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La novela española erótica: Lesbianismo y homosexualidad


LITERATURA

Un toque de rosa. Lesbianismo y homosexualidad en algunas novelas de Álvaro Retana

  • Resumen: En el primer tercio del siglo XX, Retana publica una amplia colección de novelas cortas, y algunas más extensas, en las que campea el erotismo, especialmente en sus vertientes lésbica y homosexual.
  • Su visión desenfadada y alegre de esas tendencias, con un tono irónico y humorístico, aleja esta obra del dramatismo o moralidad que se advierte en otros novelistas de la época.

retana

Álvaro Retana, “El novelista más guapo del mundo”, comentario de Missia Darnyis en un semanario francés (1922).

Antonio Cruz Casado (acruzcasado@hotmail.com) real academia de córdoba, AnMal Electrónica 32 (2012). ISSN 1697-4239

Cansado de estar en las alturas, descendí deliberadamente a las profundidades, en busca de sensaciones nuevas. Lo que era para mí la paradoja en la esfera del pensamiento, lo fue la perversidad en la esfera de la pasión. El deseo, al fin, fue una enfermedad o una locura, o las dos cosas a la vez. Me volví indiferente a la vida de los demás. Tomé mi placer donde me plugo y pasé de largo. Olvidé que cada pequeña acción cotidiana forma o deforma el carácter y que, por tanto, lo que se hace en el secreto del gabinete, deberá gritarse algún día en la plaza pública. Dejé de ser el dueño de mí mismo (Oscar Wilde 1929: 153)

A todos los que están en pecado mortal (Álvaro Retana 1919a: 9)

Frente a la vivencia homoerótica de carácter traumático, que se advierte en algunas novelas españolas de principios de siglo (Cruz Casado 1995), como El ángel de Sodoma (1928), de Alfonso Hernández-Catá, o El beso maldito (1921), de Enrique Gómez Carrillo, la narrativa erótica de Álvaro Retana (1890-1970), en la que son tan frecuentes las entonces llamadas desviaciones sexuales, como el lesbianismo o la homosexualidad, ofrece una visión optimista, cínica en ocasiones, y con frecuencia desenfadada del fenómeno sexual.

El escritor madrileño es capaz de decir, o de hacer decir a sus personajes, en un juego constante de ambigüedades, lo que en su momento se designaba como desvergüenzas o provocaciones inmorales, con un aire absoluto de inocencia, dejando caer en el aire ideas aparentemente corrientes, con un lenguaje usual, pero que esconden, a poco que se las analice, un doble sentido que apunta con mucha frecuencia hacia el mundo de la sexualidad[1].

Ninfas y sátiros

 Ninfas y sátiros (1918)

Es lo que constatamos, por ejemplo, en una simple dedicatoria, la que ofrece en el libro Ninfas y sátiros (1918), a Margarita, una de sus primeras amantes[2]. El texto evoca el inicio de la relación apuntada, en el que surge la anodina expresión coloquial «limpia de polvo y paja», cuyo significado no es el habitual:

Como antiguo camarada [la cursiva también indica otra cosa], voy a dedicarte esta novela, en que he retratado con la mayor buena fe y piedad posibles a varios de nuestros amigos y amigas de entonces, cuando eras una tobillera honesta, limpia de polvo y paja, vestías modestamente y no tenías auto a tu disposición; cuando te lanzaste a la vorágine del teatro en busca de una posición social, con la cabeza llena de ilusiones y las uñitas cercadas de negro Retana (s. a. [1918]: 9).

La muchacha de unos diecisiete años que había iniciado la relación con el también joven Retana era honesta y carecía de cualquier conocimiento de tipo sexual, es decir, no tenía conocimiento ni del polvo, ni de la paja.

En otras ocasiones, la expresión es más dura, más directa, aunque se mantiene habitualmente dentro de los límites del buen gusto, como cuando hablan dos aristócratas de los sucesos del día:

Esta tarde para venir, tomé un taxi en la Gran Vía y como al cerrar la portezuela me cogí el gabán, va el chofer y me dice: — ¡Cuidado, que se ha pillado usted la cola!

— ¡Estos plebeyos son terribles! Ayer me acerqué yo en la plaza del Progreso a un vendedor ambulante de juguetes, a comprarle una pelota de goma para que juegue mi gato por el pasillo, y al decirme el hombre que se le habían terminado, un limpiabotas, bastante potable, que nos escuchaba, exclamó con descaro: — ¡Yo sí que tengo un par de pelotas!… (Retana 1933; se cita por Retana 2004: 212-213).

Lo cierto es que, en varias ocasiones, esas libertades o licencias literarias que el autor se tomaba, tanto en el ámbito expresivo como en el temático, de espaldas a la sociedad bienpensante de su tiempo, hicieron que fuera objeto de denuncias y que incluso tuviera que ingresar en la cárcel. De esto dio noticia el periódico ABC, por ejemplo, aunque dedicando escasas líneas al asunto, en un apartado de diversos sueltos bajo el título de «Convocatorias, noticias y sucesos»: «Por juzgarlos en extremo pornográficos ha denunciado 12 volúmenes recientemente publicados el fiscal de la Audiencia. El autor de uno de estos volúmenes es D. Óscar de Onís, y el de los 11 restantes D. Álvaro Retana» (22 de septiembre de 1921, p. 20).

Unos cinco años después, Retana vuelve a ser objeto de otra noticia parecida («Dos escritores en el banquillo», ABC, 16 de enero de 1926, p. 19):

Anteayer se celebraron dos vistas en la sección primera de la Audiencia por dos delitos de escándalo público por medio de la imprenta.

En la que se celebró en primer término hallábase encartado el novelista Alvaro Retana, para quien el fiscal solicitó por la publicación de una novela que el representante de la ley estimaba escandalosa, la pena de cinco meses de arresto mayor, reprensión pública, multa de 1.000 pesetas, e inhabilitación especial para el ejercicio de cargos públicos.

Para el procesado D. Juan Caballero solicitó el ministerio público una pena casi igual a la del Sr. Retana, considerándole autor de igual delito.

Defendió a los dos procesados el señor Esteban Collantes, quien negó que, tanto las novelas de Caballero como las de Retana, fuesen pecaminosas ni contuvieran conceptos inmorales ni asuntos escabrosos.[3]

El mismo diario daba la noticia de la condena y el ingreso del escritor en la cárcel, así como de su posterior salida, acogido a una reducción de la pena por el indulto que celebraba la hazaña del hidroavión del ejército español Plus Ultra, que consiguió cruzar por primera vez el Atlántico, al mando del aviador Ramón Franco Bahamonde, hermano del general Francisco Franco. Ambas noticias son escuetas: «El domingo ingresó en los calabozos del Juzgado de guardia D. Alvaro Retana, reclamado por el distrito del Centro, para cumplir la pena de cinco meses de arresto por una de sus publicaciones, que ha sido considerada como inmoral» («Alvaro Retana condenado a cinco meses de arresto», ABC, 10 de agosto de 1926, p. 17); «El escritor Álvaro Retana, que se hallaba detenido por delito de imprenta, ha sido puesto en libertad, como comprendido en el indulto otorgado a raíz del vuelo del Plus Ultra» («Retana en libertad», ABC, 8 de septiembre de 1926, p. 17). Como vemos, la estancia de Retana en la cárcel —motivada por la aparición, más de un año antes, de su novelita El tonto, en La Novela de Hoy (22 de mayo de 1925)— duró en esta ocasión un mes escaso.

Tanto el proceso como la sentencia y el consiguiente perdón pueden resultar un tanto paradójicos, pero la paradoja reside también, desde la perspectiva actual, en las diversas noticias acerca de las novelas de Retana, que habían aparecido en las páginas de ABC, algunos años antes, con tintes claramente admirativos y que no tuvieron ningún tipo de obstáculo en su difusión, al tratarse de una publicidad comercial.

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Novela de Hoy

He aquí, por ejemplo, el anuncio, en 1923, de una nueva novela del escritor, La hora del pecado:

La Novela de Hoy ofrece en su número extraordinario, de 80 páginas, de esta semana, a los innumerables admiradores de Álvaro Retana, una sensacional y sugestiva producción de este genial artista, que describe lindamente un ambiente amoral y extraño que hasta ahora sólo se conocía por los autores extranjeros.

Alvaro Retana, atrevido y angelical, demuestra en esta obra su originalidad y su talento para salvar los múltiples escollos de la obra.

Antonio Juez ha ilustrado maravillosamente la deliciosa creación de Alvarito Retana. A manera de prólogo, Artemio Precioso ha celebrado una interviú con el autor de La hora del pecado, que es un prodigio de humorismo, de novedad y extravagancia.

Ochenta páginas, 50 céntimos (ABC, 2 de marzo de 1923, p. 25).

En la misma página se anuncian otras novelas, como Los trabajos de Urbano y Simona, de Ramón Pérez de Ayala, o libros de relatos, como Para ti…, de Eduardo Zamacois, pero estos anuncios no presentan el énfasis publicitario que se advierte en este.

Retana se ufanó de haber sido uno de los novelistas españoles condenados por la censura civil, al mismo tiempo que comentaba estas denuncias y breves estancias en la cárcel.

El tonto

El tonto

El único escritor de los sometidos a proceso por escándalo público a quien se encarceló fue Álvaro Retana. Y se le encarceló dos veces. La primera el 14 de agosto de 1926, para cumplir una condena de cinco meses de arresto, que le impuso la Audiencia de Madrid, por la publicación de El tonto, inofensiva producción aparecida en La Novela de Hoy. Menos mal que la misma Sala que le condenó, percatada de la excesiva dureza de la pena, aplicóle el indulto del Plus-Ultra, y Álvaro Retana abandonó Moncloa-Palace [designación humorística de la cárcel] a los veinte días de su ingreso […]. La segunda vez que […] entró en Moncloa-Palace fue el 14 de agosto de 1928, para cumplir tres meses de arresto que le impuso la Audiencia en 1927, por la publicación de una novela que apareció primeramente en 1919, y que sólo hasta diez años después pudo originar proceso, condena y encarcelamiento (Carlos Fortuny [seudónimo de Retana] 1931: 302)

Como vemos, no hay una coincidencia completa de estos datos con los del ABC, sino que existe una variación de algunos días. «De este segundo encierro salió Álvaro Retana el 14 de septiembre de 1928, alcanzado por el indulto TOTAL que el Gobierno concedió a todos los procesados por delitos de imprenta, para conmemorar el quinto aniversario del feliz (?) advenimiento del Directorio» (Carlos Fortuny [seudónimo de Retana] 1931: 303)[4]. De esto se hace también eco Cansinos-Asséns, en sus interesantes y detalladas memorias, por las que desfila toda la fauna madrileña, literaria y artística, del primer tercio del siglo XX:

El otro tema de comento es el proceso incoado a instancias del fiscal contra Álvaro Retana, por la publicación de su novelita El tonto, que aquél estimó pornográfica. Con este motivo se ha planteado una vez más la cuestión de la pornografía en arte, se han citado opiniones de críticos en pro de Retana —entre otras las de Cejador—. Retana, que no es tonto, se ha defendido bien y al final salió absuelto. El proceso sólo habrá servido para propaganda del autor (1985: II, 87-88).

Frente a la ecuanimidad y comprensión que expresa Cansinos en estas líneas, encontramos otras apreciaciones que llegan incluso al insulto, casi a la agresión periodística, si se quiere, de tal manera que, en varias ocasiones, en diversos medios de comunicación de la época, constatamos que al personaje que se había creado Retana, identificado siempre con el autor real de tales atrevimientos, se le denigra e insulta de la manera más feroz; es lo que encontramos, por ejemplo, en un periódico levantino, el Diario de Alicante, en un comentario forzado, un tanto traído por los pelos dentro de una breve reseña de un libro de Ángel Pestaña, Setenta días en Rusia. Lo que yo pienso:

Hoy en España todo el mundo escribe novelas, desde el inmundo Álvaro Retana hasta el grotesco Artemio Precioso. Las novelas de esa gentuza deben condenarse, no por inmorales, sino por estúpidas. Hoy en España, el joven, si no es futbolista, se dedica a escribir novelas para esas publicaciones nacidas a la sombra de El Cuento Semanal, que fundó Eduardo Zamacois (Capdevila 1926).

En el mismo medio periodístico, y hacia la misma época, hay juicios parecidos, también con motivo de otras cuestiones, como una exposición de pintura y dibujos:

Guillén, que ha ilustrado las procacidades absurdas del señor Retana, ha dado a esas ilustraciones un carácter ligero de frivolidad, sin tomar a cambio, de aquella literatura —o lo que sea— ninguna de sus pretendidas aberraciones que, en el mejor caso, no pasan de ser deshilvanadas groserías aglutinadas con un fin visiblemente mercantilista (Swann 1925).[5]

En la misma línea de ataque frontal a la figura y a la obra del novelista madrileño se sitúa el chileno Joaquín Edwards Bello, que lo denigra duramente:

El príncipe que quiso ser princesa y Las locas de postín

Las locas de postín

Las novelas de Retana, todas pornográficas, fueron muy del gusto de cierto público trasnochador, amante de modernas sensaciones. El príncipe que quiso ser princesa y Las locas de postín son las novelas típicas de este escritor, desvergonzado no sólo por la forma sino por sus procedimientos. En estas últimas novelas cortas, o cuentos largos, o mejor dicho de una vez, majaderías, Retana abordaba un tema hasta entonces prohibido. De costumbres parecidas a las del marqués de Hoyos, su literatura solía versar sobre ese tema inaudito. En las portadas de algunos de sus libros se representaba a él mismo, en retratos o impúdicos dibujos, realzando su figura con fantasía o hábiles retoques. Su cabeza, tocada de un gorro bordado, pero no el fez oriental de Pierre Loti, sino simplemente un infecto gorro de payaso. En la portada de otra novela aparece retratado con un kimono. Esta increíble literatura, que a don Jacinto Benavente llama la Jacinta, hizo furor, y Retana ha llegado a reunir más de medio millón de pesetas.[6]

Este último dato es el que parece molestar esencialmente al crítico, puesto que añade una serie de referencias a autores que él considera importantes, como Miró, Cansinos o Carrère, que apenas tienen para vivir, en tanto que Retana «vive como un millonario» gracias al producto de la venta de sus libros[7]. Finalmente, Bello (1924: 183-184) se ensaña con la tendencia sexual que proclaman muchos personajes de Retana:

La gente del tercer sexo se multiplica, no por intervención sexual, naturalmente, sino por propaganda, con tan brillantes apóstoles. En Retana, Zamora y Egmont de Bries la indumentaria masculina es una falda-pantalón, con bragueta en el trasero, según dice Girondo. Ellos se llaman efebos y cantan las donosuras de su cuerpo que no se marchita. José Zamora decía: «La ventaja de nosotras consiste en que nunca se nos caen las tetas…». Si Zamora supiera escribir, sería posiblemente el más sincero y gracioso de los escritores invertidos. Retana no es más que un cerebro de cantárida, y Antonio de Hoyos hace el efecto de un hipopótamo marica.

Lo cierto es que la ambigüedad, o más bien la decidida defensa de las diversas opciones sexuales, se constatan en muchas de las obras de Retana, ya desde el título de algunas de ellas:

  • Los ambiguos,
  • El príncipe que quiso ser princesa,
  • Mi novio y mi novia,
  • El encanto de la cama redonda, etc.,

algo que el mismo escritor se encargó de alentar y de difundir en los medios culturales de la época con el consiguiente aura de escándalo. En muchas otras narraciones se documenta el tema homoerótico, que alterna, con frecuencia, con el lesbianismo. Entre ellas,

  • Los extravíos de Tony (Confesiones amorales de un colegial ingenuo),
  • Las locas de postín (Novela de malas costumbres aristocráticas),
  • Currito el ansioso (Accidentada historia de un gomoso pervertido),
  • El buscador de lujurias (Novela patológica),
  • El octavo pecado capital o
  • A Sodoma en tren botijo.

Repasemos someramente algunas narraciones con protagonistas o personajes que cultivan el lesbianismo. Esto no era nuevo en la narrativa española del momento. Son precedentes la novela Zezé (1909), de Ángeles Vicente, autora que ha empezado a estudiarse y a editarse con detenimiento[8], o el relato más tardío de Artemio Precioso, El triunfo de Carmela (1925), asequible en la espléndida Antología de Litvak (1993: 281-298).

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Zezé de Ángeles Vicente y editada en 1909

He aquí un fragmento de Zezé, en que la Bella Zezé, o Emilia del Cerro, cuenta una relación pasional entre mujeres:

De pronto, una boca caliente se posó sobre la mía y una mano ciñó mi espalda; un estremecimiento corrió por todo mi cuerpo. Creía soñar despierta, y mantuve los ojos cerrados para no interrumpir aquella sensación tan agradable; luego el soplo suave de un aliento me acarició la cara…, abrí los ojos dulcemente, y vi a Leonor.

— ¡Ah! ¿Eres tú? —le dije, tendiéndole los brazos.

— Sí. Hazme un lugarcito.

La obedecí y se acostó conmigo.

Quedamos un momento en silencio, intranquilas porque la compañera de la izquierda se había vuelto y los muelles de la cama sonaron bruscamente.

Nos abrazamos embriagadas en el perfume de nuestros cuerpos, y el fuego interior que nos abrasaba degeneró en un espasmo voluptuoso.

— Dime que me quieres —me decía Leonor, exaltada.

— Sí, mucho, mucho —le contestaba y sus labios ardientes, como una llama, me quemaban al resbalar en una lluvia de besos. Mis miembros se estiraban en suprema convulsión. Perdí las fuerzas…, me sentí morir… (Vicente 2005: 29-30).

Una noche de verano sin sueño

Una noche de verano sin sueño (1920)

Una noche de verano sin sueño, subtitulada Truculencias veraniegas de dos muchachas «bien» (la portada le da asimismo la designación de Novela pecaminosa), fechada por Retana en junio de 1920, puede considerarse una novela de internado. Sus protagonistas son dos amigas, Luisa y Esperanza, de unos quince o dieciséis años, las cuales intercambian sus confidencias sentimentales, sobre todo en relación a lo que llaman la «primera aventura». En el caso de Luisa, asistimos a una «travesura», según expresión del autor, que tiene lugar en un internado de señoritas; en el de Esperanza, a una aventura sentimental algo más convencional y de carácter heterosexual, aunque la historia se resuelve por fin en una relación a tres bandas, un trío sexual, cuyo componente masculino es Fortunato, un primo de Esperancita. La acción de ambos episodios iniciáticos tiene lugar en París.

Luisa está interna en el Colegio de Santa Catalina, en las afueras de la capital francesa, en una institución solo para jóvenes, regida por monjas; la chica se aburre, está habitualmente rabiosa o aquejada de continuo mal humor, cuando no solitaria y callada, hasta el punto de que llegan a apodarla la Reina Silencio[9]. Un día, Luisa empieza a recibir una serie de cartitas amorosas, firmadas por un rendido admirador que dice ser El duende misterioso, pero el corresponsal resulta ser Estefanía Bulner, una vienesa de dieciocho años, «rubia, roja, ondulante» (Retana s. a. [1920]: 25). La cita tiene lugar en el silencio de la noche, cuando ya las compañeras se han dormido:

Las manos del Duende, finas y aterciopeladas, recorrieron silenciosas mis brazos, mis caderas, mis piernas y los muslos, después de levantar tranquilamente mi camisita de batista; y yo, turbada por semejante osadía, carecía de fuerzas para resistirme a la insaciable impertinencia de quien me registraba con tanta falta de respeto.

De pronto, unas piernas se cruzaron con las mías, y unas manos se unieron por detrás de mi cintura, oprimiéndome contra otro pecho y ocasionándome vértigos. Perdí el miedo al invadirme el placer que me revelaba la sabiduría del Duende, y me apretaba a su cuerpo olvidándome de todo.

Una boca fresquísima buscó ávidamente la mía, dándome a conocer una sensación nueva, y unos rizos sedosos cayeron sobre los míos, mientras una voz conocida murmuraba a mi oído:

— ¿Me quieres, Luisa?

— ¡Con toda mi alma, Estefanía! (Retana s. a. [1920]: 57-58).

Estefanía, la joven vienesa, teoriza sobre la sexualidad femenina:

El amor entre las mujeres es un amor más ideal que el de los hombres. No tenemos en nuestra intimidad sino caricias delicadas, en lugar de la brutalidad del macho, que todo lo destruye, recriminándonos por una inferioridad, que está bastante lejos de la realidad. Nuestro amor es un acto extrahumano. Es el goce del espíritu, que a veces se aumenta con el placer de la carne.

Es un texto que nos parece muy significativo, desde el punto de vista lésbico, porque en él se encuentran compendiados todos los tópicos y sutilezas de la relación entre mujeres[10].

Muchas otras novelas insertan episodios lésbicos, como El tonto (1925), una narración que trajo al autor numerosos problemas, como hemos indicado, y que tiene un título equívoco con respecto al contenido, puesto que el protagonista no es un hombre, sino una mujer, la cocotte Aurelia, y se refiere a la expresión «hacer el tonto», puesto que esta moderna Sherezada considera que lo ha hecho en algunas ocasiones. Hay un momento, de especial depravación erótica, en el que la joven protagonista, que cuenta solo con catorce años, es seducida y luego mantenida por su madura profesora de francés, doña Julia, cuya edad ronda los treinta, aunque no aparenta más de dieciocho. Indica la la narradora protagonista:

Doña Julia no me arrancó mis virginidades, porque le impuso mi soberana candidez de niña de catorce años; pero me robó mi pureza espiritual y me enfermó de una inquietud morbosa. Maestra en sensibilidades, partió mi alma blanca, y en el ritual de la Vida se la ofreció al Pecado.

Desde este día doña Julia fue mi profesora de Estética (Retana 1925: 24)

El resto del relato se resuelve en una especie de orgía visual, a la que asisten mujeres y hombres que observan las consecutivas escenas del desnudamiento de Aurelia, con la intervención final de Polín, «un cadete de Infantería, muy pintado» (Retana 1925: 27), con el que tiene una escena de amor, de final fallido o al menos incierto

Esperaba yo de Polín un empuje que venciera mis temores; por el contrario, se me tendió en el lecho como adormecido, dejándose acariciar con perversa indolencia. Tan sólo se me demostraba vivo en sus respiraciones entrecortadas. Pero si antes en el diván su entusiasmo se alzaba enérgico, ahora por el exceso de miedo no se atrevía a levantar cabeza, y ni la caricia de una mano amiga ni el halago de suave nido en perspectiva le envalentonaba. Polín se me deshacía materialmente entre mis brazos, y yo… me esforzaba estérilmente sobre él, apretando todos los resortes, llamando en vano a la suerte, sin que las puertas de mi palacio pudieran dar entrada a algo tan flácido y cabizbajo como lo que él podía brindarme. ¡Oh fortuna, que se me torcía en el instante oportuno! (Retana 1925: 52

Como vemos, el escritor practica el juego lingüístico de la elusión/alusión, con el doble sentido y la acentuada ironía a que nos tiene habituados. Así, en la frase final, ¿es la fortuna la que se tuerce en el instante oportuno o es otra cosa?

Con todo, lo que aparece con más frecuencia en la narrativa de Álvaro Retana es una amplia galería de personajes que se confiesan —con decidida frescura y con el escándalo consiguiente para las gentes biempensantes del momento— gustadores de los placeres de Sodoma. Su propia actitud personal parece estar en el fondo de esta predilección, puesto que, aunque jugó gran parte de su vida a la ambigüedad erótica, manteniendo relaciones más o menos estables con diversas mujeres

—Luisa de Lerma, Lina Valery y Nena Rubens (Pérez Sanz y Bru Ripoll 1989: 34 y ss.)—,

con las que establecía por temporadas lo que él llamaba un «matrimonio experimental», también se sentía atraído por las prácticas homosexuales, como puede desprenderse de algunas de las cartas de sus admiradores. Un corresponsal (un tal Ricardo Berdejo Arigo, quizás de Almería) le escribe en 1928. Algunos párrafos de la carta son reveladores de la conducta que nos ocupa:

Es un chico con algunas canas y moreno con ojos negros soñadores y en la cama es de lo más cachondo y sensual que te puedes figurar, en fin que estamos en pleno idilio. Te prometo, si te gusta, prestártelo cuando vaya a Madrid a verme y te aseguro que te dejará contento pues a pesar de tus maravillas éste es un hombre como para volverse loco con él; deja a San Germán hecho una zapatilla, ya sabes mi teoría, para maricas y leonas una niña de esas estupendas guayabas que se ven por ahí y para hombres eso hombres muy machos… cuanto más mejor.[11]

Se pueden localizar fragmentos parecidos en lo que conocemos de la correspondencia de Retana con hombres de tendencias similares. Así, en la carta mencionada de Berdejo, este le narra su nueva conquista[12].

La homofilia en los textos literarios, inclinación sexual que con cierta frecuencia se llamaba también, en un ámbito más culto y científico, uranismo, se documenta con relativa frecuencia en relatos del primer tercio del siglo XX, siendo muy frecuente en la narrativa de Antonio de Hoyos y Vinent[13] y más esporádica en otros autores, como comprobamos en en la novelita Los nietos de San Ignacio (1916), de Joaquín Belda, o en la más extensa y conocida A. M. D. G. (1910), de Ramón Pérez de Ayala, ambientadas ambas en instituciones educativas jesuíticas, con referencias al despertar sexual de los adolescentes.

Mi alma desnuda

Mi alma desnuda

En la novela Mi alma desnuda, que parece tener un fuerte componente autobiográfico, el erotismo homosexual aparece con relativa frecuencia, ya desde el comienzo, cuando el protagonista, identificado con Retana, se tapa con la misma manta de viaje que el joven Roberto Moliner, Tito, de unos dieciséis años, profundo admirador del perverso novelista. He aquí un momento de la aproximación inicial (Retana 1923b: 23-24).

Roberto me escuchaba atento y defraudado y tan próximo a mí, que yo percibía claramente la fragancia de sus cabellos de oro, que brillaban entre las sombras, y la suave tibieza de su cuerpo macizo y torneado.

El traqueteo del tren amortiguaba el ruido de nuestra conversación, que había derivado a un terreno bastante peligroso, y seguros de que nadie nos oía, confortados por aquella obscuridad que dominaba el departamento e imprudentemente expresivos por las copiosas libaciones de la comida, llegamos a confiarnos secretos e inquietudes que habrían alarmado a las durmientes si las hubiesen escuchado.

A veces, las historias de este tipo están ambientadas en lugares exóticos y en épocas remotas, pero lo habitual es que sucedan en un contexto ciudadano cercano, madrileño con frecuencia, en el que aparecen numerosas alusiones a gente del ambiente, quizás identificables por algunos lectores del momento.

El príncipe que quiso ser princesa

El príncipe que quiso ser princesa (1920)

Entre los relatos de carácter exótico, podemos recordar, por ejemplo, El príncipe que quiso ser princesa (1920), que es un cuento oriental que narra el barón de Loisy, un aristócrata francés, en una reunión de consumidores de drogas, de fumadores de opio, sobre todo, referido al joven príncipe Esplendor, mancebo de unos quince años, que es la edad que suele preferir Retana para presentar a muchos de sus protagonistas. El príncipe traba conocimiento con un mago persa que sabe convertir el cobre en oro, conoce el arte de hacerse invisible, de prolongar indefinidamente la juventud, de hacer hablar a los animales, entre otras cuestiones propias de los cuentos de hadas; claro que el mago Kendamir, aficionado a los muchachos jóvenes, lo rapta (había ya raptado, con idéntico fin, a otros novecientos noventa y nueve jóvenes) y se lo lleva a una isla misteriosa. Allí viste y perfuma al chico, como si fuese a contraer nupcias, pero Esplendor consigue fugarse. Y es así como el fugitivo conoce a la princesa Rosa de plata, de la que se enamora, y con la que tiene relaciones, descritas en estos términos:

No aguardó a más el príncipe, y acercándose diestramente a Rosa de plata, abrió en ella lo que tenía que abrir, rompió lo que tenía que romper, y destapó todo cuanto estaba sellado. Y se endulzaron con aquello hasta el límite de la dulzura, experimentando tal sensación de voluptuosidad, que en su abandono estuvieron a punto de ser arrastrados por las olas (Retana 1920: 157)

Este «mancebo insolente y perforador», como lo considera el mago, tiene que vestirse de mujer para evitar ser reconocido como hombre, cambiando incluso de nombre y llamándose ahora Esplendorosa, como una doncella más del séquito de Rosa de plata. Y esta, que ya había concertado su matrimonio con el príncipe Cuerno de oro, le impone a este la obligación de casarse también con Esplendorosa y dormir los tres en la misma cama. Sucede así, y «cuando hubo demostrado quince veces a su esposa el agrado con que la recuperaba» (Retana 1920: 160), el inflamado Cuerno de oro piensa en atacar por detrás a Esplendorosa, aunque ambas mujeres acaban convenciéndolo de que acepte otro tipo de homenaje, menos peligroso pero igualmente gratificante. Tras diversas «intercadencias de la calentura de amor», que diría un barroco español (cfr. Cruz Casado 2005), en las que no vamos a entrar, el trío amoroso continúa su feliz trayectoria, pensando haber engañado para siempre al príncipe Cuerno de oro, sin llegar a descubrir nunca el secreto de Esplendor / Esplendorosa, «a menos que lo hubiese averiguado y se callara como un zorro» (Retana 1920: 166).

Claro que, lejos del mundo amable e irreal de los cuentos de hadas, como el citado, el fenómeno homosexual adquiere tintes más trágicos, en ocasiones, o más risueños y procaces, en otras, pero casi nunca se nos presenta con mucha acritud, sino más bien mirando la cuestión como un suceso casi anodino, por lo repetido y frecuente, del que se deduce, si no una enseñanza moral, como a veces manifestaba Retana[14], un relato alegre y desinhibido.

Los extravíos de Tony

Los extravíos de Tony (1919)

Con frecuencia, el novelista incluye en Los extravíos de Tony (1919)[15] a personajes que se deleitan en situaciones homoeróticas, sin importar la edad, desde la más tierna a la más provecta. He aquí, por ejemplo, los problemas que acarrea Rafaelito Carvajal a su padre

El padre de Rafaelito había observado que desde que el niño cumplió los doce años gustaba de mantener intimidades con amigos mayores que él, con los cuales solía encerrarse en el cuarto de su casa para practicar ejercicios gimnásticos. Al principio el buen señor no se alarmó por aquel obstinado afán de su hijo para perfeccionar su educación física, ni se fijó en la frecuencia con que el nene cambiaba de compañero de gimnasia sueca; pero un día el papá quiso entrar en la habitación de su hijo, y al encontrar el pestillo echado se decidió a curiosear por el ojo de la cerradura. Y su espanto no tuvo límites al contemplar a su vástago acompañado de un amiguito de colegio en una actitud que si tenía algo de sueca en cambio no tenía nada de decente. Se impuso prohibir al niño terminantemente el cultivo del sport y la intimidad con camaradas sospechosos de idénticas aficiones; pero la enérgica medida no obró gran efecto porque una noche el padre de Rafaelito descubrió que el nene seguía cultivando la gimnasia sueca con uno de los criados de la casa. El sirviente fue despedido; pero su sustituto continuó sus malditos ejercicios y hubo que internar al chiquillo en un colegio de Jesuitas, de donde fue expulsado por desmoralizador (Retana 1919b: 232-233).

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Los ambiguos (1922

También el mundo de la prostitución masculina está presente, como constatamos en la novelita Los ambiguos (1922), en la que una mujer mayor, Amalia Díaz de Hinojares, busca clientes adinerados a su joven amante Julio, descrito en estos términos

El muchacho, ante la promesa alucinante se puso en pie y se desesperezó definitivamente en todo el esplendor de su belleza de adolescente griego. Amalia le contempló satisfecha; pero no con la voraz expresión que el emperador Adriano hubiera reservado para su favorito Antinoo, cuya clásica hermosura evocaba el joven, sino con una mirada que parecía evaluarle en su justo precio. Examinó con gesto de contrariedad el ligerísimo y dorado vello que empezaba a invadir los torneados brazos, las férreas piernas y los redondos muslos de su amante (Retana 1922: 19-20).

He aquí el modus operandi de la singular pareja (que recuerda a alguna otra famosa en la literatura decadente de expresión francesa, como la de la novela de 1884 Monsieur Venus, de Rachilde), en estrategia ideada y expuesta por la mujer:

— Mira, hijito… Como ves, no tenemos dineros, ni cosa que lo valga… y mantenernos en el plan de lujos y de comodidades que disfrutamos cuesta mucho dinero. Pero yo tengo guardadas unas pesetas que no quería tocar hasta que estuviese muy apurada, y me las voy a gastar en hacerte un equipo estupendo, para que estés muy guapo y vayas de conquistas conmigo a Maxim’s, al Ideal, al Ritz y a Parisiana… Pero no a conquistar tías, entiéndeme, sino a cazar viejos ricos, de estos que les gustan ciertas cosas… Y luego los traes a casa y les pides los cuartos por adelantado… Y cuando vayan a desnudarse, entro yo, les armo un escándalo, les pido todo lo que lleven encima y pata. ¿Qué te parece? (Retana 1922: 30).

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A Sodoma en tren botijo (1933

La seducción de los placeres que podría alcanzar un guapo joven, de Almería, llamado Nemesio Fuentepino, en la capital de España, frecuentando los círculos del vicio y de la corrupción, es el tema central de una de las últimas novelas eróticas de Álvaro Retana, A Sodoma en tren botijo (1933), con prólogo de Antonio de Hoyos y Vinent, cuyo título recuerda el de una pieza teatral de principios de siglo, Abanicos y panderetas o ¡A Sevilla en el botijo! (1902), de los Álvarez Quintero, con música de Ruperto Chapí. He aquí el comienzo de la escena en la que el personaje va a claudicar ante varios agresores masculinos.

El afrodisíaco suministrado por los argentinos había surtido sus efectos, y Nemesio sentíase predispuesto a un final heroico. Dominábale un irrefrenable deseo sexual que la hacía adaptarse al ambiente y transigir con las perspectivas más absurdas. El champagne prestábale una alegría exasperada, y al mismo tiempo restábale fuerzas físicas, dejándole indefenso e irresponsable ante sus sitiadores. Ellos, correctos y experimentados, procuraron no despertar recelos en el almeriense, y le acorralaban taimados, desplegando una táctica que suavemente iba ahuyentando los últimos pudores, los restantes prejuicios del muchacho.

Habíanse encerrado los tres en una reducida camareta, sin más muebles que una cama turca repleta de almohadones, una lámpara japonesa, que predisponía con su luz velada y rojiza a cualquier extravío, y una diminuta mesita de laca, donde había cigarrillos egipcios, bombones y un perfumador (Retana 2004: 232).

Abundar en la cuestión, tan visible por otra parte, puede parecer redundante en exceso y de todo punto innecesario.

Como hemos ido señalando, Retana cultiva una novela erótica, de tono procaz y provocador, que le atrajo la atención de una amplia parte del público español del primer tercio del siglo XX, pero que también le causó numerosos problemas judiciales y, en ocasiones —no siempre[16]—, la repulsa de la crítica, sobre todo de la más reaccionaria o biempensante, como se decía en su momento. No nos parece, sin embargo, un buen novelista, sino que, como carece habitualmente de hondura psicológica en los personajes que presenta, se limita a describir situaciones y episodios, con escaso desarrollo, poco trabados entre sí, que dan la impresión de cuadritos o de escenas eróticas e irónicas al mismo tiempo, que lo mismo podrían ampliarse que reducirse, sin afectar de manera radical a la composición del relato en cuestión.

Quizás su valor resida, desde una perspectiva actual, en haberse erigido en un decidido defensor de las diversas formas alternativas de la vida sexual, sobre todo de la practicada por los que entonces eran designados con el apelativo de «el tercer sexo». Su aportación empieza a ser estudiada y recuperada, aunque todavía no se tenga en cuenta en los estudios clásicos sobre la corriente de la llamada literatura gay[17], pero en el panorama de las letras hispánicas de la Edad de Plata su figura y su obra deben ser consideradas, y de hecho lo son[18], como un valioso ejemplo de atrevimiento y osadía, y también de buen humor, en torno a temas que muchos lectores tildaban de escabrosos e inmorales

BIBLIOGRAFÍA CITADA

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NOTAS

[1] La cita de Retana con que se abre este artículo es la dedicatoria de una de sus primeras novelas largas, Al borde del pecado. En unas declaraciones posteriores, el escritor añadía en un tono parecido: «Mis propósitos al describir los trucos de esas criaturas [de «sensualidad extraviada», había indicado antes] que viven en pecado mortal es dar la voz de alarma a los curiosos, previniéndoles que no piquen anzuelos de pesadilla. Estaba reservado a un artista tan despreocupado como yo la misión de desenmascarar a los trucosos, a los pervertidos y a cuantos se aprovechan de la inocencia ajena para satisfacer los impudores propios. He aquí por lo que yo, que estoy calificado como un novelista amoral, soy en el fondo un verdadero moralista. Pues no necesitaré afirmar que yo “no apruebo ni comparto” ninguna de las teorías expuestas por los personajes de mis obras. Me limito a retratarlos en sus actos y en sus lenguajes, como desea Emilio Carrère; pero esto no equivale a que yo simpatice, ni mucho menos, con determinadas tendencias, que no tienen para mí otra importancia que la puramente literaria. Honni soit qui mal y pense!» (Retana 1923a).

[2] Según Pérez Sanz y Bru Ripoll (1989: 33), Retana tuvo un noviazgo juvenil con una muchacha de diecisiete años llamada Margarita Ferreras, que podría ser la destinataria de esta dedicatoria.

[3] La noticia se recuperó en la sección «Hace medio siglo ABC decía» (ABC, 14 de enero de 1976, p. 91), donde se cambió el inicial Anteayer por un Ayer.

[4] Sobre estas cuestiones, cfr. Toledano Molina (1997).

[5] El dibujante mencionado debe de ser José Guillén de Villena, que había ilustrado novelas de Retana como El veneno de la aventura, El tonto, La flor del Turia o Flor del mal; cfr. García Mínguez (2007), con diversas menciones de Guillén. En el prólogo de su novela Mi novia y mi novio, Retana había comentado a Artemio Precioso: «y anuncie usted al público que mi próxima producción llevará por título El veneno de la aventura, y en ella hará su debut como dibujante José Guillén, un joven y notable artista de Villena, al cual ni siquiera conozco personalmente, pero a quien deseo proteger» (1923: 6). Sobre el sentido del término proteger en este contexto no nos pronunciamos.

[6] Bello (1924: 183). Sobre este personaje, cfr. Iwasaki (2004).

[7] Otros novelistas, como El Caballero Audaz, eran también envidiados por las ganancias que obtenían con una literatura que oscilaba entre lo erótico y lo pornográfico, pero que les producía pingües beneficios económicos; cfr. Cruz Casado (1989).

[8] Nos referimos a Vicente (2005, 2006 y 2007), volúmenes todos en modélica edición de la profesora Ángela Ena, y con documentados prólogos suyos.

[9] Es el título, por otra parte, de una conocida obra teatral simbolista de Ramón Goy de Silva (cfr. Toledano Molina 2005), escritor de la época de Retana y también de tendencias homoeróticas.

[10] El texto continúa: «Los temperamentos femeninos, ingenuamente sentimentales y sutiles, raramente encontramos un hombre a nuestro agrado. Todos son demasiado fuertes para nosotras. Nos asquea su varonilidad [sic] y nos distancia del deleite. No nos sentimos confidenciales ni podemos entregarles nuestras almas, temiendo que las destrocen con su fuerza; y el olor a macho, que para las mujeres inferiores es un supremo encanto, es para nosotras el mayor tormento.

»¡Qué suplicio si tuviésemos que aguantar un hombre velludo, con la cara llena de pelos, oliendo a vino y tabaco, aprisionándonos implacable entre sus nervios y sus músculos de acero!

»El hombre en sí es repugnante para las mujeres débiles. Las verdaderas mujeres, que somos las más femeninas, no admitimos el hombre sino como una concesión a la sociedad que nos lo exige. Nos parece agradable como un protector de nuestra debilidad, como el sostenedor de nuestros hijos y nuestros caprichos; pero jamás como instrumento de placer. Ellos son para los marimachos, que luchan encantadas con la brutalidad del sexo opuesto, gozando incomprensiblemente con los dolores que les proporciona el placer del hombre.

»Nuestro goce es el refinamiento. Somos gatitas mimosillas que se muerden, juguetonas, desdeñando los placeres que nos brinda un gato enamorado, terrible amador, cuya embriaguez se manifiesta en arañazos» (Retana s. a. [1920]: 50-42).

[11] En Pérez Sanz y Bru Ripoll (1989: 64). Mantenemos las cursivas del original; también está enfatizado con mayúsculas el término maravillas. Para la comprensión completa de este fragmento epistolar hay que tener en cuenta que en el argot de los homosexuales es frecuente el cambio de género gramatical para mencionar a los que están implicados en el ambiente del grupo, de manera que «una niña» puede entenderse referido a «un joven».

[12] «Es un chico guapo, bastante buen tipo, unos treinta y dos años, muy aficionado a toros, y de buena posición, acepté [salir con él], íbamos los dos solos, y cuando estuvimos a varios kilómetros de la población pasó lo que yo me figuraba iba a pasar y que tú adivinarás, se me declaró un admirador mío y que a pesar de que le gustaba yo muchísimo se había resistido por temor a que yo no aceptase, en fin que a mí que también me gustaba pues es una cosa que merece esto y más me pareció kolosal [sic] y nos fuimos a una finca de este chico a veinticinco kilómetros de donde esto ocurría y allí no te relato lo que ocurrió… porque no voy a dar lecciones al maestro de los maestros, sólo te diré que es un gran tipo de hombre, y muy macho, aquí tiene fama de mujeriego y de haberse disfrutado de muy buenas señoras» (en Pérez Sanz y Bru Ripoll 1989: 64).

[13] Sobre este escritor, cfr. Cruz Casado (1985, 1987, 1991, 1997, 2002 y 2003).

[14] Así dice en el prólogo de El veneno de la aventura: «no comparto, ni siquiera simpatizo, con ninguna de las ideas sustentadas por los personajes de mis novelas. Yo soy un pintor de ambientes que procura describir exactamente cuanto juzga interesante para el público; pero no lo reconozco a nadie el derecho de pensar que yo disculpo cuanto pasa en las páginas de mis obras» (Retana 1924: 10). Y añade, con expresiones que recuerdan a la escuela finisecular francesa, aún de corte naturalista: «Como un doctor en su laboratorio estudia en los conejos de Indias los más enrevesados problemas vitales, yo he estudiado en las almas de los más grandes pervertidos complica­ciones psicológicas y si se quiere patológicas, dignas de ser expuestas a la voracidad de los lectores con una finalidad muy moral: para que los viciosos se avergüencen de sí mismos y los puros no lo imiten» (Retana 1924: 10 y 12).

[15] Cfr. el reciente estudio de Ezpeleta Aguilar (2006) sobre esta novela.

[16] Entre los defensores del novelista se encontraba nada menos que don Julio Cejador, algo de lo que se ufanaba Retana (cfr. Cejador y Frauca 1920).

[17] No hemos visto referencias a Retana, ni a ningún escritor español, ni en Woods (2001) ni en Alexandrian, aunque este tiene un documentado capítulo dedicado a «Los compañeros de Sodoma» (1990: 313-331).

[18] Entre las aproximaciones españolas, nos parecen importantes las de Villena (1992 y 1999), además del capítulo de Mira (20072). Por nuestra parte, nos hemos ocupado de la obra de Retana en varios artículos, a veces simples reiteraciones: Cruz Casado (1996, 1998a, 1998b, 2001 y 2005b).

[19] Prólogo fechado en octubre de 1918.

[20] Al final: junio de 1920.

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