Albherto's Blog
Argonauta, en busca del Vellocino de Oro. Una navegación diaria por la blogosfera… ¡ y hasta aquí puedo escribir !

41.- Vellocino de oro

La prueba de Eetes
 
 
 
 
 
 
 

 

Detalle del rey Eetes entre sus hijas recibiendo a Jasón, detrás de él la prueba de los toros, de la serie dedicada a Los Argonautas por B. Di Antonio (1446-1516)

Apolonio Rodio, Las Argonáuticas III, 396 ss.
(trad. M. Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 2000)

…el ánimo de aquél [Eetes] agitaba en su pecho un doble propósito: o acometiendo los mataría al instante mismo, o pondría a prueba su fuerza. Esto le pareció mejor en su reflexión, y ya le replicó a su vez:

“Extranjero, ¿por qué relatar cada cosa en extenso? Pues si verdaderamente sois de la estirpe de los dioses, o incluso si, de otro modo, vinisteis por lo ajeno sin ser inferiores a mí, te daré el dorado vellón para que te lo lleves, si quieres, tras ponerte a prueba. Pues por los hombres valerosos no siento recelo, como vosotros contáis de ese soberano de la Hélade. La prueba de tu fuerza y tu valor será un trabajo que yo mismo llevo a cabo con mis manos, por funesto que sea. En la llanura de Ares pacen dos toros míos de broncíneas patas, que por su boca exhalan fuego. Tras uncirlos al yugo los guío por la dura campiña de Ares, de cuatro fanegas, que rápidamente labro hasta el lindero con el arado y no siembro en los surcos la semilla con el grano de Deo, sino los dientes de un terrible dragón que al crecer se transfiguran en hombres armados. Allí mismo los destruyo y siego bajo mi lanza conforme vienen a mi encuentro por alrededor. De mañana unzo los bueyes y a la hora del crepúsculo finalizo la cosecha. Tú, si realizas esto así, entonces en el mismo día te llevarás el vellocino a casa de tu rey. Antes no te lo daría, ni lo esperes. Pues sin duda es indigno que un hombre nacido noble ceda ante un hombre inferior”.

A. F. Sandys, Medea, 1866-1868. HYPERLINK “http://www.artrenewal.org/asp/database/art.asp?aid=478&page=1&order=t”Birmingham Museum of Art, Birmingham, Alabama, USA

Apolonio Rodio, Las Argonáuticas III, 744 ss.
(trad. M. Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 2000)

La noche luego traía las tinieblas sobre la tierra… El silencio reinaba en la cada vez más negra oscuridad. Pero a Medea no la dominó el dulce sueño. Pues, en su pasión por el Esónida, muchas inquietudes la desvelaban temerosa del furor violento de los toros, ante los que él iba a sucumbir con un miserable destino en la campiña de Ares. Intensamente le palpitaba el corazón dentro de su pecho… De sus ojos fluían lágrimas de compasión… Se decía a sí misma unas veces que le daría las mágicas pócimas contra los toros; y otras que no, y que sucumbiría también ella. En seguida, que ella no moriría, ni le daría las pócimas, sino que así resignada soportaría su desgracia. Sentándose luego quedó indecisa y exclamó:

“¡Desdichada de mí!, que ahora en este o en aquel infortunio me hallo, por entero mi espíritu está desamparado y no hay remedio alguno para mi dolor… ¡Ay! Ojalá hubiera sido abatida por los veloces dardos de Ártemis, antes de ver a éste… Que muera ejecutando la prueba, si perecer en la campiña es su destino. Pues, ¿cómo sin advertirlo mis padres podría preparar las pócimas? ¿Y luego qué explicación contaré… llevándome de boca en boca por todas partes las mujeres cólquides murmurarán cosas indignas: ‘la que murió por cuidarse tanto de un hombre extranjero; la que deshonró su casa y a sus padres por ceder a una impúdica pasión’…”

Dijo, y fue en busca del cofre en que tenía depositadas muchas pócimas, unas benéficas, otras destructivas.

Apolonio Rodio, Las Argonáuticas III, 789 ss.
(trad. M. Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 2000)

[Habla Jasón a Medea:]

“Pues sin ti no superaré la lamentable prueba. Yo después te pagaré gratitud por tu ayuda, como es lícito y conviene a quienes habitan alejados, procurándote renombre y hermosa gloria. Asimismo los demás héroes te celebrarán al regresar a la Hélade, y también las esposas y madres de los héroes, las cuales sin duda ya sentadas en las riberas nos lloran. Sus penosas aflicciones podrías tú disiparlas. Ya en cierta ocasión también a Teseo lo libró de sus funestas pruebas una doncella de Minos, la bondadosa Ariadna, a quien alumbrara Pasífae, hija de Helios. Pero ella además, una vez que Minos hubo calmado su cólera, abandonó su patria con él a bordo de la nave. A ella incluso los propios inmortales la amaron y en medio del éter, como signo suyo, una corona estrellada, que llaman de Ariadna, gira toda la noche entre las constelaciones celestes. Asimismo tú obtendrás la gratitud de los dioses, si salvas tamaña expedición de hombres notables. Pues en verdad, por tu belleza, pareces brillar con amables bondades.”

Véase comentario a este texto

J. W. Waterhouse, Jasón y Medea, 1907

… Al fin la joven, a duras penas, le habló así tiernamente:

“Advierte ahora cómo yo te prestaré ayuda. Cuando ya vayas a su encuentro y mi padre te entregue los funestos dientes de las quijadas del dragón para sembrarlos, entonces, aguardando a la media noche en su justa mitad y tras bañarte en las corrientes de un río inagotable, tú solo lejos de los demás, envuelto en un manto negro, excava un foso circular. En él degüella una oveja y deposítala entera en una pira que hayas construido adecuadamente sobre el mismo foso. Puedes propiciar a Hécate, la unigénita Perseide, libando de una copa el producto colmenero de las abejas. Luego, una vez que acordándote hayas aplacado a la diosa, retírate de nuevo de la pira. Que no te impulse a volver atrás ni ruido de pasos ni ladrido de perros, no sea que, arruinándolo todo, ni tú mismo regreses junto a tus compañeros como conviene. Al alba humedece esta pócima y, desnudo, acicala tu cuerpo como con un ungüento. Con ella obtendrás una fuerza inmensa y un gran vigor, y podrás decir que te asemejas no a los hombres sino a los dioses inmortales. Además de la propia lanza también deben untarse el escudo y la espada. Entonces no te podrán herir las picas de los hombres terrígenos ni la irresistible llama que surge de los toros funestos. Mas no será de tal condición por mucho tiempo, sino durante el mismo día. Sin embargo tú nunca retrocedas ante la prueba.

Y te daré además otro consejo de provecho. En cuanto hayas uncido los poderosos toros y rápidamente con tus brazos y tu vigor hayas arado por completo la dura campiña, y ya los gigantes como espigas en los surcos se alcen de los dientes del dragón sembrados en la oscura tierra, cuando observes que surgen numerosos de la campiña, arroja a escondidas una piedra muy pesada. Por ésta ellos, como perros de agudos dientes en torno a su presa, se matarán unos a otros. Y tú mismo presurosos dirígete a la pelea. Gracias a esto te llevarás de Ea el vellocino a la Hélade, bien lejos. Marcha, no obstante, adonde te sea grato, adonde te plazca ir tras tu partida.”

Apolonio Rodio, Las Argonáuticas III, 1177 ss. y 1270 ss.
(trad. M. Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 2000)

A su llegada el poderoso Eetes les entregó para la prueba los temibles dientes del dragón Aonio. A éste, que era guardián de la fuente de Ares, lo mató Cadmo en Tebas Ogigia, cuando llegó buscando a Europa. Y allí se estableció en su peregrinar tras la novilla que Apolo en sus oráculos le confiara como guía de su camino. La diosa Tritónide se los arrancó de sus quijadas y los entregó como regalo por igual a Eetes y al propio matador. Y el Agenórida Cadmo los sembró en las llanuras Aonias y asentó allí al pueblo terrígeno, a cuantos subsistieron bajo la lanza de Ares que los segaba. Los otros entonces se los entregó Eetes para que se los llevaran a la nave, de buen grado, pues no creía que él cumpliría los términos de la prueba, aunque pusiera el yugo a los bueyes….

[Jasón y los suyos] se apresuraban hacia la llanura de Ares… Encontraron a Eetes y a las demás gentes de los colcos, éstos situados sobre las atalayas del Cáucaso, aquél junto a la orilla del propio río donde traza su curva.

El Esónida… se aproximó luego caminando, al lado clavó su recia pica, derecha sobre la contera, y dejó el casco apoyado en ella. Marchó adelante con su escudo solo, rastreando las innumerables huellas de los toros. Éstos, desde algún oculto refugio subterráneo donde tenían sus sólidos establos envueltos alrededor en espesa humareda, se presentaron ambos a la vez exhalando llamaradas de fuego. Se asustaron los héroes cuando los vieron. Pero él, bien plantado, aguardaba su acometida como un escollo rocoso en el mar aguarda las olas que se agitan con inacabables tormentas. Delante de él sostuvo el escudo de frente. Y aquellos dos, entre mugidos, lo golpearon con sus poderosos cuernos, mas ni un tanto siquiera lo levantaron en sus embestidas… Ellos dos mugían resoplando rauda llama de sus bocas, y a él en torno lo envolvía el fuego abrasador como un relámpago. Pero las pócimas de la joven lo protegían.

Y él, agarrando por el extremo el cuerno del buey de la derecha, lo arrastró vigorosamente con toda su fuerza, para acercarlo a la broncínea gamella. Lo echó en tierra humillado, golpeando enérgicamente con el pie su broncínea pata. Asimismo al otro lo hizo caer de rodillas cuando atacaba, derribado con un solo golpe. Tras arrojar a un lado en el suelo su ancho escudo, plantado sobre las dos piernas, de una y otra parte sujetaba ambos toros, abatidos sobre sus rodillas delanteras, mientras era envuelto de repente en la llama. Pasmoso Eetes ante la fuerza del héroe.

E. de Morgan, Medea, 1889

Apolonio Rodio, Las Argonáuticas IV, 1ss.
(trad. M. Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 2000)

Ahora tú misma diosa, canta el sufrimiento y las intenciones de la joven de Cólquide…

Eetes planeaba un engaño insalvable contra ellos en su palacios, irritado violentamente en su ánimo por la odiosa prueba; y sospechaba que esto no sucedía del todo al margen de sus hijas.

Mas a ella en su corazón Hera le infundió el más doloroso temor. Y huyó como una ligera cervatilla, a la que en la espesura de un profundo boscaje atemoriza el ladrido de los perros. Pues en seguida creyó con certeza que su ayuda no le había pasado inadvertida, y que al punto colmaría toda su desgracia. Recelaba de sus sirvientas que estaban enteradas. Sus ojos se le llenaron de fuego, y terriblemente le zumbaban los oídos. Una y otra vez se tocaba la garganta, una y otra vez arrancándose mechones de su cabello gemía en su lamentable dolor. Y allí mismo entonces en contra del destino habría perecido la joven bebiendo sus pócimas, y habría frustrado los propósitos de Hera, si la diosa no la hubiera impulsado en su turbación a huir con los hijos de Frixo. En el pecho su alado corazón se le reconfortó, y luego ella, volviéndose atrás, del cofre vertió en su regazo a la vez todas las pócimas juntas. Besó su lecho y de ambos lados las jambas de la doble puerta, y acarició las paredes. Tras cortarse un largo mechón con sus manos, lo dejó en la alcoba para su madre como recuerdo de su doncellez, y con voz acongojada se lamentó:

“Este largo bucle te dejo en mi lugar al partir, madre mía. Que seas feliz, aunque yo muy lejos me vaya. Que seas feliz, Calcíope, y la casa toda. ¡Ojalá que el mar, extranjero, te hubiera destrozado antes de llegar a la tierra Cólquide!”.

Tres argonautas y Medea en la nave Argo

Apolonio Rodio, Las Argonáuticas IV, 66ss.
(trad. M. Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 2000)

A ella rápidamente sus pies la llevaban presurosa. Con júbilo ascendió sobre los ribazos del río, al divisar enfrente el resplandor del fuego que toda la noche los héroes tenían encendido por el feliz éxito de la prueba. Entonces a través de la oscuridad con voz fuerte y aguda llamó, desde la margen opuesta, al menor de los hijos de Frixo… Entre tanto los héroes avanzaban hacia ella con los rápidos remos… Luego Frontis y Argos, los dos hijos de Frixo, saltaron a tierra. Ella entonces, abrazando sus rodillas con ambas manos, les habló:

“Protegedme, amigos, en mi desdicha, como también a vosotros mismos, de Eetes. Pues ya todo enteramente ha quedado descubierto, y no nos asiste remedio alguno. ¡Ea!, huyamos en la nave antes de que él monte en sus raudos caballos. Yo os daré el dorado vellón, adormeciendo al dragón guardián. Mas tú, extranjero, ante tus compañeros haz a los dioses testigos de las palabras que me prometiste, y no me dejes partir lejos de aquí menospreciada y sin honra por falta de valedores.”

Dijo apenada. Mas el corazón del Esónida mucho se alegraba. Y al punto a ella, que estaba postrada a sus rodillas, alzándola suavemente, le habló con ternura y la animó: “Infeliz, que el propio Zeus Olímpico sea testigo del juramento y Hera conyugal, esposa de Zeus: de veras te instalaré en mi morada como legítima esposa, cuando lleguemos de regreso a la tierra de la Hélade”. Así le dijo, y al instante unió la mano derecha a su mano.

Apolonio Rodio, Las Argonáuticas IV, 114ss.
(trad. M. Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 2000)

El esónida y la joven descendieron de la nave en un herboso lugar que se llama Lecho del Carnero… Allí los héroes por consejo de Argos los dejaron ir; y ellos dos por una senda llegaron hasta el bosque sagrado, buscando la enorme encina sobre la que estaba echado el vellocino, semejante a una nube que se enrojece con los encendidos rayos del sol naciente. Pero frente a ellos tendía su larguísimo cuello el dragón, que vigilante con sus ojos insomnes los había visto venir. Silbaba de manera espantosa, y alrededor las extensas orillas del río y el inmenso bosque resonaban… Mientras éste serpenteaba, la joven se lanzó ante sus ojos, invocando con dulce voz al Sueño protector, el supremo de los dioses, para que hechizara al monstruo. Y clamaba a la soberana noctívaga, la infernal, la misericordiosa, que le diera acceso. El Esónida la seguía aterrorizado. Pero aquél ya, hechizado por el encantamiento, relajaba el largo espinazo de su terrígena espiral y extendía sus incontables anillos, como cuando en apacibles mares rueda una ola negra, débil y silenciosa. Pero no obstante, levantando aún en alto su horrible cabeza, trataba de engullir a ambos con sus funestas mandíbulas.

Mas ella con una rama de enebro recién cortada, que mojaba en su brebaje, entre encantamientos rociaba eficaces pócimas por sus ojos; y por encima y alrededor el intenso olor de la pócima le infundía el sueño. En el sitio mismo dejó apoyada la mandíbula, y sus inmensos anillos quedaron extendidos por detrás muy lejos a través del arbolado bosque.

Entonces él cogió de la encina el vellocino dorado por indicación de la joven; y ella, manteniéndose quieta de pie, untaba con su pócima la cabeza del animal, hasta que ya el propio Jasón le ordenó volverse hacia su nave. Y abandonaron el muy umbroso bosque de Ares…

Cuanto grande es la piel de una ternera añal o de un ciervo, al que los cazadores llaman gamo, tan grande era el vellón, completamente de oro, y por encima su cobertura de lana lo hacía pesado. La tierra se iluminaba con vivos destellos ante sus pies a medida que avanzaba. Marchaba unas veces llevándolo echado sobre el hombro izquierdo, desde lo alto del cuello hasta los pies, y otras en cambio lo enrollaba acariciándolo. Pues mucho temía que alguno de los hombres o de los dioses se lo arrebatara saliendo a su encuentro.

La aurora se esparcía sobre la tierra, y ellos llegaron junto al grupo. Se pasmaron los jóvenes al ver el gran vellocino, brillante igual que un relámpago de Zeus. Cada uno se alzó ansioso de tocarlo y recibirlo en sus manos. Mas el Esónida contenía a los demás, y le echó por encima un manto. Subiendo a la joven, la hizo sentarse en la popa, y tal discurso pronunció en medio de todos:

“Ahora ya no rehuséis, amigos, volver a la patria. Pues la necesidad por la que soportamos esta dolorosa navegación, padeciendo fatigas, se ha cumplido ya con éxito por los designios de esta joven. A ella, si quiere, yo la llevaré a mi casa como esposa legítima. Pero vosotros, como a quien es de toda Acaya y de vosotros mismos noble defensora, socorredla. Pues sin duda, creo, Eetes vendrá con su tropa para impedirnos la salida al mar desde el río… En nuestra partida se apoya la Hélade para alcanzar o el deshonor o bien una gran gloria”.

Así habló, y vistió sus armas de guerra. Ellos gritaron llenos de extraordinario ímpetu.

El vellocino de oro representa la idea de la realeza y la legitimidad: de ahí el viaje de Jasón en su busca, para restaurar el legítimo gobierno de Yolcos.

En la mitología griega, el vellocino de oro era el vellón del carnero alado Crisomallo (Χρυσομαλλος).

Aparece en la historia de Jasón y los argonautas, quienes partieron en su búsqueda para lograr que Jasón ocupase justamente el trono de Yolcos en Tesalia.

La historia era popular en la época de Homero (siglos IX-VIII a. C.) y probablemente date del siglo XIII o XIV a. C. Se conserva bajo diversas formas, en las que varían ciertos detalles. Por ejemplo, en versiones posteriores de la historia se decía que el cordero era hijo de Poseidón y de Temisto (con menos frecuencia, de Néfele).

Atamante, rey de la ciudad de Orcómeno en Beocia (una región del sudeste griego) tomó como primera esposa a la diosa nube Néfele, con quien tuvo dos hijos, Hele y Frixo. Más tarde se enamoró y se casó con Ino, la hija de Cadmo. Ino tenía celos de sus hijastros y planeó matarlos. (En algunas versiones, persuadió a Atamante de que sacrificar a Frixo era la única forma de acabar con una hambruna.) Néfele o su espíritu se apareció ante los niños con un carnero alado cuya lana era de oro. Los niños huyeron montando el carnero sobre el mar, pero Hele cayó y se ahogó en el estrecho del Helesponto, llamado así en su honor. El carnero llevó a Frixo hasta la Cólquide, a la lejana (oriental) playa del mar Euxino. Frixo sacrificó entonces al carnero y colgó su piel de un árbol (en varias versiones un roble) consagrado a Ares, donde fue guardada por un dragón. Allí permaneció hasta que Jasón se hizo con ella.

El carnero se convirtió en la constelación Aries.

Jasón regresa con el vellocino de oro en una crátera roja de Apulia, c. 340-330 a. C.

Vellocino de oro

En la mitología griega, el vellocino de oro era la zalea del carnero alado Crisomallo. Aparece en la historia de Jasón y los argonautas, quienes partieron en su búsqueda para lograr que éste ocupase justamente el trono de Yolcos en Tesalia. Esta historia es muy antigua y, por tanto, se conserva bajo diversas formas, entre las que varían ciertos detalles. De esta forma, en versiones posteriores de la historia se decía que el cordero era hijo del dios del mar Poseidón y de Temisto.
Atamas, rey de la ciudad de Orcómeno en Beocia (una región del sudeste griego), tomó como primera esposa a la diosa nube Néfele, con quien tuvo dos hijos, Hele y Frixo. Más tarde, se enamoró y se casó con Ino, la hija de Cadmo. Ino tenía celos de sus hijastros y planeó matarlos. (En algunas versiones, persuadió a Atamas de que sacrificar a Frixo era la única forma de acabar con una hambruna). Néfele o su espíritu se apareció a los niños con un carnero alado cuya lana era de oro. Los niños huyeron montando el carnero sobre el mar, pero Hele se cayó y se ahogó en el estrecho, hoy llamado en su honor Helesponto. El carnero llevó a Frixo sano y salvo hasta la Cólquide, a la lejana (oriental) playa del mar Euxino. Frixo sacrificó entonces al carnero y colgó su piel de un árbol (a veces un roble) en una arboleda consagrada a Ares, donde fue guardada por un dragón. Allí permaneció hasta que Jasón se hizo con ella. El carnero se convirtió en la constelación Aries.

Jasón regresa con el vellocino de oro en una crátera roja de Apulia, c. 340-330 a de C. En la mitología griega, el vellocino de oro era el vellón del carnero alado Crisomallo Aparece en la historia de Jasón y los argonautas, quienes partieron en su búsqueda para lograr que éste ocupase justamente el trono de Yolcos en Tesalia. Esta historia es muy antigua —era popular en la época de Homero (siglos IX-VIII adC) y probablemente date del siglo XIII o XIV adC— y por tanto se conserva bajo diversas formas, entre las que varían ciertos detalles. De esta forma, en versiones posteriores de la historia se decía que el cordero era hijo del dios del mar Poseidón y de Temisto ( con menos frecuencia, de Néfele).Atamante, rey de la ciudad de Orcómeno en Beocia (una región del sudeste griego) tomó como primera esposa a la diosa nube Néfele, con quien tuvo dos hijos, Hele y Frixo. Ino tenía celos de sus hijastros y planeó matarlos. (En algunas versiones, persuadió a Atamante de que sacrificar a Frixo era la única forma de acabar con una hambruna.) Néfele o su espíritu se apareció a los niños con un carnero alado cuya lana era de oro. Los niños huyeron montando el carnero sobre el mar, pero Hele se cayó y se ahogó en el estrecho hoy llamado en su honor Helesponto. El carnero llevó a Frixo sano y salvo hasta la Cólquide, a la lejana (oriental) playa del mar Euxino. El carnero se convirtió en la constelación Aries.Se han realizado intentos de interpretar el vellocino de oro no sólo como un objeto extravagante en un mito sino como el reflejo de un objeto o práctica cultural real. Así, por ejemplo, se ha sugerido varias veces que la historia del vellocino de oro significaba la llegada de la ganadería a Grecia desde el este, o que aludía al trigo dorado o al sol.Otra interpretación se apoya en las referencias de algunas versiones a la tela púrpura o teñida de púrpura. El tinte púrpura extraído de caracoles del género Murex y especies relacionadas era muy caro en tiempos antiguos, y la ropa hecha de tela teñida con él era señal de gran riqueza y elevada posición (de ahí la asociación del púrpura con la realeza). La relación del oro con el púrpura es por tanto natural y ocurre frecuentemente en la literatura.Una interpretación más extendida relaciona el vellocino de oro con un método para extraer oro de los ríos que está bien avalada (pero sólo desde cerca del siglo V adC) en la región de Georgia al este del Mar Negro. Zaleas de oveja, a veces extendidas sobre marcos de madera, se sumergían en la corriente de agua y las pepitas de oro que bajaban desde placeres río arriba se recogían en ellos. Los vellocinos se colgaban entonces en los árboles para secarlos antes de sacudirles o peinarles el oro.El muy antiguo origen del mito en tiempos anteriores a la literatura significa que todas las interpretaciones existentes son muy posteriores y en mayor o menor grado racionalizaciones que sufren del muy incompleto conocimiento de la cultura en la que surgió. A diferencia de la deliciosa película Jasón y los argonautas, no encontraremos en este viaje monstruos gigantes, ni ejércitos de esqueletos amenazando al Argos y su tripulación. Y sin embargo, las aventuras de los célebres argonautas no dejarán por ello de ser exóticas y trepidantes. Robert Graves comienza explicándonos el origen de la leyenda del Vellocino -un cisma religioso que alzaría a Zeus sobre el resto de divinidades, incluida la propia diosa madre– para hacer un rápido repaso mitológico y de la situación política de la Grecia arcaica. Tal vez sea este inicio (pese a su indudable importancia) la parte menos ágil del libro, hasta el momento en que aparece por fin un ingenuo Jasón y se comienza a reunir a los argonautas: personajes célebres en su mayoría, reyes, hijos de dioses y diversos aventureros a quienes la maestría de Graves dotará de un encanto único y personal. Con un estilo narrativo que homenajea al empleado por los autores clásicos, aunque afortunadamente bastante más dinámico.

[La búsqueda del vellocino:]
Cuando Pelias le reveló su identidad, Jasón no se inmutó. Audazmente reclamó el trono que le había usurpado Pelias, aunque no los rebaños y vacadas que lo habían acompañado, y como le apoyaron firmemente su tío Feres, rey de Feras, y Amitaón, rey de Pilos, quienes habían ido a tomar parte en el sacrificio. Pelias no se atrevió a negarle sus derechos de nacimiento. «Pero antes -insistió- te exijo que libres a nuestro querido país de una maldición.» Jasón se enteró entonces de que a Pelias le acosaba el ánima de Frixo, que había huido de Orcómeno una generación antes montado en el lomo de un carnero divino para evitar que lo sacrificaran. Se refugió en Cólquide, donde, al morir, se le negó el entierro adecuado; y según el Oráculo de Delfos, el territorio de Yolco, donde se habían establecido muchos de los parientes minias de Jasón, nunca prosperaría si su ánima no era conducida a su patria en una nave, junto con el vellón del carnero de oro. El vellón colgaba de un árbol en el bosque de Ares Cólquido, guardado día y noche por un dragón que nunca dormía. Pelias declaró que una vez que se realizase esa hazaña piadosa renunciaría de buena gana al reino, que empezaba a convenirse en una carga pesada para un hombre de edad tan avanzada como él.

IV. Conquista del vellocino. –

Jasón reclamó a Eetes el vellocino de oro. El rey le prometió dársele si salía vencedor de una prueba que le propuso, consistente en uncir a un arado dos toros que tenían los pies de bronce y que despedían llamas por las narices, y con este arado labrar un campo consagrado a Marte, sembrando los dientes del dragón de Cadmos. Semejante empresa hubiera sido insuperable para el héroe sin el auxilio de Venus, que como diosa del amor, encendió en el corazón de Medea, hija de Eetes, una pasión violenta por el héroe extranjero. Medea era una hechicera poseedora del arte mágico, y esto redundó en provecho de Jasón, pues hecho invulnerable por virtud de los filtros que le diera su amante, pudo fácilmente uncir los toros al yugo, labrar el campo, sembrarle, y luego dar muerte a la mies de gigantes armados que nacieron de los dientes del dragón en forma de terrible falange. A pesar de estas victorias de Jasón, Eetes se negó a darle el vellocino; pero el héroe, auxiliado por el poder de Medea y protegido por la diosa Minerva, pudo llegar al sitio donde estaba el codiciado tesoro, y adormeciendo al dragón que le guardaba, consiguió cogerle haciéndose luego a la vela con todos sus compañeros y con Medea, quien para retardar la persecución de su padre, sembró por el camino los miembros de su hermano Absirtos. Según Decharme, en todos los enemigos de Jasón, los toros de fuego, los gigantes armados, el dragón, hay que ver otras tantas imágenes del tremendo poder de la tempestad, cuyo triunfo se debe al héroe solar, auxiliado por la mágica Medea, a quien Schwartz considera como una diosa del rayo.

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