Albherto's Blog
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“La Faraona”, la Lola de España.


VARIEDADES

Veinte años sin ‘La Faraona’

  • El 16 de mayo de 1995 moría en su casa de la urbanización de La Moraleja, Lola Flores, la Lola de España.

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Lola Flores

Manuel Román 2015-05-16

Fue el 16 de mayo de 1995. Madrugada en “El Lerele”, La Moraleja, urbanización situada en la zona norte de Madrid. Moría la más popular de las artistas folclóricas, Lola Flores.

Ya es difícil hoy apuntar algo nuevo sobre “La Faraona”. Enterrada con una mantilla blanca, que le había regalado su comadre Carmen Sevilla (ahora con su mente apresada por el mal de Alzheimer, recluida en una residencia); sosteniendo entre los dedos un rosario plateado; maquillado ligeramente su rostro, con las uñas pintadas de rojo, y sin zapatos, descalza, como había dispuesto. Sus restos mortales estuvieron expuestos a la curiosidad y homenaje de doscientas mil personas –algo nunca visto hasta entonces en un personaje de la farándula- que desfilaron ante el féretro depositado en el Centro Cultural Villa de Madrid. Y de la capilla ardiente al cementerio de la Almudena. Donde Pepe de Triana le cantó “La Zarzamora”. De esto se cumplen veinte años. Y no la hemos olvidado.

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Su representante durante cuatro décadas fue Pepe Vaquero. Le organizó por Marruecos una gira en 1959, a razón de cincuenta mil pesetas diarias. En uno de sus palacios, en Rabat, la recibió el Rey Mohamed V, quien entusiasmado con su arte le regaló un camafeo rodeado de brillantes. Viajaría a América en una cuarentena de ocasiones. Se embarcaba en octubre y no regresaba a España hasta abril. A razón de diez mil dólares semanales, cuando se cotizaba a sesenta pesetas. Lola mandaba a su tata hacer comidas españolas para toda su “troupe”, a base de cocidos, lentejas con chorizo, huevos con papas fritas… Gloria Lasso contaba en sus memorias que un día los gitanos que acompañaban a Lola dieron en freír sardinas en el somier de una de las habitaciones que ocupaban en el lujoso hotel Jorge V, de París.

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Algo parecido a lo que hizo también Carmen Amaya. El apodo de “La Faraona” se lo puso un empresario azteca, Cacho Peralta. En Nueva York se enfadó cuando le presentaron la factura del hotel. “Pero si yo no bebo ron… y aquí no aparece más que “room” y más “room”….Fue siempre mala administradora de sus bienes.

Logró que el Ministro José Solís le impusiera el Lazo de Isabel la Católica, que le suponía ostentar el tratamiento de Excelentísima señora. Pretendió que la nombraran Marquesa de Torres Morenas para alternar “de tú a tú” con la Duquesa de Alba. Ahí sí que no logró su aspiración.

Pintora “naif” llegó a cobrar doscientas cincuenta mil pesetas por uno de sus cuadros. Diseñaba gran parte de su vestuario de actuaciones.

De la casa, lo que más le gustaba era planchar. En aquellos encuentros de fútbol entre cantantes modernas y folclóricas con carácter benéfico, la única que cobraba era sólo ella: cien mil pesetas por encuentro. Seis millones de “pelas” se embolsó por aquel comentadísimo desnudo de “Interviú”. Sobre el que luego dijo que el reportero “la había pillado a traición”. Naturalmente era una sesión pactada, con unas cláusulas especificadas en el contrato. Me lo contó el propio fotógrafo, J.M. Otero.

Siempre dijo Lola haber nacido “un 21 de enero”, pero no especificaba el año. Se quitaba cinco siempre y así aparece en muchas biografías que nació en 1928. Con tantas especulaciones, me fui una mañana al Registro Civil de Jerez de la Frontera y conseguí una copia de su partida de nacimiento. Curiosamente aparece allí inscrita ¡el 2 de febrero!, esto es, dos semanas después de su alumbramiento. Sacamos en conclusión que debió ser su padre quien acudiría tarde al Registro y para no incurrir en falta según marcaba la ley dio esa fecha falsa. Pero el año era sin duda alguna 1923. Aclarado el enigma, Lola Flores me reprochó haber reproducido aquel documento: “¿Por qué me has hecho esto…?”. Pero lo dijo con tanta ternura, que lo único que se me ocurrió fue darle un beso y decirle que artistas como ella “no tenían edad”. Yo había cumplido, desde luego, con el encargo periodístico que me hicieron en “Diez Minutos”.

Más de veinte años tuvo de amante a un bailarín palmero, Antonio Carrasco, apodado “El Junco”, al que conoció cuando él contaba dieciocho años, y “a quien puso un bar en Sevilla” y lo ayudó económicamente durante su prolongada relación sentimental. Aún recuerdo un almuerzo que compartí con Lola y su hermana Carmen en Marbella cuando a los postres, llevándose la mano diestra hasta sus partes pudendas, me confió: “Es que yo, aquí abajo, tengo un fuego que necesito apagar”. Juro que tal fue su expresión, acompañada de esta otra: “Pero lo hago procurando no ofender a Antonio, mi marido, al que sigo queriendo, del que no deseo separarme. Lo que pasa es que ya son muchos años de matrimonio y… “. Por pudor, nunca publiqué aquella confesión.

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“El Junco”

Una tarde, en su domicilio madrileño de la calle de María de Molina, abriéndose la camisa y mostrándome su busto al natural, me hizo palpar su pecho izquierdo. Sentí una extraña sensación. Como un escalofrío. Lo hizo para hablarme del cáncer que la atormentaba desde hacía años. Unos años más tarde, ya en el chalé donde vivió sus últimos años, entrevistándola para un programa radiofónico, me hizo leer el último parte de su oncólogo, donde se decía que su mal estaba controlado. Quería ella misma convencerse de que podía vencerlo. Le hablaron de ir a curarse a Houston y se negó. Hizo lo posible para que no le extirparan aquel pecho herido de muerte. Al principio no quiso someterse a sesiones de quimioterapia. En el tramo final de su enfermedad, no tuvo más remedio. Disimulaba muy bien la caída de sus cabellos llevando postizos.

En sus últimos días no quería ver a nadie. Pasaba muchas horas en la cama. Su última actuación española fue en Valencia, durante las fiestas falleras de 1995, en la Plaza de la Catedral, aunque su adiós a los escenarios fue en la televisión portuguesa. Pepe Vaquero, su representante, me contó: “Llamaba a Mercedes, mi mujer, para que le rascara la espalda. Le comentaba que ya no podía más, que si seguía así estaba dispuesta a quitarse la vida. El cuerpo lo tenía horroroso, lleno de costras y bultos, el vientre abultado, parecido al de una embarazada. Hecha polvo como estaba, aquella noche valenciana me pidió que llamara al gerente del Casino Monte Picayo para que le preparase una mesita donde jugarse gran parte de lo que había cobrado por cantar: tres millones de pesetas. Sería su última visita a una sala de juego”.

Lola Flores fue una mujer genial en los escenarios y en su vida personal. Generosa con todos los periodistas. Jamás negó a nadie una entrevista. Será difícil que la borremos de nuestra memoria.

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