidiados. En la guerra, como dijera Raimon, todos habían perdido. Pero unos, los vencedores, pudieron enterrar a sus muertos, exteriorizar su dolor y encontrar un reconocimiento a su pérdida. Los vencidos, a la pérdida tuvieron que añadir la humillación, la imposibilidad de enterrar y llorar públicamente a los suyos, el miedo… Y encontraron un asidero en una canciones que fueron enormemente populares; es más, quizá lo fueron por esa capacidad para conectar con la situación de millones de españoles derrotados.

El libro mezcla el análisis de las canciones (letra y música) con la crónica de la vida cotidiana y la psicología y psicoterapia clínica, el lenguaje y las metáforas con los mecanismos inconscientes de supervivencia. De algún modo, la autora lleva a la Piquer (sus canciones) al diván de Freud. Porque, naturalmente, ni los autores ni la intérprete de aquellas coplas, gente de derechas que estaba entre los vencedores, tenían la voluntad de cumplir esa función, ni quienes las escuchaban eran conscientes de lo que suponían para ellos.

La tesis del libro, nunca expuesta con tanta claridad o rotundidad, remite a algo que, cada cual a su modo, vinieron diciendo intelectuales españoles desde la Transición. Manuel Vázquez Montalbán, que tituló Tatuaje una de sus primeras novelas, se refirió repetidamente al papel de las coplas en la vida de la gente común. Carmen Martín Gaite también habló de las canciones como “un enser fundamental para la supervivencia”. Y en la película Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino, se dice al comienzo que aquéllas eran “canciones para sobrevivir… para sobreponerse a la oscuridad, al vacío, al miedo”. Por no hablar del análisis filológico que el catedrático y académico Emilio Alarcos hizo de Tatuaje. Quizá nada exprese mejor que las palabras de la película de Martín Patino el fondo del libro de Stephanie Sieburth.

La autora -que creció en una familia de supervivientes del Holocausto, por lo que sabe de lo que habla- señala tres amenazas emocionales a la supervivencia de los vencidos en la guerra: el terror crónico, el bloqueo del duelo y el estrés traumático, cuyo mero enunciado ahorra mayores explicaciones si se piensa en lo que era la España de 1940. Frente a esas amenazas, quienes escuchaban, y a menudo cantaban, las canciones de la Piquer realizaban inconscientemente ciertas operaciones terapéuticas, como interpretar el papel de un personaje de ficción (lo que les proporcionaba una suerte de camuflaje emocional), participar en una experiencia ritual en la que las coplas sustituían a los ritos del duelo que les había sido negado, o construir un relato junto a la cantante.

Stephanie Siburth encuentra semejanzas entre la situación y los sentimientos de los protagonistas de algunas de las canciones más populares de la Piquer (Tatuaje, La Parrala, Ojos verdes, Romance de valentía…) y los de sus oyentes. “La Piquer, a través de su voz y su interpretación, jugó un papel a caballo entre la terapeuta y la suma sacerdotisa ritual“, escribe la autora. Y añade: “Existe una analogía entre el hecho de cantar coplas en los 40 y la exhumación de los cadáveres de las víctimas de Franco en la actualidad”.

Las coplas de la Piquer mostraban una ambigüedad ideológica que permitía a sus oyentes crear un mundo alternativo en el que podían encontrar sus experiencias personales y, al cantarlas, aludir a sus seres queridos desaparecidos y enterrados en fosas comunes, despedirse de ellos o lamentar su situación. “El porqué de la agonía que la estaba consumiendo” y el “¿por quién llora, por quién sufre la Parrala?”, esa mujer llena de secretos e investigada por las autoridades, podían ser los porqués de muchos de los oyentes.

Y, una vez asumido el planteamiento de la autora, el posible doble sentido de Tatuaje -el hit por excelencia de la posguerra- salta inmediatamente a la vista: “La tristeza doliente y cansada”, el “pasado que nunca más ha de volver”, pero, sobre todo, esa mujer que busca a un hombre desaparecido del que nadie le dice “si está vivo o muerto”, y que asegura: “Hasta que no te haya encontrado sin descansar te buscaré”. A los beneficios psicoterapéuticos de la canción ayudaba una interpretación “alternativamente íntima, amarga, urgente, majestuosa, digna y afligida” de una mujer que, con sus canciones “fue un puente entre ambos bandos”.

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