Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

¡Es la Guerra Santa, idiotas!”.


POLITICA

“Lo dije hace un año y lo escribí en un texto titulado ¡Es la Guerra Santa, idiotas!”

  • Perez Reverte justificó sus polémicos tuits y se mostró muy escéptico ante la posibilidad de que Occidente sea capaz de dar respuesta al terrorismo islámico.
  •  “Occidente se ha ido al carajo”.
 REVERTE
De izquierda a derecha: Manuel Jabois, Arturo Pérez Reverte y Antonio Lucas

“Estamos en una guerra. Lo dije hace un año y lo escribí en un texto titulado ¡Es la Guerra Santa, idiotas!”. Así de tajante se mostró Arturo Pérez Reverte sobre los hechos acontecidos en París el pasado viernes. El escritor y periodista, lejos de retractarse sobre sus desafortunados tuits en los que aseguraba que los jóvenes franceses de la discoteca Bataclán podían haber evitado la tragedia si se hubieran abalanzado sobre los islamistas, se reafirmó  en sus pensamientos:

“Europa no está preparada para la batalla. Estamos acomodados en nuestro buenismo y mientras otros se saltan la luz roja, nosotros nos quedamos mirando”.

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Reverte defendió este lunes que si algo ha dejado claro los actos terroristas de París es que las guerras y los conflictos armados ya no serán como los conocíamos. El periodista, que en reiteradas ocasiones se remitió a batallitas de guerra vividas en primera persona, aseguró que “el sistema creado por occidente es insostenible y tenemos que prepararnos para lo que viene”. Junto a él, en el centro del escenario del Teatro Español, se encontraban los periodistas Manuel Jabois y Antonio Lucas, que también participaron en el acto de presentación de su último libro: La Guerra Civil contada a los jóvenes (Ed. Alfaguara).

A medio camino entre la charla distendida de tres amigos y una entrevista frente a dos periodistas, Reverte, Jabois y Lucas fueron desgranando la actualidad desde los atentados de París hasta la nueva transición política que vive este país. Pasando por la herencia del franquismo en la sociedad o el conflicto catalán.

 

El trío de las Azores

El trío de las Azores

El trío de las Azores


No obstante, la cercanía y el impacto de lo sucedido en París llevó a los protagonistas a intentar alcanzar las raíces del problema:

“El despelote llegó cuando un tipo como Bush, ayudado por dos personajes como Blair y Aznar decidieron hacer una guerra para salvar al mundo”

afirmó Reverte.

“Eso rompió la barrera que existía en Oriente Medio, con tiranos controlados desde Occidente, y su hueco fue llenado por el islamismo radical”,

completó Antonio Lucas.

El periodista de El Mundo fue un poco más allá y temió que un gran número de refugiados puedan convertirse en caldo de cultivo para el ISIS, ante la falta de oportunidades en Europa.

Reverte insistió en que no había solución ya que “Occidente se ha ido al carajo”. Para ilustrarlo, el escritor utilizó una imagen cuanto menos polémica:

“Europa era un club selecto, integrado por una élite, en la que hemos vivido en la parte buena del mundo. Y en ese club ha entrado un grupo de personas que no estaban preparados para estar ahí. Eso nos ha llevado al colapso”.

Más reflexivo se mostró Jabois, quien ve en la llegada de Internet y en un mundo cada vez más global el germen que ha terminado con las fronteras políticas y geográficas y ha expandido conflictos locales a nivel mundial.

 

Rovira, el nuevo Alfredo Landa

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Dani Rovira


Otro de los temas que no han pasado desapercibidos para los tres periodistas ha sido el conflicto catalán. Sobre una posible independencia de Cataluña, Reverte ha señalado un viejo tic muy arraigado en España, el de la presión social de pertenecer a un bando, la necesidad de decantarse por la soberanía nacional o el estado central. Las dos Españas, en definitiva.

“Esa actitud de tener que demostrar que eres más catalán que los propios catalanes. Eso les ha pasado a muchos charnegos de Murcia, de Andalucía o de Extremadura”.

“Aceptar ese juego y denunciar al vecino que es independentista o español es algo que nos retrotrae a la Guerra Civil y en Cataluña se está señalando a la gente desde uno y otro bando”, aseguraba Antonio Lucas para ejemplificar la fractura social que vive su tierra. Reverte, que ha intentado vehicular todas las soluciones a los diferentes conflictos abordados desde la cultura, se ha descolgado con una reflexión que ha provocado la carcajada del público: “Dani Rovira si no se estropea puede ser el Alfredo Landa de nuestro tiempo”. Veremos si a Rovira esto le parece un halago o una crítica.

 

Cultura y educación frente a Twitter

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Hacía esos dos pilares se han dirigido las conclusiones de una charla en la que los tres protagonistas han coincidido al apuntar que sin cultura cualquier pueblo es manejable.

“Esquilmar la cultura, el conocimiento y la voluntad de investigar ha sido la principal obsesión de cualquier dictadura, como hizo el franquismo”,

aseguraba Lucas.

“Y de algunos gobiernos democráticos también,  solo tienes que ver el trato dado a la educación por los gobiernos de este país”,

respondía Reverte tras animar a los presentes a pasarse por Twitter y ver “la fauna que allí habita”.

“Yo ya me voy de aquí acojonado”

concluyó irónico Lucas.

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Patente de corso

Es la guerra santa, idiotas

  • “Escribo con tanta libertad que me sorprende que me dejen.” Arturo Pérez-Reverte

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Muralla de Melilla

 

arturo-perez-reverte   Columna que Arturo Pérez-Reverte publica en XL Semanal…… 31 de agosto de 2014

XLSemanal – 01/9/2014

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

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