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Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

Exploraciones en América del Norte


HISTORIA

España en el suroeste de los EEUU: De Cabeza de Vaca a Juan de Oñate (I)

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Los españoles, sintiendo, desde fechas muy tempranas de su presencia en Nueva España, la llamada de seguir ‘plus ultra’, se adentraron en el interior del territorio norteamericano, siendo los primeros europeos en hacerlo. Allí descubrieron inmensos territorios y pueblos muy diferentes a aztecas, tlaxcaltecas y mayas, en lenguas, costumbres y cosmologías.

José Antonio Crespo-Francés.-

En 1550 el Emperador Carlos I de España y V de Alemania ordenó que no se hicieran nuevas expediciones ni se conquistasen más territorios hasta que un organismo de inspectores establecido por cada audiencia pudiera determinar si las conquistas podían hacerse sin injusticias a los indígenas que viviesen en esas tierras. Felipe II se mantuvo en las mismas directrices a pesar de lo que la leyenda negra siempre envolvió tratando de oscurecer las actuaciones de ese monarca y en general de la conquista, asentamiento y poblamiento español. Dejando claro que hubo episodios de injusticia y explotación, lo que debe quedar claro es que la Corona siempre tuvo como una de sus principales preocupaciones la protección y respeto a los naturales de los nuevos territorios tal como se reflejó en las Leyes de Indias y en sus antecesoras las Leyes de Burgos de 1512.

La ‘frontera del norte’ era el límite tras el que las aventuras estaban totalmente prohibidas y severamente castigadas. Cuando alguien se marchaba de allí sólo podía ir al sur. Eso hizo que con el tiempo la idea de ‘marchar’ e ‘irse para atrás’ significara lo mismo; de hecho, en Nuevo México todavía hoy en día se conserva entre algunos la costumbre de decir ‘irse para atrás’ para ‘irse de viaje’.

El 30 de abril de 1598, tras desaparecer las trabas e impedimentos burocráticos virreinales y de una dura y tortuosa marcha a través del Camino Real de Tierra Adentro, que unía del sur a norte la ciudad de México con Santa Bárbara, la ciudad más norteña del Virreinato de Nueva España, Juan de Oñate, con algo más de 120 familias en 93 carretas tiradas por bueyes y un grupo de indígenas aliados tlaxaltecas, acompañados de 8000 cabezas de ganado, funda la provincia de Nuevo México, tomando posesión del territorio en nombre del Rey de España y llevando a cabo la primera celebración de Acción de Gracias en los actuales territorios del suroeste de los Estados Unidos de América, antes de la celebrada por los peregrinos anglosajones en 1622, y considerando la primera aquella que en 1565 había celebrado en Florida el gobernador, capitán general y adelantado Pedro Menéndez de Avilés.

Expediciones previas

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Un antiguo mito medieval estimuló a los españoles a seguir ‘más allá’: las Siete Ciudades de Cíbola. Cliff Dwellings en el Parque Nacional de Mesa Verde. Edificaciones nativas tan parecidas a las que los exploradores habían dejado en España y que les llevó a denominarles ‘indios pueblos’. Foto US Government. Estas magnas construcciones fueron abandonadas antes de la llegada de los europeos a causa de las sequías producidas por un drástico cambio climático.

Pero hablemos primero de las expediciones previas a este vasto territorio y su justificación: siempre existió y se mantuvo vivo el mito de los reinos o imperios de Quivira y de las Siete Ciudades de Cíbola, así como la aspiración de encontrar el posible y quimérico paso que uniera el Atlántico y el Pacífico por el norte para con ello evitar el lejano estrecho de Magallanes.

El primer español que describió el sur de Norteamérica fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien, como consecuencia del fatal naufragio de Pánfilo de Narváez en su viaje a la Florida, emprendió un épico viaje terrestre en busca de gente conocida donde guarecerse tras la pérdida de todas las tripulaciones de la expedición fallida de Pánfilo de Narváez a la Florida. Cabeza de Vaca, Andrés Docampo, Alonso del Castillo Maldonado y un sirviente negro, Estebanico, hicieron a pie un recorrido incomparable desde Florida al Golfo de California, medio siglo antes de que cualquier otro europeo pisara la costa atlántica.

Un antiguo mito medieval estimuló a los españoles a seguir ‘más allá’: las Siete Ciudades de Cíbola. Cliff Dwellings en el Parque Nacional de Mesa Verde. Edificaciones nativas tan parecidas a las que los exploradores habían dejado en España y que les llevó a denominarles ‘indios pueblos’. Foto US Government. Estas magnas construcciones fueron abandonadas antes de la llegada de los europeos a causa de las sequías producidas por un drástico cambio climático.

Lugares en España, como San Juan de la Peña y San Urbez en Huesca, Monasterio de la Hoz en Guadalajara, San Miguel del Fai en Barcelona, Virgen de la Peña en Tosantos Burgos, Ermita de San Tirso y San Bartolomé en Las Merindades, Santos Justo y Pastor en Olleros de Pisuerga, debieron estimular la imaginación de los españoles que vieron por primera vez los asentamientos pueblos.

Las siete ciudades de Cíbola

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Lugares en España, como San Juan de la Peña y San Urbez en Huesca, Monasterio de la Hoz en Guadalajara, San Miguel del Fai en Barcelona, Virgen de la Peña en Tosantos Burgos, Ermita de San Tirso y San Bartolomé en Las Merindades, Santos Justo y Pastor en Olleros de Pisuerga, debieron estimular la imaginación de los españoles que vieron por primera vez los asentamientos pueblos.

Otro mito, como el de las minas del rey Salomón, que estimuló a los españoles a ir ‘más allá’, fue la leyenda de las Siete Ciudades de Cíbola. Este mito procede de la Reconquista: hacia el 1150, cuando los moros tomaron Mérida y otras ciudades extremeñas, se dijo que siete obispos y varias familias huyeron y, tras embarcar en Portugal, navegaron hacia occidente, donde alcanzaron una tierra en la que fundaron siete ciudades en las que abundaba el oro y las piedras preciosas.

Los informes que ofreció Cabeza de Vaca a su regreso, en los que aparecían esas ciudades de piedra, refrescaron ese mito de tal modo que el Virrey Mendoza encomendó una exploración en septiembre de 1538 a Fray Marcos de Niza, cuya experiencia ya era importante, pues había recorrido Santo Domingo, Guatemala y Perú, donde acompañó a Pedro de Alvarado. El franciscano salió de San Miguel de Culiacán, en donde le despediría el Gobernador de Nueva Galicia, una de las divisiones del territorio novohispano, Francisco Vázquez de Coronado. Caminó hasta el golfo de Baja California y luego hasta Cíbola, en Nuevo México.

Itinerario del viaje realizado por fray Marcos de Niza en 1539 en busca de las legendarias Siete Ciudades de Oro de Cíbola y Quivira, expedición que se organizó por iniciativa del virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, después de escuchar los relatos de Álvar Núñez Cabeza de Vaca sobre la existencia de una gran ciudad habitada por guerreros invencibles, a la que la llamada a la aventura en búsqueda de la riqueza identificó inmediatamente con esa vieja leyenda medieval de Cíbola y Quivira, ciudades construidas en oro y llenas de riquezas. Aunque Fray Marcos nunca la encontró, si que escuchó nuevos relatos de los indios sobre ella, pero estos se referían a la ciudad de Acoma, ciudad que era considerada inexpugnable. Francisco Vázquez Coronado la buscaría y la encontraría, maravillándose de su construcción, pero nadie volvería allí hasta sesenta años después. Coronado fue bien recibido, los hombres de Oñate no tendrían el mismo recibimiento.

Se cree que el fraile relacionaría su destino de contactar con los indios con los que había tratado Cabeza de Vaca, y la búsqueda de las Siete Ciudades de Cíbola, con los siete pueblos zuñi que había en ese momento. La expedición regresó un año después, llegando a la capital, Ciudad de México, el 2 de septiembre de 1539.

Exploración sistemática

Otra expedición que buscó explorar los amplios territorios del norte fue la de Francisco Vázquez de Coronado, Gobernador de Nueva Galicia. No podemos olvidar que esa metódica exploración terrestre iba complementada por la expedición marítima de Hernando de Alarcón, marino y explorador, recordado por haber sido el primer europeo conocido en explorar el río Colorado. Desapareció en el transcurso de esa exploración, después de haber entrado en el río desde su desembocadura en el golfo de California.

La decepción

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Esta es la travesía conocida como Jornada del Muerto, que Juan de Oñate y su expedición recorrieron durante casi 120 kilómetros hasta llegar a un asentamiento de indios Pueblo que les auxiliaron. Por ello Oñate llamó a aquel asentamiento Socorro. El nombre de Jornada del Muerto parece probable que se deba a que es un lugar donde no hay agua, ni leña, ni pastos. En el siglo XX la Jornada del Muerto sería el lugar elegido para la primera prueba atómica el 16 de julio de 1945.

La expedición de Coronado, escrita por Pedro Castañeda de Nájera, participante en la expedición, hizo bajar las aspiraciones de los exploradores, pues demostró que no existían las fabulosas riquezas que había relatado Fray Marcos de Niza. El desencanto ya había sido tremendo en la misma expedición pues las casas en las que se suponía que habría oro eran de aspecto mucho más desolado que las que habían ido viendo a lo largo del viaje.

Misioneros en solitario

Los propósitos misioneros eran tan fuertes que hubo religiosos que se dirigieron hacia el norte buscando cristianizar a aquellos pueblos de los que ya se iba teniendo una idea precisa. Fray Agustín Rodríguez obtendría permiso del Virrey para salir hacia tierras de misión, acompañado por dos sacerdotes, Fray Francisco López y Fray Juan de Santa María y 16 indios mexicanos. Llevarían la protección del capitán Francisco Sánchez Chamuscado y nueve soldados. Partieron en junio de 1581 pero en Tiguex enfermó el capitán Sánchez y falleció. Los soldados aconsejaron el regreso pero los franciscanos se despidieron de ellos y siguieron adelante predicando la fe cristiana, hasta que fueron martirizados y muertos por los indios.

Sin saber la situación de los frailes, Antonio de Espejo partiría, en noviembre de 1582 hacia el norte con 2 franciscanos, 15 soldados y algunos ayudantes indios. En Tiguex supieron de la muerte de Fray Agustín, y en Acoma tres indios novohispanos supervivientes de la expedición de Coronado les relataron el martirio de los misioneros. Los exploradores regresaron a Santa Bárbara en julio de 1584.

Esta es la travesía conocida como Jornada del Muerto, que Juan de Oñate y su expedición recorrieron durante casi 120 kilómetros hasta llegar a un asentamiento de indios Pueblo que les auxiliaron. Por ello Oñate llamó a aquel asentamiento Socorro. El nombre de Jornada del Muerto parece probable que se deba a que es un lugar donde no hay agua, ni leña, ni pastos. En el siglo XX la Jornada del Muerto sería el lugar elegido para la primera prueba atómica el 16 de julio de 1945.

Expediciones sin autorización

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La llamada hacia el norte era tan poderosa, a pesar de la pobreza de aquel territorio y sus gentes, hubo expediciones no autorizadas. Gaspar Castaño de Sosa, bravo portugués, enérgico, buen organizador, comprensivo y de gran imaginación se lanzó a la aventura sin la pertinente solicitud al Virrey de Nueva España ni a la Casa de Contratación de Sevilla.

Poco después, dos capitanes Francisco de Leyva y Bonilla y Antonio Gutiérrez de Humaña, partieron sin autorización desde Chihuahua e intentaron seguir la ruta de Coronado, llegando hasta Nebraska. Llevaron a cabo otro intento en el Lejano Norte que fracasó. En 1593 cruzaron el río Grande y alcanzaron Taos. Bonilla, enfrentado con su compañero en el ejercicio del mando, murió en un duelo con Gutiérrez quien luego perdería la vida a manos de los indios. De esta expedición sólo sobrevivieron un soldado llamado Alonso Sánchez y una muchacha mulata que se quedaron a vivir entre los indios de Quivira a los que años más tarde allí los encontró otro personaje importante, Juan de Oñate, el verdadero fundador de Nuevo México y a quien contaron todos los detalles de la desventurada expedición, pero no quisieron acompañarle en su regreso.

Estas y otras expediciones, en las que no se encontró oro ni plata, mantuvieron vivo el propósito evangelizador y colonizador en un territorio que, tiempo después, recibió el nombre de Nuevo México, como extensión del verdadero México, y en donde florecería con pujanza la cultura hispana, pero esto sería ya objeto de un tratado exclusivo.

España en el suroeste de los EE UU: De Cabeza de Vaca a Juan de Oñate (II)

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El Camino Real de Tierra Adentro

Por José Antonio Crespo-Francés.-

Como ya hemos señalado en el artículo anterior, 1583 es el año en el que Felipe II, de España y I de Portugal, emite una Real Cédula por la que concede el preciado y anhelado bien de la nobleza de la Hidalguía a todos los que se establecieran al Norte del río Grande así como a sus descendientes.

El virrey hizo entrega a Juan de Oñate el asiento con las detalladas instrucciones para su expedición, entre las que se encontraba la de descubrir y poblar las nuevas tierras siempre “con toda paz, amistad y cristiandad”, nombrándole gobernador de este territorio, que sería llamado Nuevo México y que tendría carácter hereditario, por lo que pasaría a su muerte a manos de su hijo. Luego Oñate iría solicitando socorros para la organización de la expedición.

El propio virrey suministraría a la expedición las municiones, pólvora y los cañones que necesitaban, mientras que el resto del material de guerra sería financiado en su mayor parte por el propio Oñate, que empeñaría con ello la fortuna familiar. Estaba obligado a reclutar a 200 hombres totalmente equipados a su costa, cinco sacerdotes y, como se trataba de colonizar y poblar los nuevos territorios, también acompañarían a la expedición mujeres y niños, y cerca de 8.000 cabezas de ganados entre las que se contaban, 3000 ovejas, 1000 cabras, 1000 carneros y 1000 vacas además de 150 caballos y 150 potros.

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Mapa con la situación de Acoma y dibujada con la línea de trazos la ruta que ya en 1605 seguiría Oñate para alcanzar el Golfo de California, con la esperanza de abrir una nueva ruta por mar que le comunicará con Nueva España, aunque los territorios que tenía que atravesar eran muy peligrosos y no disponía de hombres para establecer una ruta segura hasta allí

Esta expedición, como la de Coronado, también tuvo sus incursiones por mar de la mano de Sebastián Vizcaíno (1548-1628), navegante español, nacido en 1448 en Extremadura y muerto en Nueva España en 1628. Tras varias expediciones por el Pacífico partió al mando de una expedición organizada por el virrey Luis de Velasco, cuyo fin era la exploración de la costa norteamericana, en busca del estrecho de Anián, que por el norte ofreciera un paso del Pacífico al Atlántico, y de puertos de descanso para las naves que venían de Filipinas. En 1596 descubrió la Baja California como Nueva Andalucía. En 1602 dirigió una segunda expedición, en la que participaron fray Antonio de la Ascensión, Toribio Gómez de Corbán, Gaspar de Alarcón y Jerónimo Martín de Palacios, recorriendo la costa de la Alta California hasta el cabo de Mendocino y descubriendo la bahía de Monterrey.

Estas expediciones, tanto terrestres como marítimas, eran de una gran dureza y se hacían necesarias unas muy buenas condiciones físicas y gran capacidad de sacrificio y de resistencia para afrontarlas. En su mayoría se reclutó personal procedente de la península de todas las regiones de España, viajando en ella familias cuyos cabezas eran veteranos de las guerras de Flandes, y así lo podemos ver en las descripciones físicas que ofrece Gaspar de Villagrá en el listado de expedicionarios cuando pormenoriza los rasgos físicos de los alistados entre los que se incluían las cicatrices en cara y cuerpo, o ausencia de dedos.

Juan de Oñate, hijo de Cristóbal de Oñate fundador de Zacatecas, descubridor y dueño de las mayores minas de plata del momento, se había casado con la princesa Isabel de Tolosa Cortés Moctezuma, hija de Juanes Tolosa, cofundador de Zacatecas con su padre, y de Leonor Cortés de Moctezuma, hermanastra de Martín Cortés, hijo de Hernán Cortés. Don Juan de Oñate era criollo, o sea nacido en la Ciudad de México de padres peninsulares. Su esposa Isabel, era nieta como se ha dicho de Hernán Cortés y biznieta de Moctezuma, así el mismo Oñate simboliza en su familia la principal riqueza de la Hispanidad, el mestizaje, por tantos denostado.

El capitán Gaspar Pérez de Villagrá es la gran figura a reivindicar para el orgullo hispano y para la historia de los Estados Unidos de Norteamérica, como el primer europeo y hombre de leyes que actuó en labores de justicia en los territorios de esa nación, el primer juez de los EEUU. Villagrá había estudiado leyes y ejerció como procurador de justicia de la expedición y como notario de la misma, era un hombre de letras que sin duda soñaba con la gloria literaria, por eso emprendería una obra singular: la redacción de un monumental poema épico sobre la conquista de Nuevo México por Oñate, donde relata detalladamente la expedición, constituyendo esta obra la primera obra literaria íntegramente dedicada a los actuales Estados Unidos de América, y por la que se tienen las primeras noticias de sus tierras y sus pobladores. Allí se describe por primera vez a los búfalos o bisontes (cíbolos) y el encuentro de un europeo con un tornado, relatando el propio Villagrá cómo tuvo que asirse a una roca para no ser arrancado con su armadura y salir volando por los aires como una espiga de trigo.

A pesar de la detallada preparación, la partida de la expedición se complicó por motivos ajenos a la misma cuando Luis de Velasco, virrey de Nueva España en aquel momento y valedor de Juan de Oñate, fue nombrado en 1595 virrey del Perú, siendo relevado en el cargo por Gaspar de Zúñiga y Acevedo (1560-1606), quien tenía en mente a otro hombre para liderar la expedición, que no era otro que su amigo Pedro Ponce de León, aunque afortunadamente éste no contaba con los recursos económicos exigidos para acometer los gastos de organización de la expedición.

Oñate siguió adelante con sus planes pero sufrió una guerra psicológica de desgaste. Cuando en enero de 1597 lo tenía todo preparado para partir desde el asentamiento más norteño de Nueva España, la población de Santa Bárbara, en el actual estado mexicano de Chihuahua, Gaspar de Zúñiga, que no mantenía ninguna simpatía personal con Oñate y estaba dispuesto a poner todas las trabas posibles para torpedear la expedición, aún ignorando las instrucciones del propio Felipe II, que ya había ordenado el inicio de la expedición, envió una nueva inspección de la expedición, que terminaría, como no podía ser de otra manera, con un resultado positivo, pese a ordenar otra nueva inspección, señalando la prohibición expresa de que no se iniciase nada sin obtener su permiso.

Con todas estas visitas de inspección, claramente innecesarias, lo único que pretendía Zúñiga era sembrar el desánimo y descontento entre los expedicionarios y sus familias, algunos de los cuales abandonaron ante tal dilación. Por otra parte Oñate sólo tenía 120 soldados, cuando el asiento firmado estipulaba que debía armar a su costa a 200 hombres, por lo que el visitador enviado por el virrey Zúñiga, Juan Frías de Salazar, le impidió a Oñate a iniciar su marcha, argumentando como disculpa incumplimiento del contrato.

Con todas estas trabas oficiales, la expedición sufrió un nuevo retraso hasta 1598, pero finalmente el 26 de enero de 1598 Frías, sin nuevos pretextos para retrasar la partida de la expedición, autorizó finalmente la expedición, y Oñate partió de Santa Bárbara en dirección a la frontera del norte. La columna era impresionante, digna de que algún cineasta reflejara en un film esta epopeya, con más de siete mil cabezas de ganado, con sus 120 soldados acompañados de sus familias, esposas e hijos de todas las edades, en una cadena de 83 carros tirados por bueyes, a la que se incorporarían en el mes de marzo dos sacerdotes y ocho monjes franciscanos, que serían los responsables de la atención espiritual de la expedición y de la evangelización de los nuevos territorios. En esa expedición se dibujaba un microcosmos de España pues sus miembros eran originarios de las cuatro esquinas del territorio peninsular y de Canarias, hecho que queda patente en los nombres y topónimos que han quedado en Nuevo México.

Oñate organizó la columna enviando una vanguardia para seguridad y reconocer los pasos complicados. Esa avanzadilla del cuerpo principal expedicionario estaba formada por diecisiete hombres bajo el mando de su sobrino Vicente de Zaldívar, con el cometido de explorar el itinerario y reconocer tanto los puntos de paso obligado como los lugares más adecuados para detenerse, así como prevenir cualquier emboscada de partidas de nativos nómadas. Aquellos valientes expedicionarios se internaban en un territorio habitado por diferentes pueblos con lenguas también diferentes, como los indios hopi, los tewas o tanos, zuñis, o los apaches entre otras muchas como los comanches o los navajos.

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A la izquierda tenemos un mosquetero y a la derecha un arcabucero.

La Semana Santa de 1598 la pasaron junto a un río al que dieron el nombre de Jueves Santo, tal y como relata Villagrá, describiendo los oficios religiosos incluso la autolaceración de Oñate. Después reanudaron su camino, que les llevaría hasta una nueva corriente fluvial que les interrumpía el paso hacia hacia el norte: el Río de las Conchas, y para atravesarlo Oñate ordenó desmontar veinticuatro ruedas de las carretas, atarlas y cubrirlas con troncos para formar un puente y de esta manera el resto de carretas y el ganado lo pudieran atravesar. Pensemos que este proceso con todo el personal e impedimenta además del ganado, les llevó nada más y nada menos que una semana.

Por fin el 20 de abril de 1598 llegaron a las orillas del Río Grande o Bravo del Norte, que con un recorrido de 3034 kilómetros, recorre los actuales estados norteamericanos de Colorado, Nuevo México y Texas, para luego internarse en México recorriendo Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, para desembocar en el Golfo de México. Es en este punto clave, el hoy conocido como Paso del Norte, donde se encontraba la expedición de Oñate, que tendrá que hacer frente a varios ataques de tribus nómadas, hasta que una vez totalmente atravesado el río en los primeros días de mayo, junto a las ciudades fronterizas de Ciudad Juárez en México y El Paso en los Estados Unidos, Oñate ordenó levantar junto a la orilla una capilla, donde tres semanas después ya estaba lista para celebrar una misa de acción de gracias en la que agradecen a Dios la fortuna de haber cruzado a la nueva tierra sin problemas.

En el texto de Gaspar de Villagrá encontramos la fórmula de la toma de posesión, en nombre de Felipe II, que fallecería ese mismo año y que fue empleada aquel histórico día 30 de abril de 1598:

“En el nombre de la Santísima Trinidad y de la individua unidad eterna, deidad y majestad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y una sola esencia y un solo Dios verdadero…. Quiero que sepan, los que ahora son o por tiempo fueren: como yo, don Juan de Oñate, Gobernador, y Capitán General, y Adelantado de la Nuevo México y de sus Reinos y Provincias… en cuyo sólido fundamento estribo para tomar la sobredicha posesión de estos Reinos y Provincias en el sobredicho nombre del Rey Felipe II”.

Así nació y sería recordado el Primer Día de Acción de Gracias español en el suroeste de los Estados Unidos. En su largo documento Oñate hace descansar su derecho como representante de Felipe II en la bula del Papa Alejandro VI de 1497, que daba poder a los reyes de España de colonizar y evangelizar el Nuevo Mundo. Como nos dice Ch.F. Lummis en “Los Exploradores del Siglo XVI”, “sorprende por el número la proporción de hombres educados en colegios que había entre los exploradores; la inteligencia y el heroísmo corrían parejas en los comienzos de la colonización del Nuevo Mundo”.

Después, reorganizó y puso en marcha la columna para retomar el itinerario seguido junto al curso del Río Bravo, hasta separarse del mismo y adentrarse en una peligrosa zona desértica conocida como la Jornada del Muerto, en la que a lo largo de unos 120 kilómetros no existía ni el menor rastro de cursos fluviales ni pozos para abastecerse de agua. Por fortuna, en los límites del desierto se encontraron con un grupo de indios pueblo, que con gran hospitalidad les prestaron ayuda, ofreciéndoles agua y alimentos. Por tal motivo Oñate llamó a aquel pueblo Socorro.

Una vez recuperadas las fuerzas, la columna reinició la marcha, llegando hasta otro asentamiento de otra parcialidad de indios pueblo, los Oh-Ke, que los recibieron sin hostilidad. Allí será donde Oñate decidirá establecer su primer asentamiento en un lugar al que dará el nombre de San Juan de los Caballeros, en honor del santo patrón de Oñate, llamando a la nueva fundación San Gabriel. Hasta entonces, 18 de agosto de 1598, la expedición ya había recorrido 1000 kilómetros desde que partiera de Santa Bárbara el 26 de enero de 1598, decidiendo invernar allí para no sufrir incursiones de los nómadas apaches.

Tras la toma de posesión y la primera fundación en Nuevo México aquel fue un durísimo primer invierno para los recién llegados a un territorio hostil, árido y lo que era peor, a más de mil kilómetros de la población española más cercana. Realmente las dificultades no habían hecho más que empezar.

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En este periplo se encontraron con la mítica Acoma, descrita por Fray Marcos de Niza, quedando maravillados por su imponente situación en un roquedo aislado, aunque no vieron las riquezas de las que hablara Fray Marcos. Los pobladores, sorprendidos por la presencia de aquellos extraños hombres con extraña vestimenta metálica, les trataron con hospitalidad. Casi sesenta años después del aquel primer encuentro, los españoles regresaban a aquel mismo lugar

El 8 de septiembre de 1598, fiesta del nacimiento de la Virgen María, fue señalado para la dedicación de una pobre y humilde capilla y para dar gracias a Dios que les había ayudado a llegar a su destino con vida y salud y sin grandes contratiempos. Fray Alonso Martínez, superior de los franciscanos, celebró la misa, y Fray Cristóbal Salazar predicó el sermón. El culto católico hacía sentirse en casa a los colonos y les daba ánimo para seguir adelante. Esta Acción de Gracias fue la primera realizada en los actuales territorios de los Estados Unidos de América y cuya hermoso celebración concluyó con la representación de la obra teatral Moros y Cristianos, que el capitán Marcos Farfán de los Godos había vuelto a escribir y a montar.

La obra se representó en el campamento españo con el beneplácito de todos. Era una obrita sencilla, escrita en versos pobres, pero que revelaban todo el entusiasmo de la Fe de los hispanos. Fue la primera obra de teatro escrita y representada en los Estados Unidos. Villagrá no hace referencia de los detalles de la comida de aquel día, pero sin duda se sacrificaron muchos corderos y becerros y todos disfrutaron en paz de aquel día de descanso.

Es muy posible que los indios del vecino pueblo de Ohke asistieran admirados a aquella celebración, pues los hispanos les estaban sumamente agradecidos por su hospitalidad, hasta el punto de dar el nombre “de los Caballeros” a su fundación, a fín de recordar la nobleza de la bienvenida cordial de los indígenas. Insisto en que aquella fue el primer “Día de Acción de Gracias” (Thanksgiving) que se celebró en lo que es hoy el territorio del suroeste de los Estados Unidos de América; veintitrés años antes de que los “Peregrinos” de Plymouth Rock celebraran su “Thansksgiving Day”.

Según pasaban las semanas fueron percibiendo los recién llegados que aquella tierra no era tan rica y fértil como soñaban, sino un lugar árido y rodeado de gentes hostiles, por lo que cundió el desánimo entre muchos de aquellos hombres que habían acompañado a Oñate al verse defraudados por el panorama en el que no veían futuro para sus familias, por lo que tomaron la decisión de abandonar el nuevo asentamiento y regresar a Nueva España.

Un total de 45 hombres con sus familias querían abandonar el proyecto, decisión que ponía en peligro al resto de la expedición, así como al cumplimiento de los objetivos de asentamiento y poblamiento, por lo que al surgir este conato de rebelión Oñate decidió cortarla de raíz reprimiendo con severidad el levantamiento. Para ello acusó a los cabecillas de desertores, lo que llevaba consigo una inmediata condena a muerte. Ante esta drástica situación uno de los franciscanos, fray Alonso Martinez, intercedió por ellos, solucionándose el conato de rebelión sin que se produjera ninguna muerte, aunque en aquel momento cuatro de sus hombres ya habían desertado y abandonado el campamento.

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Sobre esta imagen de la expedición de Tristán de Luna nos hacemos idea de la importancia de su exploración para conocer parte del recorrido que debía cubrir el itinerario desde Zacatecas a Santa Elena.

Oñate designó a su hombre de leyes por ser además de su entera confianza, Gaspar Pérez de Villagrá (1555-1620), para que persiguiera a los desertores, dado que no podía permitirse el lujo de dejarlos sin castigo para que el mal ejemplo no cundiera entre las filas de nuevos colonos. Tras varios días de persecución Villagrá conseguiría atrapar a dos de ellos antes de que cruzaran Río Bravo y entraran en el territorio de Nueva España, donde Oñate no tenía ya jurisdicción. Serían juzgados por Oñate, declarados culpables por deserción, condenados a muerte y ejecutados.
Pero Oñate era consciente de que tenía que ofrecer algo mejor a sus camaradas de de expedición que aquel asentamiento en una región árida y sin ningún aliciente para quedarse allí y prosperar, por lo que llevaría a cabo nuevas exploraciones por la región, enviando de nuevo a su sobrino Vicente de Zaldívar al madnod e esa misión, que se dirigió hacia el este, penetrando en el territorio que hoy conocemos con el nombre de Texas, donde tendría su primer encuentro con las enormes manadas de búfalos a los que los españoles dieron el nombre de cíbolos.

Cazaron algunos de ellos y comprobaron que eran indómitos y no podían domesticarse para ser utilizados como ganado. Finalmente la expedición regresó a San Gabriel sin haber alcanzado uno de sus principales objetivos: llegar hasta el Atlántico. Realmente desconocían la inmensidad continental que separaba el norte de Nueva España de las costas norteamericanas del Atlántico.

La búsqueda de un itinerario hacia el norte de la Florida seguía siendo una preocupación, ya que desde 1565 ya lo había intentado Juan Pardo, enviado por Pedro Menéndez de Avilés, desde Santa Elena en la Florida, y que llegó a sobrepasar únicamente la cadena montañosa de los Apalaches. La finalidad de encontrar este itinerario obedecía al deseo de librar las rutas marítimas que partían desde Veracruz a España a través del Caribe infestado de piratas y corsarios. En Nueva España también se interesaba por el posible itinerario para socorrer a La Florida.

Una vez realizada una incursión hacia el este fue enviada otra partida de exploración hacia el oeste para tratar de llegar al Pacífico, pero igualmente desconocían la auténtica extensión de aquellos territorios y por ello regresaron de nuevo sin alcanzar la costa. A pesar de todo Juan de Oñate persistió en su empeño y con su sobrino Zaldívar volvería de nuevo a la carga para dirigirse hacia el oeste y alcanzar finalmente las costas del Pacífico, para lo cual deberían de atravesar territorios de las diferentes tribus desconocidas para ellos que ya hemos mencionado: apaches, comanches, navajos, hopi y los indios pueblo.

En búsqueda del ansiado itinerario terrestre entre Nueva España y la Florida, en concreto hacia Santa Elena, que evitara el encajonamiento de salida del Caribe en el que acechaban piratas y corsarios.

Inicialmente pareció que eran bien recibidos, pues los caciques descendieron hasta donde se encontraban los españoles para darles la bienvenida, aunque aquellos indios queres, pertenecientes a los indios pueblo, recelaban de aquellos hombres blancos de extraños atuendos y armas, por lo que decidieron que la mejor forma de librarse de ellos era matar a su jefe. Les invitaron a subir a la ciudad para visitarla aunque, en realidad, les conducían a una emboscada. Acompañado de diez de sus hombres, Oñate siguió a los indios por aquellos senderos sobre el abismo y donde un paso en falso podía suponer la muerte, mientras contemplaban las casas distribuidas a lo largo del macizo rocoso, con sus terrazas y albercas donde almacenaban el agua de lluvia. Hubo un momento en el que Oñate desconfió y se negó a proseguir, los nativos quizá porque no habían entrado del todo en la zona de emboscada, no actuaron y les dejaron marchar.

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