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Día mundial contra el cáncer


DÍA MUNDIAL CONTRA EL CÁNCER.- Genealogía de la ‘oncomovie’

Metástasis aguda del melodrama

  • Nanni Moretti (Caro diario (1993) hace por fin, y con el accidente de su propia vida, lo más parecido que ha conocido el cine a la película que imaginábamos al principio. Sin aspavientos. Nos morimos. Tarde o temprano, con o sin cáncer. Hemos llegado.

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Imagen del filme de Isabel Coixet ‘Mi vida sin mí’. EL MUNDO

LUIS MARTÍNEZ…. Madrid….. Actualizado: 04/02/2015 02:52 horas

Probablemente recuerden esa película en la que un hombre, tras conocer la noticia de su cáncer, acepta con naturalidad el diminuto accidente de su vida. Sin aspavientos. Al fin y al cabo, la metástasis que ha puesto fecha de caducidad a su existencia cambia en poco las cosas. Sabía que iba a morir desde el momento no tanto de su nacimiento como de su madurez y las palabras de su médico no han hecho más que confirmarlo. Acelerar las cosas no significa que sean distintas. En su fuero interno, y a un lado el siempre extraño e inexplicable episodio del dolor, hasta agradece la noticia. En realidad, se trata de una constatación de lo inevitable. Imagina nuestro héroe que lo que ahora sabe (la razón de su muerte) le coloca en una posición de ventaja frente a la incertidumbre de todos los demás. Y así, tranquilo y lúcido, se encamina a su casa para dar la buena noticia a su mujer, a sus hijos, a todos a los que aprecia. La vida se le acaba. Por fin.

¿No caen? En efecto, la razón es sencilla: no existe. El cine, como el mayor productor de fantasmas que es, hace tiempo que mantiene con el cáncer una relación profundamente obscena y descaradamente kitsch. Con excepciones tan dignas como memorables, eso sí. Pocas enfermedades, de hecho, lucen unas posibilidades melodramáticas más brillantes. Y por melodrama entendemos aquí esa perversión lacrimógena, blanda e impúdica del género dramático entendido como aproximación fiel, realista y madura, a la propia realidad.

El cáncer cinematográfico es necesariamente mortal, burgués (casi siempre afecta a gente de buena posición social) y le gusta la carne joven. Por supuesto, nada de tumores colorrectales ni pústulas en la piel. Se muere sin pelo (eso sí), pero guapo. Es decir, no entiende de estadísticas ni se compadece con esas cifras que hablan de una recuperación en aproximadamente el 50% de los casos. No en balde, una buena metástasis procura de forma digamos natural el detonante de un artefacto trágico incontestable y, en su fuero interno, profundamente conservador: da lo mismo lo rico y guapo que seas, la vida tiene el poder de igualar a todos en el sufrimiento. Resignación pues. Y de ahí, su éxito. Si el cine es la más popular de las artes, el cáncer mitificado en pantalla puede llegar a ser el más consolador y reaccionario de sus argumentos.

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´Amarga victoria´ (Edmund Goulding, 1939)

Desde ´Amarga victoria´, rodada por Edmund Goulding en 1939, en la que Bette Davies hacía de su tumor cerebral la excusa perfecta para arramblar con todo lo que tenía delante,

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Love story (Arthur Hiller, 1970),

hasta Love story (Arthur Hiller, 1970), donde Ryan O’Neal y Ali McGraw aprendieron a no decirse nunca lo siento, leucemia mediante, las películas de cáncer responden a un similar patrón catártico: uno descubre su enfermedad y, de su mano, cae en la cuenta de que ha estado viviendo sin ser consciente de las cosas que importan. Y, claro, llega el amor. En crudo. La muerte inminente abre los ojos. Y los lacrimales.

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Elegir un amor (Joel Schumacher, 1991)

Así ocurre, con variantes más o menos previsibles, en

  • Elegir un amor (Joel Schumacher, 1991) donde Julia Roberts y Campbell Scott, enfermera y enfermo, aprenden a luchar gracias al amor;
  • en La fuerza del cariño (James L. Brooks, 1983);
  • en La habitación de Marvin (Jerry Zaks, 1996);
  • en Tierras de penumbra (Richard Attenborough, 1993);
  • en Mi vida (Bruce Joel Rubin, 1993) o, y de forma programática y perfecta, en
  • The Guitar (A. Redford, 2008), donde nuestra protagonista decide aprovechar hasta el último aliento los dos meses que le quedan.

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The Guitar (A. Redford, 2008)

La lista, en realidad, es interminable y en ella figuran nombres grandes y pequeños del cine. Es más, dentro del género, llamémoslo así, se han cobijado otros aún más sospechosos, melodramáticamente hablando. Nos referimos al cáncer con niños en el que, siempre a un paso de lo peor, brillan títulos como

  • Planta 4ª (Antonio Mercero, 2003) o
  • Declaración de guerra (Valérie Donzelli, 2011).
  • Esos o, el mejor y más crudo ejemplo, por honesto, de todos: Camino (Javier Fesser, 2008).

Pero sería injusto quedarse sólo con los síntomas de la enfermedad. Es decir, se impone reconocer que, pese a todo, el cáncer ha dado grandes películas.

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Vivir (Akira Kurosawa, 1952)

Unas tan pegadas a la norma como

  • ´Vivir´, donde Akira Kurosawa compone una de sus más bellas películas merced a un cáncer en el intestino de un funcionario que obliga al protagonista a redimirse de su existencia oficialmente gris;
  • o como El doctor, de Randa Haines, donde William Hurt propone la mirada del médico, de golpe, transformado él mismo en paciente;
  • o como Mi vida sin mí, en la que el cáncer es la excusa que utiliza Isabel Coixet para rastrear, como siempre, los pliegues de la intimidad.

Y a su lado, otras tan genuinamente extrañas y peculiares como

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Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972)

  • Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972),
  • Las invasiones bárbaras (Denys Arcand, 2003)
  • o Caro diario (Nanni Moretti, 1993).

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Caro diario (Nanni Moretti, 1993)

Si en la primera, el cáncer es apenas el ruido que empaña una de las más aceradas e irrefutables reflexiones sobre argumentos tales como la comunicación, el silencio y la muerte, en la segunda la enfermedad es el detonante de una comedia brutal y desangrada sobre la pérdida, cualquiera de ellas. La tercera, sin embargo, es otra cosa. Nanni Moretti hace por fin, y con el accidente de su propia vida, lo más parecido que ha conocido el cine a la película que imaginábamos al principio. Sin aspavientos. Nos morimos. Tarde o temprano, con o sin cáncer. Hemos llegado.

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