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‘Mi princesa roja’


MUSICAL.- ‘Mi princesa roja’

La mujer que amó José Antonio

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  • Jesús Cisneros, como José Antonio, baila con Cecilia Regino, Pilar Azlor BERNARDO DÍAZ

JAVIER VILLÁN. Madrid. J_Villan…Actualizado 05/11/201503:21

Mi princesa roja despertaba en mí un interés más político que artístico; la posibilidad de un proceso a Franco, por complicidad pasiva en el fusilamiento de José Antonio. Álvaro Sáenz de Heredia, raza de cineasta de trayectoria muy distante a la del director de Raza, no profundiza en esa culpa que atribuye también a Largo Caballero, títere de la bolchevización del PSOE. Fui al Arlequín para constatar posibles implicaciones con el M16, de Elizabeth Asquith, aristócrata británica, y me encontré a una mujer bella (Irene Mingorance) de la que se enamora Manuel Azaña que no puede competir con la arrogante virilidad de José Antonio.

Fui por razones políticas y salí cautivado por la belleza de un musical, género del que tampoco soy entusiasta. Sorprende por la sensibilidad plástica de sus imágenes; por su técnica cinematográfica y por el morbo de una figura política en clave romántica. La reivindicación de la doctrina de JA y la manipulación de la Falange por el general es cosa de los falangistas no franquistas, si es que queda alguno. Bellísimo espectáculo, cuya verdadera protagonista es la muerte, Ella (Sonia Reig) la sombra y la premonición de la muerte. Misterio y dramatismo. Y todo transcurre en ese segundo después del óbito, en que toda la vida, dicen, pasa rauda por el cerebro. Último segundo por que pasa toda una vida. Bob Wilson, me parece recordar, lo hizo con Hamlet.

La Muerte es la verdadera enamorada de José Antonio, más que Pilar, duquesa de Luna; más que Elisabeth Asquith, la princesa roja. Hasta Azaña sufre una convulsión cuando, a instancias de Bibiesco, accede a encarcelarlo para preservar su vida amenazada. Esa convulsión se intensifica cuando no logra liberarlo. Largo Caballero negó siempre que él no accediera al canje por un hijo suyo también encarcelado. Franco, asesorado, según el texto de Álvaro Sáenz de Heredia, por Queipo de Llano, el general borracho según Alberti y testigos presenciales, miró para otro lado.

Elizabeth Asquith, la amante, la princesa roja, se convierte así en un ser trágico, con todos los elementos de una heroína fatal de Sófocles o de Eurípides. Azaña, por otra parte, en sus dudas y tribulaciones, adelanta el perfil de un político con conciencia de culpa, que dijo en su postrer discurso: “Paz, piedad, perdón”.

Los musicales, tanto en cine como en teatro, me aburren; pero en este ha prevalecido mi apreciación del montaje sobre otras consideraciones y de la palabra hablada, razonablemente respetuosa con la palabra cantada. Me parecieron excelentes la voz poderosa del barítono Paco Prado (Azaña); y las de las chicas, líricas, muy sugestivas e insinuantes: Sonia Reig, la Muerte; Cecilia Regino, Pilar, la novia, aristócrata; e Irene Mingorance, el amor prohibido y total. Hermosas las tres, con suficiente calidad de actrices para iluminar el escenario. Las voces y el canto, podría aquilatarlo mejor Tomás Marco.

Mi princesa roja es un montaje bello y honrado; un texto valiente sin estridencias doctrinales que afirma que Primo de Rivera fue mejor comprendido por la izquierda más responsable que por la derecha y la aristocracia que lo detestaba. Cuando el padre de Pilar, su novia, le obliga a romper con ella, José Antonio le escupe: “No hay más aristocracia que la del trabajo“. Con él coincidiría años más tarde el Nobel Albert Camus: “No hay más aristocracia que la del trabajo y la inteligencia”.

José Antonio sigue siendo una herida abierta y sin cicatrizar de la historia de España; cumple a los falangistas reivindicar la figura y doctrina de su líder. Los no falangistas, marxistas melancólicos, pero estudiosos de la historia hemos estado condicionados siempre por el barniz fascista musoliniano del primer José Antonio. Cumple a los falangistas, si alguno ha sobrevivido a la perversidad y a la sodomización de su doctrina por parte del general, esa labor de reconstrucción histórica. Olvidarse de la “dialéctica de los puños y las pistolas” y profundizar. De todas formas, tampoco hay que cogérsela con papel de fumar. Marx afirmó que la partera de la historia es la violencia.

Por lo que a mí respecta, como crítico teatral no estrictamente musical, considero que este montaje de Álvaro Sanz de Heredia, es de una belleza inusual. Y que el doble plano, de la escénica realista y su prolongación virtual es un alarde técnico de espléndida fusión de dos lenguajes que no siempre ha dado buen resultado: el cine y el teatro. Resolución, sobre todo para representar las escenas de masas.

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