Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

05.- El anciano Pelias

Pelias y Jasón.

En la mitología griega, Pelias era hijo de Tiro y Poseidón y hermano gemelo de Neleo.

Tiro estaba casada con Creteos (con quién tuvo un hijo, Aesón) pero estaba enamorada de Enipeo, un dios fluvial. Éste, aunque complacido, no estaba interesado en ella. Poseidón, aprovechando la situación, se disfrazó de Enipeo y mantuvo relaciones con ella. De esta unión, nacieron los gemelos Pelias y Neleo.

Pelias tenía gran sed de poder y quisó apoderarse de toda la Tesalia. Así que envió al exilio a Neleo y encarceló a Aesón, que era el primogénito. Mientras estaba encarcelado, Aesón se casó y tuvo varios hijos. El más famoso de ellos fue Jasón, quien tendría derecho al trono legítimamente. A éste, Aesón lo envió con Quirón, el centauro, para que lo instruyera. Mientras a Pelias le fue profetizado que tuviera cuidado con un visitante calzado con una sola sandalia.

Muchos años después, Pelias celebraba unos sacrificios en honor de Poseidón, cuando llegó Jasón con una sola sandalia ya que había perdido la otra cruzando un río. Pelias le preguntó que haría si se encontrara con el responsable de su ruina, a lo que Jasón, ignorante de la profecía, le respondió que le enviaría a buscar el vellocino de oro. Pelias aceptó el consejo y envió a Jasón a esa labor, tarea que emprendió con los llamados argonautas.

Cuando Jasón volvió exitoso con el vellocino de oro, le acompañaba Medea.

Pelias, aun así, no quisó entregar su reino a Jasón.

Medea entonces conspiró para que las hijas de Pelias, (las Pelíades) mataran a su padre. Les contó que podía convertir un animal viejo en uno joven, despedazándolo e hirviéndolo en un caldero. En la demostración, del caldero saltó un carnero joven. Emocionadas, las hijas despedazaron a su padre para devolverle la juventud, cometiendo un involuntario parricidio.

El encargo de Pelias a Jasón

Píndaro, Pítica IV, 70-257 (Trad. E. Suárez de la Torre)

¿Cuál fue el comienzo de la navegación que les acogió?

¿Qué riesgo les aprisionó con fuertes clavos?. Un oráculo había dicho que Pelias habría de morir por obra o intriga inflexible de los ilustres Eólidas.

Heladora predicción se había presentado a su ponderado ánimo, pronunciado junto al ombligo central de nuestra madre la boscosa: que, por todos los medios, tomara grandes precauciones frente al hombre de una sola sandalia, cuando, procedente de escarpado refugio, llegara a la luminosa tierra de la gloriosa Yolco, ya fuera extranjero o lugareño.

Jasón y la sandalia

Higino, Fábulas 12 y 13, (Trad. S. Rubio Fernaz)

 Fábula 12…Pelias, hijo de Creteo y de Tiro, había recibido una respuesta del oráculo, según la cual, debía ofrecer sacrificio a Neptuno y, si un ‘monocrepis’, es decir, un hombre calzado en un solo pie, se sumase a la ceremonia, entonces es que su muerte estaba próxima.

Como Pelias hacía sacrificio a Neptuno cada año, Jasón, hijo de Esón, hermano de Pelias, deseoso de hacer sacrificios, perdió una sandalia mientras cruzaba el río Eveno y la abandonó para llegar pronto al sacrificio.

Al verlo, Pelias recordó la advertencia del oráculo y le ordenó que reclamase de su enemigo el rey Eetes la piel dorada del carnero que Frixo había sacrificado a Marte en la Cólquide.

Él convocó a los caudillos de Grecia y partió hacia la Cólquide.

Fábula 13…Una vez Juno, tras transformarse en una anciana, estaba junto al río Eveno y, con la intención de probar los espíritus de los hombres, pedía que la llevaran al otro lado del río Eveno y nadie quería hacerlo. Jasón, hijo de Esón y de Alcímede, la llevó a la otra orilla. Ella, a su vez, enojada con Pelias, porque había olvidado hacer sacrificios en su honor, hizo que Jasón perdiera una sandalia en el lodo.

Prosigue el texto de Píndaro, Pítica IV, 70-257 (Trad. E. Suárez de la Torre)

Y, en efecto, pasado el tiempo se presentó, armado con dos lanzas, aquel hombre sobrecogedor. Vestidura doble lo cubría: la local de los Magnesios se ajustaba a sus admirables miembros, y protegía sus hombros del rgor de las lluvias con una piel de leopardo. No llevaba cortadas las ilustres trenzas de su cabellera, sino que cubrían de rubias hondas toda su espalda.

Al punto fue derecho y se detuvo ante él, poniendo a prueba su espíritu intrépido, cuando la multitud llenaba el ágora.

Nadie le conocía. Entre la admiración general, incluso alguno llegó a decir así: “Éste no es, creo, Apolo, ni, desde luego, el esposo de broncíneo carro de Afrodita. Dicen además que en la ilustre Naso murieron los hijos de Ifimedea, Oto y tú, Efialtes, audaz soberano. Y sin duda a Ticio le dio alcance una flecha rauda de Ártemis, sacada de su invencible aljaba, para que sólo aspiremos a alcanzar los amores posibles”.

W. Allston, “Jason returning to demand his father’s kingdom”, 1808-1808. Lowe Art Museum at the University of Miami

Mientras los ciudadanos intercambiaban expresiones de esta índole, sobre su carro de mulas pulido, presuroso llegó Pelias con la vista clavada en él. Llenóse de estupor al instante, cuando observó la bien conocida sandalia calzada, una sola, en el pie diestro. Mientras intentaba ocultar en su ánimo el temor, le dirigió estas palabras: “Extranjero ¿qué tierra aseveras que es tu patria? ¿Cuál de las humanas nacidas de la tierra, te hizo surgir de su vientre anciano?. Declara tu linaje sin mancillarlo con aborrecibles falsedades.”

Seguro de sí, respondiole así Jasón, con serenas palabras: “Afirmo que he de poner de manifiesto las enseñanzas de Quirón, pues vengo de su antro, hogar de Cariclo y Fílira, donde las puras hijas de Centauro me criaron. Cumplidos ya veinte años sin haberles avergonzado con actos o palabras inconvenientes, retorno a mi casa, para recuperar la antigua potestad de mi padre, que está sometida a un reinado indebido, otorgada antaño por Zeus al conductor de pueblos, Éolo, y a sus hijos.

Estoy enterado de que Pelias, obedeciendo a su alucinada mente, de forma ilícita, se la arrebató violentamente a mis padres, los legítimos soberanos. Ellos, nada más ver yo el primer rayo de luz, temerosos de la brutalidad del desmesurado gobernante, como si yo hubiera fallecido, organizaron lúgubre duelo en el palacio, entremezclado con el lamento de las mujeres, y en secreto me enviaron, entre purpúreos pañales, tras haber confiado mi huida a la noche, y me entregaron al Crónida Quirón, para que me criara.

Mas ya conocéis lo principal de esta historia. ¡Ilustres ciudadanos! Indicadme con claridad dónde se halla el palacio de mis antepasados, los de blancos corceles, pues he llegado aquí como oriundo hijo de Esón, y no a tierra extraña de otros hombres. ¡El divino Centauro me llamaba por el nombre de Jasón!”. Así habló. Cuando hubo entrado, reconociendo los ojos de su padre y entonces a borbotones brotaron lágrimas de sus ancianos párpados, pues sintió gozo en derredor de su alma al ver a su extraordinario hijo, el más hermoso de los hombres.

Y acudieron sus dos hermanos, atraídos por la noticia de su llegada: Feres, el más cercano, dejó la fuente Hipereide, y desde Mesena vino Amitaón. Con rapidez llegaron también Admeto y Melampo, en prueba de afecto, a ver a su primo. A compartir el banquete Jasón les acogió con amables palabras, y mediante las adecuadas muestras de hospitalidad toda clase de alegrías les brindó por extenso, recolectando durante cinco noches seguidas y sus días la sagrada flor de la vida gozosa.

Mas al sexto, tras encauzar la conversación con seriedad, el héroe comunicó a sus parientes todos sus propósitos desde un principio. Ellos se pusieron de su parte, y al instante se incorporó del triclinio, acompañado de aquéllos, y se dirigieron al aposento de Pelias. Impetuosos se presentaron dentro, y al oírles, les hizo frente en persona el hijo de Tiro, la de seductoras trenzas. Mas Jasón, destilando con suave vez tranquilizadoras palabras, puso el fundamento de inteligentes razones: “Hijo de Posidón Petreo, el corazón de los mortales suele apresurarse a elogiar la ganancia fraudulenta, postergando la justicia, aunque estén abocados a un duro amanecer de ese festejo. Sin embargo, menester es que tú y yo, amoldados nuestros rencores a los mandatos de la ley, tejamos la futura dicha. Lo que te voy a decir, lo sabes: la misma vaca es la madre de Creteo y del audaz Salmoneo, y nosotros, brotes nacidos de aquéllos, contemplamos ahora el áureo rigor del sol en la tercera generación. ¡Que las Moiras se aparten, si algún odio se adueña de los consanguíneos hasta ensombrecer el respeto que se deben! No es decoroso que nosotros repartamos con espadas o jabalinas de broncínea punta los grandes honores de los antepasados.

Por tanto, yo te cedo las ovejas y los rebaños de rojizas vacas, y además todos los campos que arrebataste a mis progenitores y que administras cebando tu riqueza. Y no me duele que estos bienes hagan medrar tu hacienda sobremanera. Sin embargo, tanto el cetro del poder absoluto como el trono, sentado sobre el cual antaño el hijo de Creteo impartía justicia a su ecuestre pueblo ambos, sin que medie entre nosotros el rencor,¡devuélmelos, para que no surja de ellos nueva calamidad para nosotros!”.

El vellocino, signo de Aries

Así dijo, y con calma replicó también Pelias: “Así procederé, mas a mí ya me envuelve la parte anciana de la vida, mientras que a ti acaba de empezar a brotarte la flor de la juventud; tú sí puedes aplacar la cólera de los dioses subterráneos. Nos exige, en efecto, Frixo que, para recobrar su alma, vayamos al palacio de Eetes y nos llevemos la piel de tupido vello del carnero, gracias al cual antaño se libró del mar y de las impías flechas de su madrastra. Esto es lo que un portentoso ensueño ha venido a comunicarme, y yo he ido a consultar el oráculo de la fuente Castalia si debía emprender alguna búsqueda y me ha indicado que, enseguida, prepare para mi nave esa expedición de rescate. Acepta tú llevar a cabo esta prueba y entonces yo te juro que habré de cederte el poder absoluto y la dignidad real. Sea para ambos testigo, cual recio juramento, Zeus, nuestro común ascendiente”.

Previo asentimiento a este trato, se separaron. Mas Jasón, por su parte, ya estaba enviando heraldos a anunciar por doquier que la expedición tenía lugar.

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