Albherto's Blog
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Hespérides A-33


CIENCIA

La odisea polar del Hespérides

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Hespérides A-33

MARIO VICIOSA, JAVIER J. BARRIOCANAL (gráfico interactivo)…. Cartagena / Madrid

Actualizado: 08/03/2015 03:11 horas

«En el mar de Drake, yo he visto esta aguja marcar una escora de 40 grados»: el alférez Alberto Román apunta hacia el inclinómetro. «Vi gente rezar, todo eran golpes de olas. Íbamos totalmente inclinados», rememora este marino con calma, sin ínfulas épicas. Este episodio describe muy bien qué puede significar hacer ciencia itinerante a bordo de un barco emblemático como el Hespérides. No es lo habitual, pero este barco recorre lugares que otros navegantes evitarían a toda costa.

El Buque de Investigación Oceanográfica A-33 cumple 25 años. Lo hace en acto de servicio, en aguas australes, como broche de oro de la campaña antártica que acaba de terminar. El pasado octubre, el mayor laboratorio flotante de la Armada Española levaba anclas poco después de ser recorrido a fondo por EL MUNDO. Abandonó el cálido Mediterráneo de Cartagena rumbo hacia mares gélidos, en un viaje que no lo traerá de vuelta hasta principios de mayo. «Acabamos de partir del puerto argentino de Ushuaia (la considerada ciudad más al sur del mundo) tras terminar los trabajos en la Antártida», señala el comandante Julio Albadalejo en conversación telefónica desde el barco. Allí ha servido de apoyo a las bases científicas Gabriel de Castilla y Juan Carlos I.

El Hespérides no es exactamente un rompehielos, aunque puede atravesar espesores de hasta 40 cm. Fue botado en 1990 con la intención de cubrir algunas limitaciones del bu ‘Las Palmas’, que hasta ahora apoyaba a las bases.

El gran laboratorio del clima

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El Hespérides «también produce ciencia», recuerda Josep Lluís Pelegrí, que acaba de embarcar. Él lidera el próximo proyecto al que se enfrenta el barco: investigar los choques de corrientes de temperaturas muy diferentes. Esto significa «exigir al barco ir a lugares complejos y modificar su posición a merced de la meteorología».

Desde su puesta al servicio, el buque ha dado apoyo a 140 proyectos de investigación, 50 de ellos en la Antártida. Por ellos han pasado más de 800 científicos y ha recorrido el equivalente a 10 vueltas al mundo.

Por dentro, es lugar de acogida de una treintena de científicos, de los más de 100 que pasarán en total por el buque. Se convierte en su casa-laboratorio durante varias semanas. Algunas muestras se congelan para analizar en tierra, pero hoy en día se puede empezar el trabajo a bordo.

Por fuera, el llamativo casco naranja-rojizo del Hespérides pone una nota de color en los blancos mares del Sur. Nada que ver con «los grises», como dice Ana García, marinera en la tierra de los fogones del Hespérides. «Yo antes estaba en un barco en proceso de baja, no tenía madera como éste», rememora García mirando de reojo a revestimientos y mobiliarios: lo más parecido a un árbol que verán en semanas. Lo más cercano a un hogar que tendrán durante su misión. «Aquí, respecto a la mayoría de barcos, hay detalles de más confort».

Pero la palabra confort se empieza a fracturar cuando el casco reforzado de de titanio comienza a crujir los hielos australes. «Es un trabajo muy exigente», afirma el segundo comandante Rafael Bruñó. «Este buque pasa 300 días fuera de su base; navegamos por mares que exigen lo mejor de sus 60 miembros». Sólo el comandante puede llegar a pasar ocho horas seguidas en el sillón de mando. «Las condiciones antárticas son muy cambiantes», dice el alférez Román.

Un cerebro de GPS y papel

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Unidad de telemedicina del barco M. V.

El puente de mando es el cerebro de esta mole flotante. Varias consolas y dos radares presiden lo que se asemejaría a un gigantesco salpicadero que se extiende varios metros.

A sus 25 años, el Hespérides es ejemplo de tecnología puntera. No obstante, estos avances conviven aún con un gran tablero al que se asoma un flexo de los de antes. Bajo su luz, sábanas de papel cartografiado. «Aunque los sistemas modernos (que tiran de GPS) son muy fiables, a mí me gustan más las cartas de navegación tradicionales», reflexiona Román. «Han sido levantadas a mano por hidrógrafos; las digitales son copias». Desde el puente también se controlan los motores. El Hespérides es un barco de propulsión eléctrica a partir de generadores alimentados por gasóleo. «Puede mantenerse unos 50 días sin repostar».

Otra parte del combustible termina en la calefacción. «En el verano austral, las temperaturas oscilan entre 7 bajo cero y un par de grados positivos al exterior». Así, resulta insólito ver la enorme liana de un poto, planta tropical, enredarse junto a una ventana con vistas al hielo infinito. «Esta maceta ha visto más mundo que la mayoría de la gente», bromean.

El corazón del Hespérides está varios pisos más abajo de cubierta. Al aproximarse a la sala de máquinas no queda otra que ponerse unos cascos protectores. Un zumbido eléctrico, como el de mil lavadoras centrifugando, se adueña de un entramado de pasarelas y tuberías metálicas.

Los motores, en tándem, dejan entrever sus 2×1904 caballos de potencia a través de un eje que gira conectado a la hélice. En otra sala se monitoriza todo lo que pasa ahí dentro. Una ristra de pantallas planas muestran esquemas visuales de las máquinas. «Ya en 1991, los tiempos del MS-DOS, teníamos un sistema de vigilancia digital», dice el sargento primero Emilio San Juan, quien se conoce al dedillo los entresijos electromecánicos que hacen de ésta una nave única.

A la mesa con el capitán

  • «Hay muebles de madera ignífuga. Aquí, en el Hespérides respecto a la mayoría de barcos, hay detalles de más confort».

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Camarote-oficina de un oficial M. V.

El Hespérides es también único en cuestiones de convivencia y jerarquía: «Es casi el único buque de la Armada donde pueden compartir mesa científicos, comandante, oficiales.. como una familia», señala el alférez Román

¿Se come mal en alta mar? «Se come demasiado bien», se sonríe la cocinera García. Su territorio es de acero y aluminio. Un par de hornos, dos marmitas, la freidora, una peladora de patatas… «ya no se hace a mano, como antiguamente». «Si te descuidas, engordas». Para evitarlo hay gimnasio y sauna. «Hay veces que montamos clases virtuales de spinning, siguiendo las indicaciones de un profesor virtual», dice el sargento primero Emilio San Juan.

Los camarotes, sin lujos, pero muy correctos. Asomarse al de un comandante es entrar en un mundo de filias antárticas: pósteres, sellos y fotos relacionadas con los mares más cercanos al Polo Sur. Solo una portada de MARCA pegada a un armario nos devuelve a los placeres terrenales del Mundial de 2010.

La enfermería también es puntera. Cuenta con una nueva unidad de telemedicina. El doctor, en Madrid, puede observar al paciente a través de la cámara web. Los registros de los sensores (del ecógrafo, por ejemplo) son enviados en tiempo real al Hospital Gómez Ulla cifrados. Afortunadamente, las cosas no suelen pasar de un catarro. Y algo de morriña.

A estas alturas de viaje, a dos meses vista de su regreso, «se echa de menos a las familias». Sin embargo, si en algo coinciden todos los entrevistados es que el gran avance ha sido el que les permite conectarse a sus seres queridos.

A modo de reliquia, en el recodo de un pasillo, se lee la palabra ‘locutorio’. Un cuartito del que solo queda el cartel y un cable huérfano de teléfono. Antiguamente, a ese metro cuadrado quedaban confinadas las relaciones familiares a razón de un día por semana. «Ahora con internet, llegamos a tener conexión las 24 horas», afirma el cabo Alcalde. El segundo comandante lo tiene claro. El apoyo psicológico de los seres queridos es clave para aguantar: «La familia es un tripulante más».

CIENCIA FLOTANTE

“El Hespérides es una gran plataforma para toma de muestras y medidas, además de un gran laboratorio flotante”, recuerda el capitán Julio Albadalejo. Así fue concebido en 1988, cuando apenas estaba en los planos. “Este año hemos montado equipos que se estrenan a nivel mundial”, comentaba a EL MUNDO Antonio Quesada, gestor de los programas estatales de investigaciones polares, poco antes de zarpar de Cartagena. Hoy en día “ya se pueden hacer estudios sobre el lugar gracias a analítica ‘on-line'”.

Además del apoyo a las bases, este año acoge tres proyectos: dos de CSIC y uno de la Universidad de Las Palmas. Acaba de concluir el primero de ellos (Misión Pegaso) , encargado de ver cómo el plancton puede ayudar a nacer a las nubes.

“En la presente campaña antártica, todo ha ido sin incidencias”, apunta el capitán Julio Albadalejo. “Siempre hay que adaptarse un poco a la meteorología, pero poco más; es cierto que toda esta zona es de mal tiempo, pero sin extremos”.

En la zona antártica los equipos españoles han hecho observaciones geodésicas y geotérmicas, de actividad volcánica, magnética o estudio del impacto ambiental de contaminantes orgánicos. En Ushuaia ha tomado el relevo el siguiente equipo, dirigido por el doctor Josep Lluís Pelegrí. Él está al frente del proyecto ‘TIC-MOC’, “que estudiará cómo confluyen las corrientes de Brasil y Malvinas, los choques entre aguas con temperaturas muy diferentes”.

Este estudio, como la mayoría de los que se realizan en estas zonas, están orientados a saber cómo se comporta el clima.”El océano es una caja de sorpresas”, señala Pelegrí, “cuanto más lo conoces, más cosas nuevas te encuentras, pero cada vez se da más importancia al cambio climático. Tenemos la esperanza de que, como un ser vivo, la Tierra trate de ajustarse, pero tiene unos límites”.

El tercero de los grandes proyectos españoles del Hespérides (llamado ‘MAFIA‘) terminará en aguas más cálidas y está relacionado con las migraciones de especies en busca de alimento microscópico.

“Todavía no hemos tenido oportunidad de hablar mucho entre los equipos”, afirma Pelegrí “pero nos encontraremos más adelante; en este lugar se hace ciencia en colectiva, todos aprendemos de todos, es una de las bellezas de estos proyectos”.

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