Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

La larga agonía


TODA LA VERDAD.- De las últimas fotos con vida del dictador

El precio de la agonía de Franco

  • Peñafiel cuenta por vez primera la historia completa de los cuatro ‘disparos’ al Generalísimo
  • Pagó por ellas 15 millones de pesetas, no fueron fotos robadas y el ‘sirviente’ que las vendió lo hacía para que el mundo viera “las perrerías” que le hicieron al final

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El precio de la agonía de Franco, por Jaime Peñafiel VÍDEO: JAVIER NADALES

JAIME PEÑAFIEL…. Actualizado 15/11/201503:39

El día 20 de octubre de 1984 recibía en mi despacho de La Revista, del Grupo Zeta, que yo dirigía, una extraña y sorprendente llamada telefónica. Mi interlocutor, un personaje importante del franquismo, tan importante que, a lo largo de 30 años, había servido al general como un perro fiel hasta el día de su muerte, el 20 de noviembre de 1975. Ese día fue, precisamente, el último que le vi cuando sellaban el féretro que contenía los restos mortales de Franco.

La llamada estaba motivada por el deseo manifestado de entrevistarnos para hacerme partícipe de una información “muy confidencial” sobre el general que podía interesar a mi publicación.

La cita quedó fijada para el día siguiente, 21, en el bar del lujoso hotel Meliá de Alicante, a las cuatro en punto de la tarde. Con dos condiciones: que acudiera solo y que, cualquiera que fuera el resultado de nuestra entrevista, le jurara que nunca revelaría ni su nombre ni el motivo de nuestro encuentro. Suelo ser hombre de palabra y lo que prometo, sin tener que jurar que nunca me han gustado los juramentos, lo cumplo hasta la muerte. Aunque algunos miserables no lo merezcan.

A las 16.00 horas de aquel 21 de octubre llegaba yo al hotel en cuestión. Y allí, en la penumbra del bar, desierto a esa temprana hora de la tarde, estaba él, o alguien que yo supuse que era él, porque, por precaución para no ser reconocido por nadie, había tomado asiento de espaldas a la entrada. Cuando sintió que me acercaba, se volvió, se levantó y entonces no sólo le reconocí sino que su rostro, que para mi sorpresa no había cambiado mucho con los años, me produjo una curiosa sensación. En el ojal de la solapa de su chaqueta, el escudo de la Casa del caudillo: castillos, leones, laureles y laureada.

– Qué bien le encuentro.

– No crea, echo de menos aquellos años y, sobre todo, a Su Excelencia. Fueron 32 años, 32 junto a él. Día a día. Pero a todos, desgraciadamente, nos llega la jubilación.

Y hablábamos y hablábamos. Tanteándonos. Sin atrevernos, él a exponer el tema que nos había reunido, y yo a preguntar qué me quería vender.

– ¡Qué tiempos aquellos!, ¿verdad? ¿Usted no supo nunca que Su Excelencia le tenía mucho afecto?

– Sería por lo del ¡Hola!, que le trataba muy bien.

– No. Era a usted personalmente.

– Pues le confieso que no lo sabía.

– ¿Sabe usted que muchas veces he estado tentado de escribir mis memorias?

– ¿Y por qué no lo ha hecho?

– Porque lo que interesa, por fidelidad y respeto, no lo puedo contar. Lo que puedo contar no interesa, lo conoce todo el mundo.

– ¿Y por qué no se anima y me escribe algo sobre Su Excelencia para el 20 de noviembre, que será su aniversario?

– Tengo algo mejor para que usted pueda vender millones de ejemplares.

¡Por fin iba a parir la burra! ¡Aquello había sido el parto de los montes!

Y de repente, con mucho teatro y con sus ojos pequeños, profundos y negros, como los de Franco tal vez por mimetismo, clavados en los míos, sacó del bolsillo derecho de su chaqueta gris oscura -todo él era gris- un sobre, uno de esos sobres normales, de color blanco, que se usan para enviar cartas.

Mantenido artificialmente

Mis ojos iban de los suyos al sobre que había colocado en la mesita y del sobre a sus ojos maliciosamente sonrientes. De repente retiró la mano y allí quedaron, frente a mí, el sobre y su misterioso contenido. Con parsimoniosa elegancia, sin exteriorizar mi desbordante curiosidad, tomé el sobre que estaba abierto, introduje los dedos pulgar y corazón en su interior para sacar ¿una?, ¿dos?, ¿tres?, ¿cuatro? Sí, cuatro fotografías en color de 13×18. Como la luz era más bien escasa, levanté las fotos hasta la pantalla para contemplarlas mejor. Lo que vi en la primera de ellas -las otras cuatro eran pequeñas variaciones sobre el mismo tema- me dejó los ojos espantados sobre la cartulina. Allí estaba el general, allí estaba el testimonio gráfico de lo que se sospechaba le habían hecho durante los 15 días que permaneció en la habitación de la primera planta del Hospital La Paz: negarle el derecho a morir tranquilamente, sin dejarle aceptar la propia muerte de una manera digna. Las fotos que tenía en mis manos eran un ejemplo terrible de lo que se puede hacer con un hombre, conservándole, gracias a la tecnología, hasta el último palmo vegetativo.

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La larga agonía tuvo motivos políticos: que llegara vivo al 26-N para asegurar la reelección del presidente de las Cortes. Muerto él, se eligió a Torcuato.

Estas fotos también demostraban que el general acabó convertido en la terminal de una computadora, en una pieza de un complejo mecanismo industrial, instrumentalizado hasta la barbarie, según el ilustre periodista Cándido.

– Es un testimonio impresionante, dramático, estremecedor y patético -musité sin apartar los ojos de las fotografías.

– Fue una pena que no se le permitiera morir con la dignidad con la que había vivido ni se le concediera el derecho a vivir en paz -me recitó emocionado como una lección bien aprendida-. Se preguntará por qué he recurrido a usted…

No me lo preguntaba, lo sabía.

– Como usted puede ver en estas fotografías, Su Excelencia murió como un perro al que se le han hecho toda clase de perrerías y nunca mejor dicho. Yo quiero que se sepa lo que reflejan estas imágenes.

Todo el mundo lo sabía. La utilización de la agonía de un hombre por motivos políticos: para dejarlo “todo atado y bien atado” se pretendía la reelección de Alejandro Rodríguez de Valcárcel como presidente de las Cortes, prevista para el 26 de noviembre. Con Franco vivo nadie, de los franquistas por supuesto, hubiera votado en contra. Rodríguez Valcárcel se presentó a la votación y, como es fácil de suponer, perdió. Fue elegido Torcuato Fernández-Miranda. Franco había muerto ya.

– ¿Y qué pretende hacer con estas fotografías? -me atreví a preguntarle cínicamente.

– ¿A usted no le gustaría publicarlas? ¡Menudo éxito iba a tener! Lo iba a vender todo… Si algún día me decido a publicarlas, sólo hay un periodista en el que confiar. Por eso estamos usted y yo aquí. Sé que puedo confiar y que nunca revelará el nombre de quien le ha facilitado las fotos. Podría tener grandes disgustos y hasta peligrar mi vida.

– Usted sabe que soy hombre de palabra.

– Me consta. Amigo Peñafiel, por estas fotografías ¿se pagarían muchos millones? Este es un documento histórico y para una publicación como la que usted dirige es como si Dios le hubiera venido a ver. Todo el mundo hablará de ella.

– Oiga, ¿no habrá problemas jurídicos con la familia?

– Amigo Peñafiel, el Generalísimo Franco no pertenece a su familia sino a la Historia y la Historia pertenece a todos los españoles.

Desde que empezamos a hablar de dinero, reconozco que le perdí el respeto. Con toda la confianza que da saber que estás tratando con un chalán, le pregunté con descaro:

– ¿Cómo se atrevió a hacer estas fotografías? ¿No pensó que podrían sorprenderle con tanto control y vigilancia como había?

– ¡Pero si yo no fui el autor! ¡Pero si yo no hice las fotos! Las hizo el marqués.

– ¿El marqués de Villaverde? -pregunté.

– Sí, el doctor Martínez Bordiú, el hijo político de Su Excelencia, el yernísimo, como le llamábamos.

– ¡No me joda! ¡No me lo puedo creer! Perdóneme, pero yo había creído…

– Perdóneme usted que yo no se lo hubiera dicho.

– Esto cambia las cosas. Yo no las puedo publicar. Este tío me empapela. Pero, ¿cómo las tiene usted si son del marqués?

– No, estas copias no son del marqués. Estas copias son mías. Alguien del laboratorio que reveló el carrete me hizo este regalo, sabiendo todo el cariño que yo profesaba a Su Excelencia.

– Sí, pero el original es de Villaverde.

– Pero él no sabe que yo tengo estas copias que, a lo largo de todos estos años, he conservado como mi mayor tesoro.

– ¿Y ahora no le importa desprenderse de él?

– Lo hago por todo lo que le he dicho.

Sentí que le tenía cogido. Él sabía que aquello que había conservado con tanto amor valía mucho dinero. Y cuando supo que yo había sacado la revista a la calle, dispuesto a comerme el mundo pagando como el que más por las exclusivas, se dijo: “Esta es la mía. Yo me anticipo al marqués”.

– ¿Usted piensa que el marqués hizo estas fotos para venderlas?

– Pienso que sí. No me dirá usted que las hizo por interés científico. En esos casos, sólo se fotografía el campo operatorio, pero el marqués bien que se preocupó por que se viera en las fotografías toda la parafernalia que rodeaba la agonía y muerte de Su Excelencia. Hasta las enfermeras, que eran suyas, aparecen posando ante el pobre Caudillo sin respeto ni asepsia.

– Lleva usted razón, pero si las publico va a armarse la de Dios es Cristo.

– No creo que se atreva. Los suyos y los otros se le echarían encima.

– Sí, pero el marqués es muy chulo.

– ¿Me lo dice usted a mí? ¿A usted pueden obligarle a confesar el nombre de quien le ha facilitado las fotos?

– ¡Nunca! Siempre podré acogerme al secreto profesional. Usted esté tranquilo. Sabe que nunca le delataré. Hablemos de dinero -le dije sonriendo.

Él no se atrevió ni a preguntar cuanto. Estaba acorralado. Le había ganado la partida.

– Pienso que estas fotografías pueden valer unos 50 millones (unos 889.000 euros al cambio actual).

– Pero, hombre de Dios, no hay nada que valga 50 millones -le contesto-. Haciendo un gran esfuerzo le podría dar 10 o 15 millones, como mucho.

– ¿Nada más?

– Piense que asumo todos los riesgos. El marqués hasta me puede acusar de robo. ¿Y cómo demuestro que no las he robado?

– ¿Usted piensa que estoy traicionando la memoria del Generalísimo?

La querella que gané

Con cinismo, le dije todo lo contrario de lo que pensaba:

– No sólo no traiciona usted la memoria del hombre al que ha servido durante 32 años, sino que va a prestar un gran servicio: enseñar lo que hicieron con él, cómo manipularon su agonía con fines políticos inconfesables. Para ganar tiempo con el que prolongar un franquismo sin Franco.

Y mirando el reloj, me levanté:

– Voy a perder el avión.

– Yo le llevo al aeropuerto.

Cuando al fin me vi en el avión, saqué las fotografías y fui mirándolas a la luz del atardecer que entraba por la ventanilla. No me cabía la menor duda de que aquello era una exclusiva excepcional. Toda una bomba que yo iba a publicar aunque estallara haciéndome mil pedazos. ¡Y claro que estalló, y de qué manera! El marqués se querelló, me procesaron, me sentaron en el banquillo, pidieron 50 millones de pesetas y cinco años de cárcel. Pero gané… aunque la revista se hundió.

A las 3 de la madrugada del siguiente día sonó el teléfono en mi casa. Cuando descolgué el auricular, oí la voz del colaborador de Su Excelencia que, a medio tono, para no ser oído en su propia casa, me preguntaba con angustia:

– Amigo Peñafiel, ¿usted cree que soy un traidor? No puedo dormir. Pienso que es mejor que lo dejemos.

– No se preocupe, ¿somos o no somos amigos? No se arrepentirá nunca. De todas formas, mañana lo discutiremos. Buenas noches.

A primera hora de la tarde me telefoneó para cerrar el trato, mediante un cheque al portador, sin más. Ni el gerente de la revista supo a quién iba destinado, aunque sí en pago de qué. (Habíamos acordado que en nuestros contactos telefónicos se identificara con el nombre de Fernando Alarcón).

Estando ya el material en imprenta, irrumpieron una mañana en el despacho dos señoras que se identificaron como la esposa e hija del colaborador de Franco. Me acusaron con insultos de haber engañado a su marido y a su padre y de haberle convencido de que vendiera las famosas fotos. De dicha venta ninguna de las dos había sabido nada hasta que…

– Mi padre llevaba varias noches sin dormir, suspirando cuando no llorando -empezó su hija.

– Yo le preguntaba qué le pasaba, pero no contestaba -añadió su esposa-. Sólo llorar. “Es que tengo una opresión, aquí, en el pecho, que no me deja respirar”, decía. Pensamos que podía ser un infarto y quisimos llamar al médico, pero él se negó. Hasta que no pudo más y nos confesó llorando lo ocurrido, mostrándonos el cheque que usted le había enviado: “He traicionado la memoria de Franco…. he vendido sus fotografías”, nos decía entre lágrimas. Por poco nos morimos del disgusto. ¿Cómo ha podido usted convencerle para que hiciera tal cosa? Esto no puede quedar así. Aquí está el cheque y usted nos devuelve las fotografías. ¡Ahora mismo! No nos vamos sin ellas.

Intenté tranquilizarlas contándoles toda la historia, que por supuesto desconocían: que el hombre lo hacía por ellas, para mejorar la pobre jubilación que le había quedado. Las señoras fueron serenándose ante la evidencia de los hechos y comenzaron a verlo más claro, es más, a no verlo tan mal.

El cheque (con el precio final acordado, 15 millones de pesetas, aproximadamente 266.000 euros al cambio actual) permanecía sobre la mesa, donde lo habían arrojado cuando llegaron. A su vista. Y lo que al principio eran reproches e insultos, ahora eran preguntas aclaratorias: “¿Usted cree…? ¿No habrá problemas…? ¿Nos podemos ir tranquilas…? ¿Usted ha prometido…? Se sintieron aliviadas, se levantaron, me tendieron la mano y, cuando se disponían a abandonar el despacho, la hija se volvió y preguntó tímidamente: “¿Me puedo llevar el cheque?”.

En la reunión con los consejeros de Zeta, Antonio Asensio, siendo como era el dueño absoluto de sus publicaciones, me aconsejó no publicarlas pero respetando mi decisión de hacerlo, como director que yo era. Un experto se atrevió a aventurar que no valían tanto porque Franco estaba ya muerto.

Buscando una voz autorizada, me dirigí al doctor Hidalgo Huertas, del equipo médico habitual de franco, quien le había intervenido nada menos que tres veces seguidas. Todas a vida o muerte. Cuando extendí ante él las cuatro fotografías, su rostro se quedó tan pálido como la bata que llevaba:

– Pero ¿quién ha sido el canalla que ha hecho estas fotografías?

Sabiendo la amistad que le unía con el marqués, no quise decírselo; sólo pretendía que intentara informarme del momento aproximado en el que habían sido realizadas.

– Fueron hechas entre el 14 de noviembre, cuando tras la tercera operación le puse un drenaje a nivel del duodeno para que no pasara la bilis, y cualquier día antes del 20, cuando murió. Y en una de ellas se ve ese drenaje.

Con toda intención, le hice la siguiente pregunta:

– ¿Cuál fue la actitud del marqués de Villaverde como médico e hijo político de Franco durante toda su enfermedad y agonía de su suegro?

– Me alegro de que me haga esta pregunta bajo ese doble punto de vista. Cristóbal se portó como un hijo con su padre. Y su comportamiento como médico, digno de toda loa. En todo momento se comportó con una corrección auténtica y colaboró en lo que se le pidió.

Hablaba sin dejar de mirar las fotografías pero sin parar de musitar: “¿Quién habrá sido el cabrón que ha hecho las fotografías?, ¿quién habrá sido ese hijo de puta?”.

– Ni se debían haber hecho ni usted debería publicarlas. Va a hacer mucho daño. Y el mayor, a usted. No se lo van a perdonar ni la familia del Generalísimo ni los lectores.

Y acertó.

El marqués: “Me robaron las fotos”

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La hija de Franco, Carmen, junto a su esposo, el marqués de Villaverde. EFE

Al ver las fotografías publicadas en ‘La Revista’ en octubre de 1984, Cristóbal Martínez Bordiú, marqués de Villaverde, declaró: “Son mías. Pertenecen al historial clínico de Franco. No sólo clínicamente sino por la categoría excepcional del personaje, era necesario hacerlas y conservarlas. Estuvieron durante mucho tiempo junto a documentos muy reservados bajo llave en el cajón de mi mesa. Sin que corriesen el menor peligro, entre otras cosas, porque nadie sabía que estaban. Surgió, como todo el mundo recuerda, mi sustitución y expulsión de dicho centro. Tuve que abandonarlo inmediatamente. No me dieron tiempo ni a recoger mis cosas. De todas formas, allí parecían seguras. Hasta que obligaron a mi secretaria Arancha a entregar las llaves de armarios y cajones. En los dos meses que permanecieron allí hasta que yo ordené el traslado, alguien tuvo tiempo no sólo de ordenar sino de revisar mis documentos”.

“De todas formas” -continuó- “tengo perfectamente localizadas a las personas que tocaron esos cajones, en los que se encerraban las fotografías. Por lo tanto, insisto, no será difícil descubrir al ladrón. Llegaremos hasta donde haya que llegar, porque me va a ser facilísimo averiguarlo. Después, los tribunales de justicia tendrán la última palabra. Todo está en marcha. No quiero ni pensar, aunque sé que habrá mentes retorcidas que piensen que esas fotografías han salido de mis manos. ¡Qué horror, qué horror!”.

En el juicio se produjo una situación insólita. Al ser interrogado el marqués por el presidente del Tribunal sobre la opinión que tenía del procesado, éste respondió llenándome de elogios (“magnífica persona, buen periodista, todo un señor…”).

– Si el señor Peñafiel es todo lo que usted dice, no entiendo cómo le ha denunciado por robo -le interrumpió el magistrado.

– Yo sé que él no me ha robado las fotos, señoría.

– ¿Entonces?

– Es que quiero que confiese quién se las ha vendido.

El magistrado, indignado, le advirtió que podía procesarle por falsa denuncia. Finalmente el marqués fue condenado a pagar hasta las costas. (Mi abogada en tan delicado y difícil juicio no fue otra que la gran Cristina Peña, que entonces lo era del Grupo Zeta y hoy de nuestro periódico. También me salvó de las garras de Paesa, por entonces colaborador en los trapos sucios del Ministerio del Interior del PSOE, en un juicio que llegó hasta el Supremo porque le había llamado estafador).

Por su parte, la hija menor del marqués, Arancha, declaró, sin conocer aún quién había sido el autor: “La verdad es que mi familia está muy ofendida. Yo creo que después de nueve años de su muerte, no se deberían haber publicado tales fotografías. No se respetó en su día -el que hiciera las fotos- a un moribundo indefenso, y ahora no se ha respetado la memoria de un muerto”.

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