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Películas imprescindibles


Cine.- Decálogo de un genio

Especial Orson Welles

  • Las diez películas imprescindibles de Orson Welles, de clásicos como Ciudadano Kane a rarezas como Fraude.
  • Pablo Aranda.- “Me gusta mover a mis personajes por el desfiladero

CARLOS REVIRIEGO | 01/05/2015 | Edición impresa

Ciudadano Kane (1941)

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Ciudadano Kane

Ciudadano Kane (1941) Su idea pasaba por debutar con una adaptación de El corazón de las tinieblas, obligando al espectador a observar la historia con los ojos de Marlow, como la novela de Conrad. Ya tenía en mente revolucionar las formas de percepción del cine. Finalmente lo hizo con el retrato de otra criatura larger than life, y en lugar de Kurtz (a quien el guion comparaba con Hitler) hizo de Kane, inspirado en el magnate de la prensa W. R. Hearst. El resultado, rabiosamente innovador, es bien conocido: la complejidad y fascinación del cine hechos película. Lo demás es historia.


El cuarto mandamiento (1942)

La dialéctica del progreso y la tradición, sus tensiones, el paso del tiempo y las fatalidades del orgullo… Aún más compleja y ambiciosa que su debut, la historia de la familia Amberson basada en la novela de Booth Tarkington pudo haber llegado mucho más lejos si Welles no se hubiera visto forzado a delegar parte del rodaje y el montaje del filme. Película oscura y desesperada, sobre el alba de la modernidad, la secuencia de baile que abre el filme es una lección magistral de cómo emplear la psicología del espacio cinematográfico.


La dama de Shanghai (1946)

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Una imagen de La dama de Sahnghai

Producción accidentada, muy rápida (apenas 23 días de rodaje), en la que Welles ni siquiera aparece acreditado como director (apenas “screenplay and production” cerrando los títulos), pues todo intento por controlar la película fue infructuoso. En todo caso, su halo de influencia, su presencia feroz, es insoslayable. Despoja a la mujer fatal hollywoodense, encarnada por Rita Hayworth, de toda aura de romanticismo, y a pesar de las diversas dificultades (el doblaje, versiones reelaboradas), varias escenas dan la medida de su genio: el acuario, el teatro chino, el laberinto de espejos…


Macbeth (1947) / Otelo (1952)

Primeras de sus obras cinematográficas que se acercan a Shakespeare, y por lo tanto a sí mismo, pues como escribió Joseph McBride, Welles volvía al genio de Stratford-upon-Avon cada vez que buscaba su identidad artística. Recupera en Macbeth su independencia en una producción de cartón piedra y diálogos en verso, conservando su estilo teatral, si bien con su propia y libre lectura del texto clásico. Otelo representa su primera producción europea, un punto de gira en su carrera: estilizada, posibilista, con un revolucionario empleo del sonido. Nos revelaría los (amargos) secretos del filme en la fascinante Filming Othello (1978), donde escuchamos que un director es “el hombre que sabe dominar las catástrofes”.


El tercer hombre (1949)

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Una imagen de El tercer hombre

Dirigida por el británico Carol Reed, durante muchos años se pensó que la filmó junto a Orson Welles, debido a una puesta en escena wellesiana, pero es muy improbable que el autor de Wisconsin se implicara en el rodaje más allá de lo que afecta a su memorable personaje, el resurrecto contrabandista Harry Lime. Viena, posguerra, film noir, Graham Greene (que siempre defendió la película por encima de su libro), Joseph Cotten, la inolvidable música de Anton Karas y, por supuesto, la noria, las cloacas y el plano secuencia final en el cementerio.


Mr. Arkadin (1955)

Imágenes oblicuas, rostros deformados, perspectivas esquinadas, abigarrado barroquismo y una narrativa en puzzle, fragmentada, que recordaba a la de Ciudadano Kane en la investigación de la identidad de un personaje magnánimo y enigmático. En este caso, el hombre más rico del mundo, Mr. Arkadin, en otra de las interpretaciones con denominación de origen. La gran mascarada del filme, su esencia camaleónica, responde también a las tribulaciones de una producción europea que conoció varias versiones de guion y en la que las distribuidoras de cada país estrenaron un montaje distinto. Se conocen hasta siete versiones.


Sed de mal (1956-1998)

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Una imagen de Sed de mal

Regresa a Hollywood y dirige a Charlton Heston, Janet Leigh y Marlene Dietrich en una turbia, abrasiva crónica de corrupción policial y ajuste de cuentas mafiosos en la frontera con México, donde se reserva el papel del escalofriante detective Quinlan. El plano secuencia de arranque, el del coche y la bomba, ha pasado a la historia de los hitos manieristas del cine, sin embargo el filme puede ser recordado por muchas otras virtudes: su oscuridad, su ambigüedad moral, su monumentalismo, su violencia estética. A pesar de todos los intervencionismos de Universal, es una indiscutible obra maestra, y en 1998 una versión restaurada introdujo los deseos de Welles en el montaje final.


El proceso (1962)

Tras el último desencuentro con Hollywood, regresa a Europa para adaptar la novela más inadaptable de Franz Kafka (al tiempo que inicia la inacabada adaptación de El Quijote) en un filme muy respetuoso con el texto original. Película rodada en cinco ciudades europeas, de Roma a Dubrovnik, y protagonizada por nada menos que Anthony Perkins, Jeanne Moreau y Romy Schneider, sus trabajos fotográfico y de escenografía, acentuadamente expresionistas, transforman la demencia metafísica literaria en preciosista caligrafía cinematográfica. Una obra inimitable.


Campanadas a medianoche (1965)

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Una imagen de Campanadas a medianoche

Recupera a su Falstaff interpretado en teatro en un texto extraordinario que refunde cuatro obras shakesperianas: Ricardo II, Enrique IV, Enrique V y Las alegres comadres de Windsor. Rodada en España, pone en escena con genio y desmesura la confrontación entre el humanismo y el aparato estatal, al tiempo que emerge como el honesto, desgarrador testimonio del propio Welles (con sus conquistas y fracasos) como cineasta. La espectacular escena de la batalla (17 minutos y casi 400 planos) se suma a su invalorable legado creativo.


Fraude (1973)

Pieza inclasificable y heterodoxa: la autodestrucción del creador, un monumento erigido a su propia figura, la fagocitación del artista devorado por su propia ambición. Entre la ironía y la circunspección, entre la broma fílmica y el juego lúdico, Welles emprende una reflexión ensayística adelantada a su tiempo sobre los simulacros del arte y un relato sobre su propia carrera. Los secretos y las mentiras alimentan un juego de espejos donde la vanidad del artista y la humildad del ser humano son caras de la misma moneda.


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