Albherto's Blog
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‘Yo he olvidado’


BERTÍN OSBORNE.- ‘Yo he olvidado’, dice el artista

Los 9 ‘tíos’ de Bertín fusilados en 18 días

  • Ésta es su historia y la de otros ocho parientes suyos que fueron ejecutados en el noviembre negro del 36
  • Por uno de ellos, el presentador se llama Bertín

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Norberto López de Valdemoro y Fesser, el «tíoBertín».

Actualizado 06/12/201500:24

“Le envío, con estas letras, una fotografía mandada sacar expresamente de mi vieja y averiada efigie y de mis dos hijos. Norberto acaba de cumplir 18 años y cursa 3º de Derecho. María, 21, substituye a su madre (fallecida) en el gobierno de la casa”.

Es marzo de 1920 y el conde de las Navas escribe esta carta a su amigo Everett Ward Olmsted. “En cuanto el mundo se serene un poco”, le dice, mandará a su hijo unas semanas a Estados Unidos. Pero el mundo (y España) no se serenará. No se sabe si aquel joven, Norberto López de Valdemoro y Fesser, llegó a cruzar el Atlántico, pero sí que perdió la vida pronto. En los primeros meses de la Guerra Civil, con sólo 34 años, fue fusilado en Paracuellos del Jarama, a 26 kilómetros de Madrid. Por él uno de los rostros más famosos de la España democrática lleva su nombre. Así se llama en realidad Bertín Osborne: Norberto (Ortiz Osborne). Como el “tío Bertín”, el tío de su padre al que nunca conoció.

Estos días el presentador ha rescatado de su memoria a su tío abuelo Norberto a raíz de las críticas que ha recibido una de sus entrevistas de En la tuya o en la mía, el programa que está revolucionando la maltrecha audiencia de TVE. (Este último miércoles, con Mariano Rajoy como invitado, batió récords: 23% de cuota de pantalla, picos de 8,7 millones de espectadores y un empujón perfecto a la campaña del presidente). La polémica surgió cuando en el sofá del artista se sentó una dicharachera Carmen Martínez-Bordiú: los críticos denuncian que Bertín trató demasiado bien a la nieta de Francisco Franco, que no le hizo preguntas incómodas… Que la conversación dejó como regusto final una imagen positiva del dictador. El cantante ha defendido su estilo cordial, e incluso, molesto, el olvido de las “dos Españas”: “A mí me mataron a siete tíos carnales fusilados en Paracuellos. ¡Y no lo digo nunca y yo lo he olvidado! (…) Y si me olvido yo, se pueden olvidar los demás”.

Bertín habló de “seis o siete” parientes, pero sus antepasados asesinados en el acelerado mes de las sacas en Madrid fueron al menos nueve. El primero murió el 7 de noviembre y el último, el 24. Todos en tan sólo 18 días de 1936. Crónica reconstruye la historia de esos nueve nombres -confirmados por la familia- a partir de documentación histórica y de la colaboración de José Manuel de Ezpeleta, portavoz de la Hermandad de Nuestra Señora de los Caídos de Paracuellos del Jarama y uno de los mayores conocedores de aquellas ejecuciones masivas.

Norberto López de Valdemoro y Fesser, el «tíoBertín», había nacido en 1902 en una familia de la aristocracia española. Su padre, Juan Gualberto López de Valdemoro y de Quesada, era más que conde de las Navas y del Donadío de Casasola: malagueño afincado en Madrid, era un prolífico escritor, catedrático cultísimo, miembro de la Real Academia de la Lengua Española y alto cargo del Rey Alfonso XIII como director de la biblioteca del Palacio Real entre 1893 y 1931. El conde participaba en tertulias culturales -con Emilia Pardo Bazán, Marcelino Menéndez Pelayo, José Zorrilla o Rubén Darío- y en su biblioteca personal conservaba una imponente colección de libros que mandaba encuadernar según la materia: los relacionados con el chocolate lucían lomo marrón, los que trataban sobre asuntos marítimos, azul celeste… Norberto era su único hijo varón y en él el conde y su esposa, Manuela Fesser y Fesser, depositaron sus esperanzas.

El joven estudió Derecho y era abogado de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería (ICAI). Aficionado al deporte, con 21 años salió en Abc por ganar el primer premio de un concurso de “tennis” en la modalidad de “handicap individual para caballeros”. Con 22, siguiendo los pasos de su padre, entró a Palacio como mayordomo de semana del Rey, un grupo selecto de miembros de la nobleza que se turnaban para almorzar con el monarca, asistirle y acompañarle en los actos oficiales, sentados siempre frente al trono.

“Me sonrió y se despidió”

Cuando en 1931 llegó la II República, el padre dimitió de su cargo al frente de la Real Biblioteca que aún guarda sus cartas. No llegaría a ver el inicio de la Guerra Civil, cinco años después. Para entonces Norberto no sólo era hijo de quien era; él mismo se había involucrado en política. Pertenecía a Renovación Española y a Falange, según la declaración judicial que su hermana María hizo al acabar la guerra, en 1940. El libro Héroes y mártires de la aristocracia española, publicado por el marqués de San Juan de Piedras Albas en 1945, apunta que Norberto actuó de enlace para el golpe de Estado, aunque este tipo de investigaciones buscaba precisamente glorificar a los llamados “mártires”, y no existe mucha más información sobre él.

Pero Bertín Osborne no sabe de aquel hombre por los libros de historia más o menos propagandísticos, sino por su padre, Enrique Ortiz y López de Valdemoro: el sobrino que, con ocho años, dijo adiós a su tío Norberto.

Enrique estaba sentado sobre las rodillas de su tío cuando el 17 de agosto de 1936 llegó un coche sin capota lleno de milicianos al piso en el que vivía con sus padres, en el número 8 de la calle Alcalá Galiano. “Entraron en la casa con los fusiles de asalto preguntando por el tío Bertín”, cuenta. Tiraron al niño al suelo y sujetaron a Norberto. “Le sacaron a empujones y lo montaron en el coche. Mis padres vivían en el primer piso y yo, que adoraba a mi tío Bertín, me asomé a un balcón y vi cómo mi tío me sonreía y se despedía de mí, desde el coche. Fue la última vez que lo vi”.

Lo llevaron a la Dirección General de Seguridad y de allí a la cárcel de Porlier (el colegio de los escolapios en la calle del mismo nombre que durante la guerra se usó como prisión). En una expedición de presos, las llamadas sacas, lo trasladaron el 24 de noviembre a Paracuellos. Allí se fusilaba en fila a los considerados contrarios a la República, que caían sobre unas fosas que habían excavado los lugareños, avisados de que al día siguiente habría “besugos frescos”; hombres que, con los ojos abiertos por el miedo, caminaban hacia la muerte segura.

El “tío Bertín” murió sin descendencia, así que el título de conde de las Navas pasó a su hermana María y después a su sobrino Enrique. Hoy lo ostenta la hermana del cantante, María Teresa Ortiz Osborne. El padre de Bertín le recuerda todos los días: un busto suyo de bronce preside el salón de su casa, cerca de la Castellana.

Dionisio y sus cuatro hijos

Otros ocho antepasados de los hermanos Ortiz Osborne habían muerto asesinados antes que Norberto en aquel mes negro de 1936.

El 8 de noviembre fue el último de Ramón Martínez de Velasco y Fesser. Ramón era ingeniero electricista en Electra Castellana y tenía sólo 24 años. Por las noches daba clases de matemáticas en la Academia Nocturna del Centro de Acción Católica de Madrid. Vivía con sus padres y ocho hermanos en la calle Serrano número 24. De aquella familia no sobrevivió ni la mitad. La madre, Joaquina Fesser Fernández (emparentada con la abuela paterna de Bertín Osborne), fue quien en junio de 1942 enumeró ante un juez la lista de muertos que más duele: su marido, cuatro hijos, su hermano y su sobrino. Siete. El episodio era habitual: los milicianos buscaban al padre y se llevaban también a los hijos.

A Ramón dos policías se lo llevaron de su casa el 2 de noviembre del 36. Lo metieron en la comisaría de la calle Prim y un día después lo trasladaron a la cárcel Modelo, también llamada la Celular. El día 8 lo sacaron de allí para matarlo. Fue uno de los más de 400 prisioneros trasladados aquel día a Paracuellos o bien a Torrejón de Ardoz, como le ocurrió a él, porque en el primer cementerio aún no había dado tiempo a enterrar todos los cuerpos de las ejecuciones de la víspera y de esa misma mañana… Su cuerpo fue identificado y exhumado en 1940 y sus restos, enviados a la fosa número 7 que se abrió en el cementerio de Paracuellos después de la guerra. Los números no coinciden porque hay varios cuerpos en cada ataúd. El de Ramón es el cadáver 301 del féretro 257.

El 20 de noviembre le siguieron los demás. El padre, Dionisio Martínez de Velasco y Velasco, abogado de 61 años, muy religioso (era de la asociación católica Adoración Nocturna) y afiliado a la derechista Acción Popular. Sus jovencísimos hermanos Alberto (22 años), José Félix (18) y Carlos (17), estudiantes los tres del colegio del Pilar y el primero, afiliado a Acción Popular. (José Manuel de Ezpeleta ha registrado por el momento a más de 300 fusilados menores de edad; algunos no llegaban a los 15 años). La lista sigue: el hermano de la mujer, Guillermo Fesser Fernández, licenciado en Letras y afiliado también a Acción Popular, de 47 años. Y su sobrino Emilio Martínez de Velasco y Romano, un estudiante de 26 años que no militaba en ningún partido.

Aquel 20 de noviembre de hace 79 años, a las tres de la tarde, las milicias de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) entraron a esa misma casa de Serrano 24 y los capturaron. Los llevaron a una checa y los fusilaron después a todos en la calle Velázquez, según el relato de la viuda. Los seis cuerpos fueron hallados dos días después en el depósito judicial.

Las ejecuciones habían empezado antes. El presidente Largo Caballero se había llevado el Gobierno a Valencia y había dejado el caótico Madrid en manos de la Junta de Defensa. Entonces empezaron a organizarse las grandes expediciones o sacas de presos, desde las cárceles hasta los mataderos. Ese primer día, ese 7 de noviembre, murió Francisco Javier Alonso Sotillo.

Francisco, de 46 años, estaba recién casado con María Teresa Osborne Tosar -tía de la madre de Bertín, María Teresa Osborne y Marenco- y trabajaba como restaurador en El Escorial. Llevaba ocho días retenido. El 30 de octubre, funcionarios de la División Social lo habían apresado en su casa. Lo habían llevado junto a un centenar de frailes y civiles del monasterio en camión hasta Madrid. El grupo se disgregó: a unos los trasladaron a la cárcel de San Antón y a otros, como a él, a la Modelo. Le acusaban de “desafección al Régimen”, a la República; un informe del Servicio de Información y Espionaje le tildaba de “fascista peligroso”, según consta en un escrito del Tribunal Supremo descubierto por Ezpeleta.

En la Modelo, en cuyas galerías cientos de reclusos se tapaban con la poca ropa que tenían, pasó una semana, hasta la fría madrugada del 7 de noviembre. En una de las expediciones organizadas ese día, a Francisco lo llevaron a Paracuellos y allí murió fusilado. En febrero la Justicia lo empezó a buscar para juzgarlo: no sabía que llevaba tres meses sin vida, en una fosa común. Su mujer estaba embarazada de tres meses cuando lo mataron, y el hijo de ambos nació sin padre. En 2009 Bertín Osborne acompañó a ese hijo, Javier Alonso Osborne, director adjunto de la revista ¡Hola!, a la presentación del diario editado de su madre, titulado A mi marido lo asesinaron en Paracuellos.

La cifra total de asesinados por el bando republicano (militares, religiosos y también civiles) en las sacas que se produjeron entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre genera controversia. La aproximación en la que coinciden más historiadores ronda los 2.500 fusilados. En su recuento personal, José Manuel de Ezpeleta, que ha dedicado los últimos 15 años de su vida a elaborar la lista completa de los fusilados y sus circunstancias en medio de una maraña de datos confusos, lagunas y pocas ganas de recordar, eleva ese número. Dice tener contabilizadas a unas 4.300 personas ejecutadas en Paracuellos más otras 800 fusiladas en otros lugares de Madrid que, terminada la contienda, fueron enterradas en una nueva fosa abierta en este cementerio, la número 7.

No hay ninguna lista oficial de víctimas ni tampoco una respuesta clara a la pregunta de quién dio la orden. En el libro ‘Paracuellos. Una verdad incómoda’, publicado este año, el hispanista Julius Ruiz concluye que el fallecido líder del Partido Comunista de España (PCE), Santiago Carrillo, otorgó su consentimiento a aquellas ejecuciones. “Yo lo he olvidado”, dice el último líder de la televisión.

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